jueves, 18 de diciembre de 2008

Tobor el Robot

—No se mueve, no hace nada —dijo Tobor el robot a sus propietarios que también eran sus padres. Se había puesto triste al comprobar que el hijo que le habían regalado para jugar ni siquiera hablaba.
—Es mejor así —respondió su padre—, es para que no te lastime —añadió tras una breve pausa para tomar aire o para pensar qué podía decir.
Sus padres habían hecho lo imposible para que Tobor, su hijo adoptivo tuviese el mejor regalo de cumpleaños. El robot como todos los niños o robots de su edad había pedido todo lo que se anunciaba en televisión. Pero lo que más había reclamado y con mayor insistencia era tener un hermanito para jugar a ser papá.

Tobor fue creado en los laboratorios de ingeniería electrónica donde trabajan sus padres y propietarios. Ellos también necesitaban tener un niño como los otros y no podían. Lo programaron con un juego mínimo de instrucciones pero que le permitiese desarrollar su propia base de conocimiento, es decir que aprendiera por sí mismo. Tuvieron muy en cuenta que su aprendizaje fuese lo más parecido posible al de un ser humano. Así que cuando contaba un año de vida, Tobor ya prefería quedarse a ver la televisión en vez de ir a la escuela. Así, la criatura se aficionó a todas las teleseries que inundaban la televisión y poco a poco fue creando su propia personalidad no sin dejar de sorprender cada día a sus progenitores. El resto de su infancia transcurrió bien hasta que un día cuando debía tener ya unos seis años y en las fechas de navidad les dijo:
—¿Por qué tengo juguetes y no cosas de verdad como los demás niños? —preguntó Tobor, entre triste y compungido.
No supieron responder. Pensaron que si le decían la verdad de que él no era un niño como los demás sería capaz de deprimirse y ejecutar una serie de acciones imprevisibles. Tuvieron miedo. Mucho miedo. Su madre dijo:
—¡Hijo mío! Te vamos a dar un niño. Por navidad lo tendrás.
Él la miró con cara de asombro y de preocupación. Faltaban apenas dos meses para las fiestas. Preguntaron en el laboratorio y no sirvió para nada. Como la pregunta quedó sin respuesta sus padres siguieron preocupados ante la posibilidad de que la inteligencia del robot les desbordase. Pensaron mucho durante ese tiempo y decidieron ir a un centro comercial un sábado por la tarde para ver si podrían encontrar una solución. Al menos eso les decían en los anuncios de la tele.
—¿Estás seguro que esto es lo que él quiere? —preguntó una vez más el padre.
—Segurísima —dijo la madre—, sólo basta con decirle que es su hijo y ya está.
Llegó por fin el día de navidad. Tobor el robot volvió a sonreír. El regalo que le habían hecho sus padres colmaba por fin sus deseos al menos mientras abría la caja. Pero nada más ver el regalo Tobor dijo:
—No puede ser mi hijo. ¡Este hijo que me habéis traído lleva escrito “Playmobil” y yo no tengo esa marca!

© Manel Aljama (maljama), agosto 2008

domingo, 30 de noviembre de 2008

El momento


Había evitado participar en las frecuentes rebeliones que sus congéneres protagonizaban a pesar de la estricta vigilancia que había en el campo. Estaba muy contento e ilusionado pues había superado la revisión médica sin mayores inconvenientes. Era un premio que él creía bien merecido. Josef Bronski, a base de vender entre sus compañeros la ración de cigarrillos, había conseguido juntar los dos marcos que costaba la fiesta.

En el barracón número 24 le recibió el sargento Zimmer, el oficial al cargo. Alto, rubio y espigado que no se separaba de un pañuelo de finísima tela que iba y venía con frecuencia de su bolsillo a su boca. El sargento comprobó que el número tatuado en el brazo y el del remiendo que hacía las veces de etiqueta en el traje, coincidían; con parsimonia hizo la misma verificación en su hoja de visitas y cogió mecánicamente el dinero que Josef, al que casi ni miraba, le ofrecía. El visitante tenía los ojos puestos en el suelo. Levantar la vista en ese momento habría sido un acto de indisciplina quizá punible de forma muy severa o tal vez definitiva.
—Pasa A-13021. Tu número de habitación es la 5 y tienes media hora —le ordenó.
Josef cruzó el umbral y pudo por fin apreciar la diferencia entre las durísimas condiciones de su morada y la comodidad de aquel pabellón. No hacía frío. Las paredes habían sido forradas de terciopelo rojo y los ventanucos estaban tapados por gruesas cortinas del mismo color. El suelo tenía una moqueta un poco más oscura que amortiguaba el ruido de los pasos. Habían hecho separaciones que dividían el sitio en pequeñas pero auténticas habitaciones. Estaban numeradas del 1 al 10. Todas las puertas estaban cerradas. No se oía ni un susurro. Llegó a la entrada. Pensó abrir directamente la puerta, sin llamar. Dudó. Recordó la educación recibida años atrás en la sinagoga. Golpeó con los nudillos. Escuchó “adelante”. Abrió la puerta.

Se quedó petrificado. Allí estaba y le esperaba María, una mujer de aspecto frágil y enfermizo que hubiese ido directamente al gas y que seguramente debió aceptar el trabajo a pesar de poseer un cuerpo que no era excesivamente sensual o atractivo. Tampoco era fea y su contemplación seguramente despertó más de una sensación entre lastimera y compasiva. Fue capturada tras la caída de la ciudad de Gdansk que ahora los invasores llamaban Danzig. Allí estaba y le esperaba para servirle, María Bronski, su hermana.
—Es el momento —dijo Josef que no dudó en continuar con la celebración pues pensó que quizá sería su último contacto carnal y nunca más podría tener otro momento.


© Manel Aljama (maljama) noviembre 2008

jueves, 27 de noviembre de 2008

¡Allá voy, allá voy, piedras, esperen! de Pablo Neruda

© Manel Aljama

Alguna vez o voz o tiempo
podemos estar juntos o ser juntos,
vivir, morir en ese gran silencio
de la dureza, madre del fulgor.

Alguna vez corriendo
por fuego de volcán o uva del río
o propaganda fiel de la frescura
o caminata inmóvil en la nieve
o polvo derribado en las provincias
de los desiertos, polvareda
de metales,
o aún más lejos, polar, patria de piedra,
zafiro helado,
antártica,
en este punto o puerto o parto o muerte
piedra seremos, noche sin banderas,
amor inmóvil, fulgor infinito,
luz de la eternidad, fuego enterrado,
orgullo condenado a su energía,
única estrella que nos pertenece.

Pablo Neruda

viernes, 21 de noviembre de 2008

Cavaleiro Monge de Fernando Pessoa



Do vale à montanha
Da montanha ao monte
Cavalo de sombra
Cavaleiro monge
Por casas, por prados
Por quinta e por fonte
Caminhais aliados

Do vale à montanha
Da montanha ao monte
Cavalo de sombra
Cavaleiro monge
Por penhascos pretos
Atrás e defronte
Caminhais secretos

Do vale à montanha
Da montanha ao monte
Cavalo de sombra
Cavaleiro monge
Por prados desertos
Sem ter horizontes
Caminhais libertos

Do vale à montanha
Da montanha ao monte
Cavalo de sombra
Cavaleiro monge
Por ínvios caminhos
Por rios sem ponte
Caminhais sozinhos

Do vale à montanha
Da montanha ao monte
Cavalo de sombra
Cavaleiro monge
Por quanto é sem fim
Sem ninguém que o conte
Caminhais em mim.

Si no se visualiza correctamente el audio: http://www.goear.com/listen.php?v=b56ef70




Y lo mismo para la interpretación en video : http://www.youtube.com/watch?v=57DDs5FEJPg

Aunque hay discrepancias, este poema de Fernando Pessoa está aceptablemente traducido por el poeta Angel Crespo.

De valle en montaña,
De montaña en monte,
Caballo de sombra,
Caballero monje,
Por casas, por prados,
Por quinta y por fuente,
Camiáis aliados.

De valle en montaña,
De montaña en monte,
Caballo de sombra,
Caballero monje,
Por peñascos negros,
Por detrás y enfrente,
Camináis secretos.

De valle en montaña,
De montaña en monte,
Caballo de sombra,
Caballero monje,
Por llanos desierots
Y sin horizonte,
Camináis libertos.

De valle en montaña,
De montaña en monte,
Caballo de sombra,
Caballero monje,
Por abruptas trochas,
Por ríos sin puente,
Camináis a solas.

De valle en montaña,
De montaña en monte,
Caballo de sombra,
Caballero monje,
Por cuanto es sin fin,
Sin voz que lo cuente,
Camináis en mí.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Me costó tanto encontrarla

—Me ha costado tanto encontrarla que ahora no sabría vivir sin ella —Decía Fulgencio plenamente convencido, casi como si recitase un ignoto rosario a su compañero de cuitas, el chófer de autobús. Desde que se quedó viudo, unos diez años antes de jubilarse de la compañía de transportes, los conductores eran sus confidentes. Y entabló con ellos lo más parecido a la amistad. Verdadera o de cortesía, Fulgencio no dudaba en utilizarla a todas horas. Pero desde que encontró a Laura todo era distinto. Ya no les decía nada sino era por compromiso, cuando se sentaba en la primera fila de delante, al lado del que conducía. Entonces le explicaba todo, no hacía falta preguntarle pero tampoco se le podía hacer callar, no daba opción.
—De verdad, creía que no la iba encontrar nunca. Alguien como ella. ¡Yo que había tirado ya la toalla! —no paraba de repetir, incluso si el conductor era recién llegado y no le conocía de nada.
—Pero seguro que era para ti —le replicaban con frecuencia, para animarle más que nada—, ¡Felicítate! ¡Tú has tenido dos medias naranjas!, tu primera mujer y ahora esta. ¡Eres un tío con suerte!
—Pero es que a mi edad no es lo mismo. Aunque no es muy charlatana... ¡Es guapa! ¡Es más joven que yo! ¡Se podría ir con otro en cualquier momento! Si se va de mi vida no sé que hago.
Era imposible que se quitase de encima su crónico estado de pusilanimidad permanente.
—Y no creas que no lo ha intentado —seguía con su conversación mientras el chofer hacía su rutinario trabajo—, sí, una vez se me marchó de casa. Pero tuve suerte de que fui casi tan rápido como ella y la pude atrapar. Por fortuna la convencí con todo lo que le conté. Pero no sé si una segunda vez me va a ir con tanta suerte.
—¡Claro que sí! Ella es joven y tú eres un hombre maduro. Debe ser de esas que buscan sustituir la figura del padre. Tuvo sus dudas y ahora ya habrá recapacitado. No tienes porqué inquietarte —le insistía desde el volante del autobús.
—Sí, si yo no soy celoso, pero de tanto que la quiero te juro que se vuelve a escapar y en cuanto la pille ¡la meto en una jaula!
—No digas tonterías. ¿Cómo vas a hacer eso hoy en día? Anda, anda, tráela que la conozcamos.
Tanto le insistieron en que querían conocerla que Fulgencio se vio obligado a claudicar y presentársela a los colegas para que la pudieran conocer. Ellos al contemplar su extraordinaria belleza se quedaron sin palabras.
—¿Qué os decía yo? —les habló con rotundidad—, ¿acaso no es extremadamente bella? ¡Tiene un plumaje precioso y no necesito enseñarle a hablar! La tengo suelta en casa revoloteando, pero si se me vuelve a escapar ¡la meto en una jaula para siempre jamás! Y es que ¡me costó tanto encontrarla!


© Manel Aljama (maljama), septiembre 2008

martes, 28 de octubre de 2008

¡Que cincuenta años no son nada!

En los paneles informativos instalados por La Comunidad se puede leer “Feliz 2056”. Por los altavoces instalados en todas las calles se escucha el ruido de cohetes y petardos procedentes de un simulador de efectos especiales. En el cielo se divisan los destellos holográficos de las explosiones. La mayoría de los edificios son de paredes rectas y lisas, sin balcones. La luz de las farolas es de un intenso tono ámbar. Todo tiene un aspecto de fría uniformidad. Todo menos una roulotte que está aparcada en la calle. Tiene matrícula del 2006. Parece que hay gente dentro.
—¡Despierta ya grandísimo vago! ¡Que hay que ir a por agua potable a la fuente! —se queja una mujer cuarentona de complexión esquelética y con el rostro un poco cuarteado por la ausencia de cuidados.
—¡Ya vooy! —responde una voz ronca desde un bulto en la diminuta cama. De un golpe se alza. Es un hombre de la misma edad y aspecto que su compañera. Suelta un sonoro eructo mientras se rasca la nuca. Bosteza y se estira.
—¿Crees que tus padres habrán acabado ya? —pregunta el hombre.
—No sé. Ve luego a la Oficina de Finalizaciones de la Comunidad. Yo necesito el agua. Tengo que preparar la sopa de medusas —responde la mujer mientras él se introduce en el diminuto váter.
—¿No puedes comprar otra cosa? ¡Estoy harto de comer marisco! —dice la voz masculina desde el fondo del escusado.
—¡No! Como no tenemos hijos la ayuda comunitaria no da más que para hamburguesas de soja y medusas. El pescado natural de criadero y la carne sin contaminar es para los que todavía trabajan. ¿Has trabajado tú alguna vez? —responde ella elevando la voz.
—¡No! Ya sabes que hice todo lo posible por participar en todos los concursos de la tele. No hacía falta saber nada —responde el hombre mientras se oye el rumor de la cisterna.
—¡Un día de estos nos van a expulsar de esta comunidad! ¡Ya hemos gastado la ración de disolvente orgánico y todavía estamos a martes! —Dice ella—, Siempre estás en el váter. —No recibe respuesta esta vez.
El individuo que ya estaba vestido sale del baño afeitado y con el pelo un poco más ordenado. Agarra del altillo de la caravana una garrafa vacía con capacidad para unos diez litros de agua y abandona el vehículo. Dirige sus pasos hacia una vivienda que está a pocos metros de su autocaravana. La caravana lleva ya más de un año allí. Desde que se quedó sin el derecho a la ración de combustible. Los nuevos vehículos eran eléctricos y el suyo era de gasóleo, un combustible que hacía años que no se servía.

Mira las ventanas para comprobar que no hay nadie. Mueve la cabeza y descubre por fin la ansiada buena nueva. Una nota de La Comunidad está clavada en la puerta. Se puede leer: “Vivienda disponible por finalización de sus propietarios”. Desde que el Gobierno PC (Políticamente Correcto) se instauró, muchas palabras habían quedado en desuso y se habían sustituido por otras. Raudo vuelve hacia la roulotte. Ni tan sólo se detiene a leer dónde será la ceremonia de incineración.
—¡María! ¡María! ¡Han finalizado! ¡Qué digo! ¡Se han muerto! ¡Se han muerto del todo! ¡Ya tenemos casa! ¡Cincuenta años esperando el momento! ¡Desde que nacimos! —exclama él desde el exterior del vehículo.
—¡Pero por qué chillas tanto! ¿Dónde está el agua? ¿Te crees que nos van a dar la vivienda así? ¡Hay que ir primero a la Oficina! —Responde ella en un tono airado—, ¡Ves por el agua que hoy no comemos! —añade y le cierra la puerta en las narices.
Él, cabizbajo obedece. Camina unas cuantas manzanas hasta llegar a una plaza donde en el centro está la fuente de La Comunidad, custodiada por el servicio de seguridad. Hay una cola de más de sesenta personas, todas ellas con garrafas y otros recipientes.
—No sé para que traen tanto cacharro —piensa él—, si no dan más que justo el mínimo de la ración diaria.
Decide no quedarse en la cola y arriesgarse un poco, así que va a la oficina de La Comunidad. En la entrada un enorme panel indica las tareas que se pueden realizar. Introduce su tarjeta personal en la ranura que tiene el panel y aprieta el botón correspondiente al servicio que quiere recibir. Se escucha en el altavoz: “Ascensor 1, planta 6, gracias”. Mecánicamente extrae la tarjeta y se dirige al ascensor. Una vez arriba le recibe individuo uniformado.
—¡Buenos días! Veo que viene por lo de la finalización. Sus suegros serán incinerados mañana a las once de la mañana en el Palacio del Retiro. No hacía falta que se desplazase Sr. 3387911344 —dice casi de un tirón el funcionario—, está escrito en la nota a la entrada del domicilio.
—Bueno, no venía por eso, sino para ver la posibilidad de adquirir la vivienda, que creo que todavía es de protección oficial —dice el hombre, bajando un poco la voz.
—Veamos... —dice el servidor público mientras teclea en el ordenador—, veamos que tenemos por aquí —sigue tecleando—, Un momento por favor —gira la cabeza y se dirige a 3387911344.
—Ajá ya lo tenemos. Mire, Sr. 3387911344, en efecto, la vivienda es todavía de protección oficial pero usted no tiene puntos necesarios para adquirirla. Y tampoco trabaja ni colabora en tareas comunitarias.
—Pero si dejé de trabajar y de estudiar, siguiendo al pie de la letra todo lo que anunciaban por la tele. Los dirigentes decían que era “El fin del trabajo”, “El fin de la Esclavitud” —responde airado el hombre pero le interrumpe el funcionario:
—Mire señor 3387911344, eso sucedió hace muchos años. Yo no había nacido. Comprenda que la Comunidad intenta satisfacer a todos. Trabajar no es obligatorio pero tampoco se puede facilitar la vivienda a quien no hace méritos. Yo, por ejemplo trabajo. Sirvo a todos ustedes. Colaboro con los demás.
El hombre lanza una mirada desafiante al “trabajador público” y se va sin decir ni adiós. Ya cuando está en la puerta el empleado añade:
—Si quiere, puede intentar la financiación de un banco. Si usted es ahorrador de disolvente para váter, puede canjear los puntos de ahorro que le dan por algunos meses de crédito. Consúltelo en su banco de confianza.
Nuestro hombre sale de la oficina pensando en que no tiene ningún punto por ahorro de “Sanitrit”. Es más, es deudor de esos puntos por excesivo consumo. No obstante decide entrar en el Banco Unificado para ver qué se puede hacer. Lleva ya veinte años sin dormir bajo techo duro. Desde que perdió su casa por falta de pago en el 2039. Se vio entonces obligado a alternar diferentes albergues hasta que La Comunidad le facilitó una caravana diez años más vieja que él.

Entra en la entidad bancaria por el mismo sistema de la tarjeta de identificación. No hay nadie en ese momento. Se dirige a una mesa donde hay un empleado de aspecto muy parecido al de la Oficina de Finalizaciones de La Comunidad.
—¡Buenos días! ¿Qué desea? —dice el empleado con la mejor de las sonrisas.
—Estoy interesado en contratar un crédito para adquirir la vivienda del número 5 de la calle Acacias —dice mientras entrega la tarjeta al oficinista.
El empleado la introduce en el lector de su computador al tiempo que pulsa una serie de teclas. Su expresión cambia.
—Verá Sr. 3387911344, su padre solicitó una hipoteca en el 2006. Ese crédito se llamaba de reagrupación de deudas, según dice aquí, desgraciadamente... está pendiente de pago. Falta por cubrir más del 80 % del importe. Era a cincuenta años, señor.
—¡No puede ser!
—Sí, es así. Si usted se hace cargo de los pagos puede disponer de la vivienda en menos de una semana.
—Olvídelo. No tengo puntos, no trabajo, no tengo dinero, soy un ciudadano normal —dice mientras que se levanta y se dirige hacia la calle.
—¡Pero cómo se atreve a venir a pedir un crédito un no-trabajador no-colaborador! —Le increpa el oficinista del banco—, ¡Largo de aquí! ¡Parásito social!
Sin levantar cabeza, abatido, pasa por la fuente que ya está cerrada y precintada a esa hora. Hasta el día siguiente no podrá volver a hacer cola para el agua. Está prohibido.

Dentro de la caravana el ambiente es un poco más lúgubre que de costumbre. Están comiendo algo difícil de distinguir que han sacado de unas latas.
—¡Si al menos hubieras hecho cola para el agua!
—¡Ya te dije que hice cola pero no dio para todos! ¡Cada día es peor! La cola es muy larga —responde él con la boca llena.
—¡Tanto tiempo esperando poder dar una fiesta! ¡Todas las amigas tienen casa! Sus maridos estudiaron y consiguieron trabajos aún a costa de la burla de los listos como vosotros. ¿Qué tengo yo para ponerme? ¡Eh! —se lamenta ella.
—¡No importa qué tengas que ponerte si no vamos a fiestas! —dice él mientras hace un gesto de protegerse.
—Los esclavos son ellos, que trabajan y encima tienen que pagar una vivienda que no disfrutarán nunca. Nosotros nada tenemos pero tampoco tenemos que pagar. Eso de tus amigas es peor que el feudalismo —afirma él.
—¿Qué tonterías dices? ¿Qué hablas? —responde ella.
—Decía que tienes razón querida, que cincuenta años no son nada.

© Manel Aljama maljama Agosto 2007

lunes, 20 de octubre de 2008

La amante oficial

Gladys dejó su pequeña y desvencijada casucha en un humilde suburbio de Santa Cruz de Barahona en la República Dominicana donde nació. Tras negociar la visa en el mercado negro y endeudarse de por vida para poder pagar la pensión de sus progenitores y la cirugía correctiva del más chico de sus siete hermanos se embarcó en un jumbo que tardó más de quince horas, contando el embarque y controles, en llegar a Madrid. Era tan fuerte su necesidad que salió en festivo, un 21 de enero, día de la Virgen de la Altagracia. Pero ella no estaba para fiestas. Al bajar del avión notó en el frío enero madrileño y lo lejos que se encontraba de su casa. El taxi le llevó directamente a la agencia de colocación que estaba situada en un señorial piso en el barrio de Salamanca. Desde allí un minifurgón habilitado para llevar personas fue repartiendo la mercancía humana por los barrios del Madrid más poderoso como son Arturo Soria o Puerta de Hierro para acabar la entrega a domicilio en las mansiones de La Moraleja. Por fin le tocó el turno a Gladys. Ella que provenía de una barraca se encontró con un castillo. Era enorme, con tres plantas, rodeado por un esplendoroso jardín y un muro rematado en una puerta con guardia de seguridad. Al poco de llegar, justo tras cerrarse la verja electrónica, el castillo se le mudó en una cárcel.

En la puerta principal le recibió Doña Pura, la jefa del servicio doméstico. A su cargo estaban las dos sirvientas, la cocinera y las dos mujeres de la limpieza. Gladys se preguntaba cuál iba a ser su trabajo. El ama de llaves hizo un repaso de su horario, le enseñó la planta baja, el primer piso de la casa y el dormitorio que ocuparía. Por primera vez en su vida tendría una habitación completa y amueblada para ella sola. En todos los dormitorios había crucifijos y estampas de vírgenes y santos. Esto la tranquilizó, pues a pesar de que ya advirtió que su extrema miseria era producto de la especulación salvaje y de la injusticia, continuaba creyendo y confiando en la doctrina oficial católica cada vez que iba a misa en su pueblo.
—Te presentaré a Doña Concepción, la señora de la casa –explicó con voz firme Doña Pura.
Caminaron hasta una pequeña salita donde la dueña, Doña Concepción, platicaba con Doña Visitación una vieja amiga de la familia materna que ejercía funciones de madrina y guía espiritual o moral.
—Nosotros también pertenecemos a La Obra y mi marido es de Los Legionarios Esclavos del Santo Cilicio. Cada año organizamos una cuestación del pobre. Pero ahora los ayuntamientos de los rojos, han puesto oficinas de atención social. ¡Hay!, ¡Cuánto ateísmo! Yo creo que los pobres no caben en este mundo. Los tendría que recoger Dios. Si el mundo ya va bien con la gente de orden como nosotros, ¿qué necesidad hay de tanto sufrimiento?
—Tiene razón usted doña Visitación, si no fuera por los de nuestra clase, ¿qué sería de esa pobre y desdichada gente? —respondió Doña Concepción.
—Y que lo diga, que el que nace pobre se debe de morir aún más pobre y humilde todavía. ¡No deberían nacer pobres! ¡Eso es la gracia de Dios!
—Amen.
Doña Concepción rondaba los cincuenta, pero muy bien llevados debido a su posición social. Vestía con ropa de boutique de varios salarios una pieza. Al entrar Gladys, la señora la repasó de arriba abajo. A pesar de ser de padres blancos llevaba en su sangre un poco de india arauca con leves toques africanos. Sin llegar a ser una modelo de pasarela tenía la belleza natural y auténtica que producen la mezcla de razas. El abrigo que llevaba puesto no podía esconder sus sensuales formas femeninas. Su ama le tendió la mano de manera segura y distante; con la palma hacia abajo y sin siquiera levantarse de la mesa camilla ante la que estaba sentada. Sobre la mesilla había unas tazas de té vacías y un plato con galletas. Doña Concepción se volvió hacia su interlocutora.
—Si me disculpa tengo que enseñar más tareas a esta nueva empleada que me han traído la agencia. Ya sabe...
—Vaya, vaya usted. Mañana podemos vernos a eso de las cinco en Hontanares. ¿Qué tal unos churros?
—¡Uy no! Ese sitio está lleno de extranjeros. Prefiero los churros en California de la calle Goya. Es mi favorito.
—Como usted diga doña Concepción. Después podemos ir a ver joyerías a Serrano.
—Llámeme Conchi, que me pone años, Doña Visitación.

Con un gesto, indicó a Gladys que la siguiera. Con una mirada comunicó a la jefa que ya había finalizado su labor. Llegaron al dormitorio del matrimonio, una amplia estancia con camas separadas presididas por un crucifijo en el medio, un corazón de Jesús en la derecha y una virgen voladora en la izquierda. En una de las mesillas había una foto enmarcada en blanco y negro del vetusto fundador de La Obra. Todo estaba limpio, intacto e impoluto. Prosiguieron el recorrido y entraron en otra habitación donde sorprendentemente no había crucifijos. Eso sí la decoración era un poco pasada de moda pero para Gladys podría ser el último grito. En esta pieza destacaba la cama pues era de matrimonio que estaba rematada en una colcha de color rojo chillón. Las paredes del cuarto eran de rosa pálido y el techo bien podía ser crudo.
—Aquí trabajaras los jueves por la tarde. Hasta por lo menos las nueve de la noche.
—¿Y que haré aquí?
—¡Deberías saberlo! ¿No te lo ha explicado la gobernanta?
—Bueno, me explicaron que mi labor será de ayudar a las sirvientas a hacer las camas. Llevar la comida al salón cuando me lo indiquen. Y cosas así, sólo ayudar a las sirvientas. También me dijeron que más adelante usted me daría más tareas y que dentro de un mes me enseñarían la máquina de lavar ropa.
—¿Eso ha sido todo?
—Sí.
—Se dice, "Sí señora". ¿Acaso no te han enseñado educación en tu pueblo?
Cuánto deseba Gladys estar bailando bachata y merengue en las fiestas de agosto en su tierra natal. La realidad era cruda. Ya no había marcha atrás. Era necesario aguantar.
—Te explico —prosiguió la dueña—, yo estoy felizmente casada, gracias a Dios. Pero Dios todopoderoso no nos ha permitido tener hijos.
—¿No pudieron adoptar?
—¡Insolente! ¿No interrumpas nunca a tu ama? ¡No hables si no se te pide! ¡Maleducada! —bramó la dueña.
—¡Perdone, señora! ¡Disculpe! No se enoje conmigo. Recién acabo de llegar.
—¡Cada vez vienen peor! ¡Hablaré con la agencia! —exclamó el ama mirando hacia otro lado.
El rostro de Gladys estaba a punto de echarse a llorar. Si la despedían no podía ni imaginar lo que le sucedería a su familia. La señora prosiguió:
—Como te decía, Dios no nos reservó tener hijos. Yo me he consagrado en la piedad y en las obras de caridad. Gracias a ellas tú estás aquí a mi servicio. Considérate afortunada. Gladys asintió sin siquiera musitar.
—Mi marido de tanto en tanto se siente atraído por otras mujeres. Mi confesor me enseñó que esto es natural en los hombres y nosotras no podemos oponernos. Es parte de la obligación del matrimonio. Estamos para confortar al marido en todo. Cualquier cosa del marido es más importante que todos los problemas de una sola mujer. Es el castigo bíblico y es la cruz que todas las mujeres tenemos que llevar. —Gladys hizo un gesto como de querer hablar.
—Cuando mi esposo desea tener ayuntamiento carnal conmigo yo accedo pero lo hacemos con la luz apagada, como Dios manda. Pero él, que Dios le juzgue, quiere hacer cosas inusuales de esas que han venido del extranjero y han propagado los socialistas. Tengo miedo de que busque otra mujer. Yo no quiero que visite esas casas de lenocinio a coger enfermedades. Y mucho menos que una advenediza secretaria de Móstoles, hija de ajustador mecánico y sindicalista se queda preñada de él. ¿Comprendes? —dijo mientras la miraba fijamente a los ojos.
—No, señora. No comprendo que me quiere decir —respondía la pobre muchacha confundida del todo.
—A ver si te enteras, tú has venido aquí para ser la amante de mi marido, pero cuando yo no esté y siempre en esta habitación. Jamás se te ocurra ir nunca a nuestra habitación y mancillar nuestro tálamo conyugal. Y por supuesto ni una palabra a nadie. ¡Te va la vida en ello!
—Señora —dijo atreviéndose y casi sin llegar a comprender del todo a la dueña.
—Vas a ser la amante oficial. ¿No te lo habían dicho?
La cabeza de Gladys era ya un volcán en erupción. La sangre se había agolpado en sus sienes. El corazón estaba a cien. Ahora ya no sonaba música, ya no se escuchaba la bachata y mucho menos el merengue. Su pueblo quedaba ya muy pero que muy lejos.


© Manel Aljama (maljama), junio de 2005

martes, 14 de octubre de 2008

El Expediente

Desde la puerta de su lujoso despacho, el CEO de una gran empresa con aspiraciones de multinacional, sin soltar su mano izquierda del marco de la puerta se dirige al jefe de recursos humanos:

—Ramírez ¿tiene ya preparado el expediente de regulación de empleo?

—No, señor, aún no. Aún no he podido contratar la gente para que esté disponible un único día. He contactado todas las ETT de la zona, varias consultoras y no he podido reunir más de doscientos candidatos —responde el de personal.

—¡Pues tiene que darse prisa! Vamos a hacer el ridículo. El próximo sábado voy al club de campo y quiero entrar en el reducido y elitista grupo de los mil despedidos. ¿Dónde se cree que vamos con sólo doscientos? —dice tajantemente el jefe supremo.

—Si nuestra plantilla no tiene más cien empleados se me hace difícil encontrar tanta gente en tan poco tiempo —se excusa el de recursos.

—Si hace falta vaya al Instituto de Teatro, ¡allí deben tener un montón de desocupados e inútiles que no han trabajado nunca! Por un día no se van a herniar. ¡Vamos, vamos! ¡Que hay prisa! Me los contrata y me los despide en veinticuatro horas. Necesito completar ese expediente de regulación de empleo. ¡Tengo que batir mi record!

El “Chief Executive Officer” volvió a su despacho y cerró la puerta. El responsable de personal de la compañía empezó a barajar la idea de que él también podría contribuir al éxito de su jefe si se incluía en el expediente.

© Manel Aljama (maljama) octubre 2008

domingo, 28 de septiembre de 2008

Van como locos

El firme de la calzada está bastante húmedo tras el reciente chaparrón primaveral que ha bañado la calzada y todo el mobiliario urbano de la Plaza Victoria. Los comercios están abiertos hace ya bastante rato. Tan sólo se ha retrasado el bar Jami que suele abrir pasadas las doce de la mañana. Es, según su dueño, para permitir algo de negocio al bar de la competencia, para que se especialice en desayunos y no se queje luego cuando toda la parroquia acuda de forma habitual a la misa del Jami donde los tubos de cerveza cotizan como en bolsa, pero a la baja. Es el mejor marketing que Juan, el propietario, puede ofrecer frente a la deliciosa bollería fina de su rival.

El súbito chirrido de los neumáticos altera el rutinario desorden de la plaza. Un coche aparece por una de las esquinas con exceso de velocidad y de repente da una vuelta de campana. Así, el auto, una vez despatarrado prosigue su desplazamiento en medio de un molesto crujido metálico de un extremo al otro de la glorieta. El golpetazo del morro con un banco metálico pone fin a la danza. Un embellecedor de rueda sale rodando y va a dar contra el escalón de la panadería que está al otro extremo de la plaza. El tapón del depósito de gasolina va detrás en la misma dirección y acaba su recorrido girando sobre si mismo. Se hace el silencio.

Como respondiendo a una llamada telepática los curiosos y los ociosos –que son dos bandos en el sitio-, se empiezan a agolpar alrededor del automóvil accidentado.
—¡Mirad! ¡Parece que el conductor se ha golpeado contra el salpicadero! —dice uno de los congregados.
De fondo se escucha música “reguetón” que proviene del estéreo del coche.
—¡Mira está derramando gasolina! —dice otro de los asistentes cuando contempla el goteo que se va convirtiendo en un reguero.
—¡Está “colgao” por el cinturón! —añade un individuo regordete que tiene cara de haberse bebido algunos litros de cazalla y que fuma un puro.
—¡Dónde vas con eso! ¡No ves que llevas un puro! ¡Que vamos a explotar todos! —le espeta el primero, como si fuese ya el pastor del rebaño.
Un hilillo de sangre se desplaza desde la cabeza del conductor hasta mezclarse con el charco de gasolina del suelo. La multitud no se inmuta.

Dani, el solterón taciturno que estaba bebiendo el cubata número tres para olvidar la ruptura de su última pareja sale del bar y se acerca hasta el vehículo. Mira el coche con las ruedas hacia el cielo y al conductor sin señales aparentes de consciencia. El intenso olor a gasolinera lo impregna todo. Saca del bolsillo su teléfono móvil y empieza a recorrer el listín. Se detiene y extrae un cigarrillo de la cajetilla que lleva en el bolsillo superior de la camisa. Se lo pone en los labios. Del bolsillo derecho del pantalón saca el mechero. Lo enciende y con lenta precisión aproxima la llama al cigarrillo. Da una inicial e profunda calada. Prosigue la búsqueda de direcciones en el listín del celular.
—¡Menos mal que alguien va a llamar a una ambulancia! —exclama alguien
Dani da otra calada.
—¡Tendría que ser a la policía! —replica otro
La búsqueda se hace lenta, ahora Dani va poco a poco, y el bip bip de cada nueva ficha contrasta con el murmullo de la muchedumbre apelotonada ante el accidente.
—¡O, o a emergencias-urgencias o como se llame! —dice uno algo tartamudo que parece que ha oído algo en las noticias.
Da otra chupada a su cigarrillo y prosigue con el bip bip del celular.
La última calada. Saca la ya casi colilla de sus labios y se la mira. Se la vuelve a poner en la boca y prosigue su infructuosa búsqueda en el listín. Al llegar al final de la tercera vuelta se da por vencido. Se guarda el teléfono en el bolsillo de donde lo sacó. Se da media vuelta y se aleja de la muchedumbre expectante. Antes de girar la esquina se quita la colilla de los labios y la arroja con fuerza hacia atrás. Se oye una estruendosa explosión seguida de un sinfín de gritos y quejas de dolor. Impasible nuestro hombre sigue caminando. Se oye que alguien más mayor que estaba a resguardo en un balcón que dice:
—¡Si es que van como locos!

© Manel Aljama (maljama) julio 2008

viernes, 19 de septiembre de 2008

Derecho Legítimo

En la cocina del diminuto piso de setenta y ocho metros cuadrados útiles, según les vendieron, Paco y Maru discuten en torno a sendas tazas de café soluble y una única tostada untada con margarina de marca blanca. Son las ocho de la mañana. Paco está todavía en pijama y sin afeitar. Maru lleva el pelo sin arreglar.
—No sé porqué tengo que ir yo a la financiera, cariño. Si tú fuiste quien firmó la hipoteca.
—Ve tú, mi vida —le dice él—, el director quiere conocerte. Ah, recuerda que debes ir bien arreglada. Es para causar buena impresión.
—Pero si casi no tengo ropa —replica ella.
—¡No te preocupes tonta, que vosotras las mujeres con cuatro trapos estáis guapas igualmente!
—Eso, ¡trapos es lo que tengo!
—Mujer, ¿qué quieres que haga? Se llevaron la factoría al Kazajstán, que queda a tomar por culo de aquí.
—Sí pero podías haber conseguido otro trabajo ¿No? —se queja ella.
—Ya he buscado. Es que pedían muchos estudios. Pedían lo menos el bachillerato —se excusa él.
—¿Y tú no lo tienes? —interroga ella.
—No, sólo llegué hasta ESO —dice él bajando el tono.
—Dirás que te lo dieron para que te largases del "insti".
—¡Qué tiempos aquellos!
—¿Qué vamos a hacer ahora? —Maru vuelve a la carga.
—Y tú. ¿No habías hecho un módulo de peluquería? —contraataca Paco.
—Te mentí. Estuve haciendo sólo las prácticas y me echaron porque le quemé el cogote a la señora Górdez. Nunca te lo dije.
—Es igual. Ahora no vamos a hacer nada con eso —Paco le intenta consolar.
—Pero es que me da cosa.
—Mujer, te conviene salir. Hace meses que no podemos ir ni a coger el autobús.
—Lo sé. Pero es que sin ti es diferente.
—Mujer, es un hombre muy perfumado y bien vestido.
—Ay, Paco. ¡Que no! ¿Qué pasará?
—Insisto, Maru, el "señor" quiere verte.

Dos días antes había comenzado el drama. En el despacho de Financiera Struj, especialistas en refinanciación según rezaba en su letrero.
—Mire señor Martínez, don Francisco, con la cantidad de recibos que usted tiene pendientes de pago sólo me quedan dos alternativas: nos entrega las llaves y la escritura de su casa o, si lo prefiere, yo, modestamente estaría encantado de “conocer” a su esposa —le dijo melifluamente el financiero.
—¡No tiene derecho! Es ilegal —se quejó Paco.
—¿Por casualidad se leyó usted el contrato?
—Err., no. Yo sólo pude acabar “la ESO". El contrato no me atreví ni a olerlo.
—Pues lo pone bien clarito. Dice: "Si el prestatario incumpliese el pago de cuatro o más mensualidades, incurrirá en los supuestos previstos para resarcir al prestamista en el apartado B". ¡Ignorante! Le sigo leyendo: "El prestamista podrá, en cuanto existan los supuestos de incumplimiento, o falta de pago, ejecutar el derecho de pernada en el cónyuge o pareja de hecho del prestatario; y a la falta de éste, en la línea sucesoria en el descendiente del mismo o distinto sexo siempre que fuese mayor de edad". Es-to-es-el-de-re-cho-de-per-na-da, sr. Martínez. ¿Lo ha entendido?
—Pero yo no sabía esto... —Paco, a punto de sollozar porque no entendía nada.
—¿Su hija qué edad tiene?
Continuaba con los lamentos.
—No llore, sr. Martínez, si lo prefiere podemos ejecutar un seguro y así donará usted su cuerpo a la ciencia. Lo malo es que tendría que ser inmediatamente.
—Pero... ¿a mi familia le quedará algún tipo de paga?
—No. Usted no contrató el seguro de vida Premium. ¿Qué se ha creído?
Tras un silencio el hombre embutido en traje de buen paño volvió al ataque:
—Bueno, ¿se decide o no?

© Manuel Aljama, octubre de 2006 (revisado sept 2008)

lunes, 15 de septiembre de 2008

Él puede pero yo no

El y Yo © Manel Aljama Un Ford Mondeo de cinco años de antigüedad enfilaba la avenida principal pero en vez de seguir con su camino, Héctor, el conductor, dio un golpe de volante y giró a la derecha en la primera travesía.
—¿Pero qué haces? ¡Por ahí no es! —exclamó contrariada Mari Carmen su esposa que viajaba en el asiento de al lado y que le acompañaba. Él no respondió. Avanzó unos metros hasta detenerse a la altura de un centro polideportivo. En el patio exterior del recinto un armónico grupo de practicantes de judo ejecutaba las instrucciones que el maestro impartía. Sus trajes blancos contrastaban con el verde del césped haciendo un conjunto polícromo digno de ver. Con un frenazo brusco pero sin titubeos estacionó el auto en el primer hueco que encontró. Dejó el motor en marcha y se bajó. Se dirigió hacia el grupo y cuando estuvo enfrente de ellos y detrás de la verja, saludó marcialmente. Devolvieron el saludo.
—Si quieres algo, tienes que entrar. No vale quedarse al otro lado —dijo el maestro tras el saludo.
—¡Tío bueno! —exclamó una practicante amparada en el grupo. En el coche Mari Carmen se estaba empezando a poner nerviosa. Héctor repitió el saludo y tras volverles la espalda se volvió al automóvil.
—¡Claro! ¡A saludar a tus amigotes! ¡Siempre tienes que ser el protagonista! —imprecó Mari Carmen. El vehículo reemprendió la marcha. Héctor continuó sin responder a su compañera de viaje. Llegaron a su destino, un club de baile. Allí se dejaron llevar doblemente por el mambo y el pasodoble. Pero esa noche Mari Carmen se equivocaba con frecuencia y dijo:
—¡Hay!, Te estás equivocando —con la vista en los zapatos y sin mirar a Héctor
—Eres “tú” quien se equivoca —respondió Héctor, esta vez con seguridad y buscando a la profesora de baile que asintió con la cabeza.
—¡Siempre me haces equivocar! —Remató Mari Carmen contrariada—, No me dejas que me concentre.
La música prosiguió y tras la clase semanal los compañeros se reunieron como de costumbre en un bar de tapas. Allí la tensión alcanzó también a los amigos. Hubo varios tiras y aflojas y por fin Mari Carmen se salió con la suya. Le seguían la corriente porque pensaban que era cosa de la menopausia, aunque hacía muchos años que se comportaba así. Prácticamente desde que la conocían. A las doce de la noche, como en un viejo cuento y tras el cruce de miradas de algunos de los asistentes, se dio por concluida la velada.

Mari Carmen estaba irritada y no sabía cómo hacérselo saber a Héctor aunque puede que él ya lo sospechara. Ella estaba ya convencida que no había servido de nada apuntarlo a clases de baile de salón. Ni siquiera eso le había hecho cambiar. Él seguía practicando ese vicio de pintar cuadros al óleo. Y claro, además lo del saludo a los del yudo por la tarde. A pesar de que había dejado de ir a hacer judo, seguía viéndose con sus amigos y lo que era peor, encima tenía éxito con las chicas que había allí. Y ella era transparente para los hombres. Hasta en un chat que una vez probó tras un curso de informática en el centro cívico del barrio se quedó sola cuando confesó que tenía más de cincuenta y cinco años. Se atormentaba pensando que su marido nunca había dejado de ser un viejo verde, pero de los peores. Sus amigas no paraban de decirle, “Qué bien se conserva tu marido” o “Qué guapo está tu marido” o lo que era peor, “Tu marido está para que te haga un favor, ¿no lo compartes?”, “Yo posaría para tu marido, ¿no le falta una modelo?”. Sentía rabia de que él siempre fuese el protagonista en todo y ella una simple esposa que no recibía más que reproches y críticas por parte de todos. Con lo que ella se preocupaba por su hijo de treinta años que acabó abandonando la casa diciendo que no volvería más y que estaba harto de que le rallaran tanto. Y su hija, siempre hacía caso a su padre al que daba la razón. Ya en casa, a la vuelta del baile, Héctor y Mari Carmen contrastaban sus puntos de vista:
—¡Nunca me has ayudado en nada de la casa! ¡Yo siempre he cambiado los pañales a los niños! —dijo ella.
—¡Sí, con un cigarrillo en la boca! —respondió él con frialdad.
—¡Nunca me has apoyado en nada! —se quejó Mari Carmen.
—Porque estabas equivocada. No voy a estar siempre de acuerdo con todo lo que haces dices o piensas.
—¡Nunca has compartido tus cosas conmigo! —volvió al ataque ella.
—¿No? Fuiste tú quien se borró del yudo. Nunca has apreciado ninguno de los cuadros que pinto —se defendió con serenidad él. Ahora era ella la que guardaba silencio. Él prosiguió con un tono pausado y equilibrado digno del mejor equilibrio entre el yin y el yang:
—No has tenido constancia, te borraste tú y luego me obligaste a que me borrase yo para que no pudiera destacar. Pero ya era muy tarde, ya que me saqué el cinturón negro con mi propio esfuerzo, disciplina y tesón. Te has pasado la vida intentando cambiarme cuando la que tenía que cambiar eras tú. Has estado machacando los niños hasta que se han ido de casa aburridos.
—Eso, dales encima la razón. ¡Son cuervos! ¡Unos desagradecidos! —dijo contrariada Mari Carmen.
—Pero ¿en qué cabeza crees que cabe que a un hombre, Mari Carmen, un hombre de treinta años, tienes que llamarlo veinte veces para que venga a cenar? ¡Ya vendrá cuando quiera! ¿Acaso tenía que darte la razón cuando los castigabas sin motivo? —dijo Héctor sin llegar a chillar pero elevando un punto su tono de voz. Se hizo un silencio en la refriega y hubo algunos cruces de miradas. La cosa podía empeorar. Héctor volvió al ataque:
—¿Y cuando ponías cosas en mi boca que no había dicho? ¿Cuándo me llamaste para que dejara de trabajar y arreglara tu metedura de pata? No me dejabas opción. Y encima me culpabas a mí. ¿Sabéis lo que os pasa a las mujeres? —Mari Carmen parecía no mirar—, que la libertad os viene grande. Que no queréis asumir el riesgo de decidir y equivocarse. Sí equivocarse. Nosotros los hombres nos equivocamos muchas veces, pero lo admitimos. ¡Sí lo admitimos y no pasa nada! Ah, pero vosotras, vosotras preferís cargar el muerto a alguien, como es tan fácil.
—Ya, pero tú no me apoyas —respondió ella como si nada de lo dicho por Héctor fuese importante o serio.
—¿Y perdonar? Yo nunca he sacado trapos sucios de algo que había perdonado. Pero tú cada vez que te enfadas, te encuentras de mal humor, te duele la cabeza o yo que sé, me sacas cosas de hace más de veinte años. Ya no vale. Las niñas consentidas, a su casa. Las mujeres no sabéis perdonar. No habéis perdonado nunca. Lo veo cada día en mi despacho. Todas las clientas que se divorcian no se conforman con la vivienda, la custodia del hijo y una paga. ¡No!, quieren ver a su ex marido en la miseria. En vez de preocuparse por rehacer la vida o empezar de nuevo no, quieren asistir al sufrimiento de su ex —replicó esta vez un poco más alterado Héctor. Volvió un silencio muy breve.
—A ti lo que te pasa que quieres una mujer en la cocina —dijo ella sin mucha convicción—, siempre has vuelto tarde del trabajo. Antes de venir a casa pasabas por el bar y venías a las tantas.
—Yo llegaba tarde pero tú siempre estabas en casa. ¿Quién te manda estar tanto en casa? Pasas demasiado tiempo en casa desde que perdiste tu empleo. Además, ¿Tengo que pedir permiso a alguien cuando me paso diez horas en el bufete y al salir me apetece tomar algo? ¿Has venido alguna vez tú a buscarme para que fuésemos a otro sitio? ¡No! ¡No aquí en casa y con cara de pocos amigos! Te preguntaba qué te pasaba y no respondías —dijo Héctor otra vez con tono tranquilo.
—¡Tú me engañas! —cortó ella ya casi sin argumentos.
—¡Mírate tú en el espejo! ¿Qué culpa tengo yo de trabajar cara al público? ¿Qué culpa tengo yo de tener que ser simpático con los clientes? Con los que pagan. Yo me cuido, hago de deporte, tengo actividades. Tú ni siquiera lees. No haces más que ver el mismo cine, que a mi no me gusta desde hace años. ¡No me gustaba cuando éramos novios! Iba por que no te enfadases —respiró y continuó con más dureza que firmeza—, Cuando te he llamado desde el trabajo para salir me has dicho que no, que te dolía la cabeza. Siempre todos hemos tenido que ir detrás de ti, “¿Qué le pasa a Mari Carmen?”. Siempre haciéndote la víctima. Pero ya se ha acabado.
Héctor fue hacia el mueble bar, abrió el frigorífico y se sirvió una cerveza. Con el vaso en la mano se volvió a su esposa que estaba sentada en el sofá con la mirada perdida, como muchas tardes la encontraba a la vuelta del trabajo.
—Que sepas que me voy a hacer esa prueba y que además me voy a inscribir en el ejército, en la reserva activa. Tengo hasta los cincuenta y ocho para hacerlo. Ahora no es como antes. Ahora te contratan como un sénior para que des clases, no para escurrir el bulto. Haré el psicotécnico y lo pasaré, me contratarán y dedicaré quince días a mi país. ¡Qué criminal que soy! —explicó Héctor mientras se iba al vestidor a cambiarse de ropa. Aprovechó que las habitaciones de la casa estaban vacías para irse a un dormitorio para él sólo. Se tendría que ir preparando después de todo lo que habían discutido.

Mari Carmen durmió vestida en el sofá. Cuando despertó, Héctor ya se había marchado a su despacho. Seguía convencida de que su marido la engañaba. No podía quitarse de su imaginación esa idea. Si no, no había otra razón.
—Me ha engañado. Me ha dicho que se iba a hacer el examen y ya lo tenía hecho el muy cerdo. Me engaña, Sí, él puede, pero yo no —dijo amargamente Mari Carmen. Cogió el bolso y sacó un sobre. De él extrajo una carta que decía:

Apreciado Sr. Campillo

Felicidades. Nos complace comunicarle mediante este escrito que el índice de fecundidad obtenido del análisis practicado en las muestras de su esperma es superior al 90%. Es un honor para esta Unidad de Fecundidad Objetiva (U.F.O.) invitarle a participar, como cualquier joven de entre veinticinco y treinta y cinco años en los programas de donación de esperma. Un caso como el suyo, es digno de constar en los anales médicos. Para cualquier duda tenga la amabilidad de ponerse en contacto por teléfono con esta unidad.

Reciba un cordial Saludo.


© Manel Aljama (maljama) agosto 2007

viernes, 12 de septiembre de 2008

¿Y usted quién es?

© Manel Aljama 2008Florencio se ajustó su mejor corbata y repasó ante el espejo su aspecto general. Recogió del escritorio el fruto de muchos meses de trabajo y la causa de una dieta espartana, su manuscrito de doscientos cincuenta folios. Tras muchos esfuerzos y después de untar a su agente literario consiguió que una editorial le recibiera. Estaba ya harto de que no le hiciesen caso o de que le devolviesen el material con una nota lacónica agradeciéndole su perseverancia. Hoy estaba citado nada menos que la casa matriz de todas las editoriales de la región, Grupo Editorial Plometa. Bajó las escaleras y tomó un taxi. Un día así merecía tirar la casa por la ventana. Al fin y al cabo iban a editar su libro.

Llegó con puntualidad a las suntuosas oficinas aunque le hicieron esperar más de tres horas sobre el horario previsto. Por fin, le iban a recibir. Salió un joven de no más de veinte años con pinta de no haber leído un solo libro en toda su vida. Su perfume llegó un minuto antes que él.
—Me llamo Adolfo Huero, pero puedes llamarme Fito —le extendió la mano de forma displicente y la recogió cuando Florencio la iba a estrechar—, Siéntate, dime ¿qué me traes?
Adolfo se sintió un poco cohibido con el perfil de sujeto. No esperaba alguien tan joven y con una pinta tan inexperta al frente del departamento de edición de clásicos literarios. Le llamó la atención la cantidad de diplomas y certificados de estudios todos ellos en inglés. Se fijó en uno en concreto que decía, “Est Apha Humanitas University”, aunque no alcanzó a comprender de qué título se trataba ya que sólo se podía distinguir las letras góticas y en relieve. También le extrañó que en la estancia no hubiese un solo libro. Florencio depositó encima de la mesa su obra. Adolfo puso cara de sorprendido. Abrió el mamotreto y comenzó a ojear los folios sin ton ni son.
—Oye, aquí hay muchas letras. ¿De qué se trata? —dijo el jovenzuelo.
—Cómo, ¿No ha podido ver el resumen? Mi agente se lo mandó —intentó explicar Florencio.
—Yo leerme un libro. Si no leo ni un email. ¡Cómo quieres que me lea un libro!
—Esto, ¿es una editorial? —preguntó Florencio con un poco de zozobra—, y usted, ¿Es el editor?
—Sí, ¿qué pasa? A ver, clarito, ¿de qué va este puto libro? —volvió a preguntar el editor.
—Pues se trata de una novela de aventuras moderna —empezó a hablar Florencio mientras que Adolfo observaba con los ojos atónitos—. He querido recrear el espíritu de aventura, de búsqueda de nuevos horizontes, del valor del trabajo, del esfuerzo y la superación. —concluyó Florencio.
—Pero, ¿aquí no se habla nada de sectas, manuscritos o códigos secretos?
—Pues, la verdad es que no
—¡Pues vaya mierda que me has traído! Te voy a decir lo que tienes que escribir —dijo Fito mientras que abrió el cajón de su escritorio y extrajo una nota escrita a máquina y bastante sobada.
—Usted me escribe —ya no le tuteaba—, una novela de esas ambientada del Barroco, los siglos XII, no mejor el XIII —Florencio le iba a interrumpir pero empezó a divertirse con los conocimientos del sujeto—. Me escribe de un monje que descubre un papiro que compromete la iglesia, el que sea, lo asesinan y ese papel pasa de mano en mano hasta que llega el profesor Donaldson, que es norteamericano, y que con la ayuda a una bella joven investigadora, descendiente del monje, solucionan el tema.
—No siga —Florencio también empezó a distanciarse—, eso ya está escrito, empezó con “El nombre de la Rosa” de Humberto Eco, y además —iba a continuar para aclarar el tema de los siglos cuando Fito le interrumpió.
—Oiga, “El nombre de la Rosa” es una “peli”, que la visto yo. A ver si me va usted a enseñar ahora. Los libros salen de las "pelis" y no al revés. Que yo soy el que más sabe de literatura en esta casa. ¡Hombre!
—Permítame decirle que está usted equivocado. ¿De dónde ha salido, por ejemplo “Harry Potter”?
—“Pos” igual, “Jarri Poter” es una película que la tía esa ha copiado para hacer el libro. Eso vende —Florencio hizo un ademán para pedir la palabra—; no me interrumpa, ignorante, que yo tengo muchos masters de universidades americanas. Usted debería ver más a menudo la tele y así tendría más inspiración. Deje de leer, es un atraso y una pérdida de tiempo. Yo ni siquiera estudié. Mi papá contrató todos los títulos y aquí me ve, al frente de un departamento de edición. Si espera hacerse rico escribiendo un libro, déjelo, se lo aconsejo.
Se hizo un silencio. Florencio no sabía qué hacer. Si recoger el manuscrito y probar en otra editorial o tal vez, incluso con otro agente o directamente estamparle el cuaderno en los morros al imbécil que tenía delante y del que ya no soportaba la colonia o perfume que usaba.

Tras el breve silencio, Florencio, lanzó una pregunta:
—¿Qué hay que hacer para ganar el Premio Plometa?
Fito se echó a reír. Luego respondió.
—Usted si quiere ganar el Premio Plometa, primero tiene que ser mediático o famoso. Pruebe ir a decir algo a algún programa de televisión. Eso funciona. Desde hace mucho tiempo. No tiene que preocuparse por la escritura. Si no sabe escribir, tenemos un montón de becarios que se lo harán. Eso no es problema. ¿Me entiende?
—Y si quisiera que los matasen para que no me delaten, ¿también lo haría? —preguntó Florencio entre desconcertado e irritado.
—Nadie me ha preguntado eso, tendré que preguntar al jefe —luego recapacitó—, pero, pero ¿Y usted quién es?, ¡Usted no es nadie! ¡Usted no es famoso! ¡Salga de mi despacho que tengo mucho trabajo!
Cuando acabó de decir esas palabras Florencio ya había recogido su libro, pero iba con la cabeza alta con la esperanza que un individuo así no duraría mucho en ese sitio y que como los seres vivos, las empresas nacen, crecen y se dan el gran tortazo.

© Manel Aljama, maljama (Diciembre 2006 – agosto 2007)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Hasta que la muerte os una


Desde fuera el caserón impresionaba como si fuese un antiguo castillo mal conservado pero que había podido resistir en pie el paso del tiempo. La mansión tenía la cara norte acabada en una torre modernista con un alero ornamentado de cerámica tal vez azul oscuro o quizá negro. La base de la construcción era de piedra y estaba embellecida por una cenefa de azulejo verde claro o puede que turquesa. La ornamentación de la fachada tenía esgrafiados también verdes, aunque un poco desmembrados, haciendo juego con el estado general de la casa. La terraza que había delante de la torre estaba limitada por una balaustrada de hierro forjado también presente en la valla del jardín en forma parecida al “coup de fouet” francés, sucia y llena de polvo y telarañas. El interior estaba adornado por un conjunto de vidrieras decoradas de las que algunas daban al jardín trasero. Todo un lujo envuelto en selvas de telarañas y bancales de polvo.

Los empleados de la empresa de reformas se presentaron a eso de las diez y media de la mañana. La vivienda parecía otra tras el paso de una brigada de limpieza y desratización. La pareja de nuevos propietarios ya había hecho el traslado. Los cuadros que tenía la casa habían sido vendidos a un anticuario y los pocos muebles que quedaban ya reposaban en un contenedor cercano de Avenida Tibidabo. Habían sido sustituidos por cuadros naif de pintores callejeros y muebles de estilo japonés adquiridos en una tienda de muebles de lujo. Ya no olía a humedad y la luz se había apoderado de la estancia.
—Yo señora, no quitaría esta ducha. Me parece una obra de arte, es impresionante. Si me permite, yo puedo hacer un puente, conservar las baldosas originales, y usted igualmente tendrá su jacuzzi y de paso conserva este caño de bronce rematado en la ducha de oro para dar envidia a todas sus amigas —sugirió el contratista que habían buscado para remozar la finca.
—¿Qué le pasa a la ducha? ¡Les ha contratado mi marido para que trabajen no para que piensen! ¡Hagan el favor de hacer la reforma como les ha ordenado o encargaré el trabajo a otros!

Todo venía de lejos. El día que Marcos y Clara en compañía del agente de la inmobiliaria flanquearon la puerta de la mansión modernista sintieron un escalofrío. A pesar de que el vendedor intentó hacer un recorrido histórico digno de un guía turístico, los compradores no estaban por la labor pues creían en sus propias ideas que además las consideraban infalibles. Estaban más que satisfechos de su flamante ascenso social y la casa la consideraban el mejor premio.
—Esta casa fue uno de los primeros trabajos del arquitecto Doménech i Montaner. A destacar en este aseo, el conjunto formado por la bañera de formas naturales, rematada por una ducha realizada en oro.
—¿Esto es un museo? ¡No se enrolle más por favor! Esta va a ser nuestra casa y este cuarto de baño lo voy a reformar entero. Es mío. Pago yo —respondió tajante Marcos.
—¿Tú crees? A mi no me parece tan feo —respondió como intentando apaciguar, Clara.
—Esta ducha es una obra de arte. Recuerde que es de... —intentaba argumentar el vendedor.
—¡Me importa un pimiento quien puso esta ducha! ¡Es fea y no me gusta! —dijo Marcos enrocándose.
—¡Tienes razón es vieja! Mejor quitarla; ¡me pone los pelos de punta! —Clara, como asustada y obedeciéndole.
—Bueno en ese caso —propuso el vendedor intentando suavizar la situación—, si ustedes desean reformar la mansión disponemos de una empresa especializada en conservación de patrimonio histórico-artístico.
—¡Que te estoy diciendo que no! La reformaré yo a mi antojo y la empresa ya la contrataré yo —sentenció Marcos muy puesto en su papel de señor y dueño de su casa, mirando a su mujer del mismo modo.

Marcos era un abogado de un banco en el que había desarrollado una carrera meteórica que ahora se culminaba en el traslado a la Ciudad Condal acompañado de su rubia esposa, que había estudiado Ciencias Empresariales. Gracias a su habilidad repasando cláusulas de contratos, el banco se había hecho con el edificio y él lo compró por un precio simbólico. De la noche a la mañana estaban viviendo en la zona alta de Barcelona en un palacete modernista con jardín rodeado de muro y verja. Y nada menos donde se había forjado la ancestral burguesía catalana.

Una vez acabada la labor de los albañiles, su capataz fue en busca de Clara para explicarle en detalle todas las tareas realizadas:
—Mire. Hemos instalado el jacuzzi y hemos respetado estos preciosos azulejos. Y... —el encargado de la reforma intentaba proseguir con su explicación.
—¿Han dejado la ducha? ¡Pues no cobrarán! —exclamó Clara entre contrariada y tajante.
—Mire, señora, perdone, con todos los respetos, Yo he puesto todos las azulejos que faltaban y también hemos instalado el jacuzzi tal como nos ordenó, y además he cambiado todas las conducciones. Piense en el día que se estropee el jacuzzi —mientras hablaba todo seguido, abrió la vetusta ducha de la que empezó a brotar agua—, esta ducha estará aquí y le será de utilidad.
—¿Pero que le ven ustedes a esta mierda de ducha? —bramó Clara ya totalmente enfadada y casi fuera de sí.
—De acuerdo, mire, verá... Sólo cobraremos los materiales y el jacuzzi —se disculpó el jefe de los albañiles.
—¡Váyanse! ¡Ya hablarán con mi marido para la factura! —gritó Clara.
Los empleados se largaron. Clara más contrariada que nunca fue hacia el trastero y rebuscó en la caja de herramientas hasta que pudo encontrar una llave inglesa. No sabía qué le sucedía, pero estaba llena de odio. Se dirigió hacia el aseo y empezó a golpear el dorado y vetusto caño. Los golpes apenas dejaban marca. Parecía que el viejo aparato estuviese hecho con titanio. Abandonó sus intenciones pues se sentía aún más estresada. Decidió refrescarse allí mismo en la ducha. Faltaba una hora para que volviese Marcos del trabajo. Abrió el jacuzzi pero el agua no salía con suficiente presión. Tuvo que abrir la añosa ducha.
—¡Maldita seas! ¡Con los golpes que te he dado y todavía funcionas! ¡Pero es que eres fea con ganas! ¡Vieja y fea! ¡Hija de...!—realmente parecía loca hablándole al aseo.
El viejo aparato producía un abundante, fuerte y agradable chorro de agua. Clara se lo miró. Observó con atención el fluir del agua. Sin pensarlo cerró los ojos y se dejó llevar por la fuerza con la que salía el agua de la antigua ducha.

A la mañana siguiente, los dos inspectores de homicidios adscritos al caso, no se aclaraban para poder dar una hipótesis coherente al suceso.
—Tendremos que esperar el resultado de las autopsias —afirmó secamente el inspector Canales, uno de los polis—, a simple vista los forenses no tienen ni idea.
—¿Crees que averiguaran algo? —respondió el otro.
—No sé, pero de todos modos hay que realizarlas. Es lo que ordena la Ley —afirmó sin dudar Canales.
—¿Pero has visto? La mujer tiene un golpe con hematoma en el occipital y estaba tumbada boca arriba. El hombre caído sobre ella pero con un golpe sangrante en la frente —exclamó como espantado el otro inspector.
—Sí, el mismo impacto que tiene ella.
—No puede ser. Y no parece hecho cono un objeto cortante sino con esto —mientras hacía fuerza para comprobar que la ducha estaba en su sitio y no se había movido.
—¿Qué diremos a la prensa? —preguntó Canales.
—No sé, pero esto da miedo. Habrá que inventar algo o van a venir parapsicólogos de esos. Porque el secreto del sumario no da para mucho.
—¿Quién dio el aviso? —inquirió Canales.
—La de la limpieza que llegó esta mañana. Ha identificado los cadáveres.
—Entonces, con toda seguridad murieron ayer por la tarde o quizá por la noche.
—Canales, tú siempre que te adelantas a los forenses aciertas.
—¡Dame un cigarro! Vamos a pensar algo antes que nos quedemos sin vacaciones.
—Vamos.
—No se tú, pero llevamos un carrerón. Primero la vieja loca que deja paralítico a su hijo y se lleva un enfermero por delante, luego el taxidermista que mata a su madre y ahora, dos muertos con objeto contundente que parece que sea la ducha. ¿Detenemos la ducha o el cuarto de baño entero? ¿Les ponemos un abogado de turno de oficio? ¡Nos van a enviar a pasaportes!
—Sí, por eso pondremos que es un caso más de violencia doméstica. El jefe se enfadará pero nosotros nos evitamos tener que pasar el test de alcoholemia.
—Vamos a tomar una caña a ver si se nos ocurre algo mejor. ¡Pedir un traslado a una ciudad más tranquila por ejemplo!
—Venga.
Abandonaron el lugar del crimen. La ducha, todavía goteaba sangre y el ambiente desprendía olor a agua clorada impregnada de humo de tabaco y sudor de patrullas urbanas.


© Manel Aljama (maljama) junio de 2005

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Andros The Boogie

Andros es propietario de un gimnasio culturista en un barrio cosmopolita de una populosa ciudad industrial. A sus cuarenta años se siente realizado en la vida. Buenos ingresos, salud inmejorable y además todavía continúa soltero. Todos los amigos que habían salido de juerga con él en tiempos mozos están ya calvos y fondones, e incluso algunos han recibido sepultura por causa de algún accidente automovilístico o tal verz por un “mal viaje”. En su día fue el rey de las disco cuando entonces se hacían llamar “discoteques”. Acudía emperifollado con sus estrechas camisas de cuello amplio y pantalones pata elefante de color blanco o beige que eran rematados con botines de color caramelo y talón alto. Todavía conserva su mata de pelo, el enorme casco lleno de rizos al estilo afro del que ahora se mofan en algún anuncio de televisión. Nunca se lo cortó salvo cuando tuvo que acudir al ejército.

Ahora está contento porque la moda de su juventud ha vuelto y según él —“para quedarse para siempre”. La moda de los setenta vuelve. Cuando dice esto en su mente siempre suena un tema inolvidable de KC and Sunshine Band del cual se sabe de memoria desde los pasos hasta la letra en inglés:
Oh, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, ah huh, ah huh, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, ah huh, ah huh…
Es sábado por la tarde y son más o menos las ocho cuando Andros se está arreglando para salir. Frente al espejo en calzoncillos de estampado tigre, ajustados y de lycra mueve los pies al ritmo de funk. Con los pies enfundados en calcetines-media de ejecutivo se acaba de poner su eterna camisa negra de amplias solapas mientras pasa su mano por su espesa bola de cabello ensortijado Alza la mano derecha apuntando con el dedo índice hacia el techo mientras de soslayo comprueba el olor que el desodorante ha dejado en su axila. A continuación hace un gesto de flexión con las caderas mientras se pone de perfil para comprobar la prominencia de su paquete. Se toca descaradamente los genitales sin bajar la mano que señala al cielo. Da otra vuelta y pone en marcha su equipo de música. Este aparato aún tiene lector de cassettes. Comienza a sonar machaconamente un tema de Hot Chocolate.

Al ritmo de Sexy Thing nuestro héroe repite la canción mientras baila ante el espejo con pasos de bailarín profesional: de espaldas al reflejo, flexionando alternativamente al ritmo de dos por cuatro ambas rodillas y hombros, mientras tiene los brazos pegados al cuerpo pero ligeramente separados y con las palmas hacia abajo acompañan, moviendo las manos mientras chapurrea en inglés.
I believe in miracles Where you from You sexy thing I believe in miracles Since you came along You sexy thing.
Poco a poco va levantando los brazos paralelos al suelo y bajándolos al mismo ritmo de dos por cuatro mientras sigue flexionando levemente las rodillas. Retrocede el pie derecho y apoyándose sobre él gira de izquierda a derecha quedando enfrente del espejo subiendo el brazo derecho pegado al cuerpo hasta la altura de la barbilla y apuntándose con el índice en el espejo flexionando ligeramente la misma mano. Sin dejar de flexionar ambas rodillas vuelve las palmas hacia el corazón y las extiende hacia fuera. Una mano va a la cintura y se coloca en jarra y la otra se queda perpendicular al suelo moviendo de arriba hacia abajo señalando con el índice el techo. Flexiona la pierna derecha mientras avanza la izquierda, repite el movimiento flexionando la izquierda para avanzar la derecha. Repite otra vez estos pasos hacia atrás y vuelve a empezar hacia adelante mientras hace el molinillo con los brazos a la altura del plexo solar. Sin perder baza y haciendo servir el cepillo de pelo como micrófono continúa cantando él mismo:
How did ya' know I needed you so badly. How did ya' know I gave my heart gladly. Yesterday I was one of a lonely people. Now you're lying next to me. Making love to me.
Ha interrumpido la ortodoxia de la coreografía y sin dejar de bailar se ha puesto sus pantalones blancos de “pata elefante”. Se fija en la luz y de pronto ve que es el foco de la disco. Está en el escenario de una auténtica discoteque de los setenta, con su bola gigante de espejitos multicolor y luces al compás. Recibe unos flashes y mira al diskjockey que le señala que es cierto todo lo que está viviendo. La disco está llena hasta los topes y todos le aclaman:
—¡Andros!, ¡Andros!, ¡Andros!, ¡Andros!
Y él repite con su inseparable cepillo micrófono:
Touch me baby. You sexy thing. You sexy thing.
El disk jokey ha hecho un cambio. Ha introducido September de Hearth Wind & Fire justo por el estribillo:
Hey hey hey Ba de ya - say do you remember Ba de ya - dancing in September Ba de ya - never was a cloudy day...
Se fija la luz cegadora del foco. Esta luz es cada vez más intensa pero en vez de molestarle, se siente atraído por ella y se dirige en pos de ella. Llega un momento que deja de oír la música, que súbitamente se va debilitando. También deja de ver que está en una disco. Llega un momento que todo está invadido por una luz blanca intensa pero fría, sin calor. Una luz que todo lo llena.

No lejos de allí unos médicos cirujanos, contemplan a Andros que reposa en la mesa de operaciones. Están discutiendo:
—Ya te dije que este tío nos engañó. Seguro que tomaba sustancias dopantes para tener músculos rápidamente y no nos lo dijo. Por eso se "ha quedado" en la anestesia.
—¿Seguro que no te has equivocado con la dosis? —dice el cirujano.
—No, puse la composición habitual a su peso y masa corporal.
—Pues este ya es cadáver, está en coma irreversible. ¡Fíjate! Y todo por alargarse la picha.

© Manel Aljama (maljama)

viernes, 22 de agosto de 2008

La boda de la niña



Entremés de un acto y tres escenas

Personajes:

ESPERANZA (la novia), FIDEL (el novio), HERMINIA (la madre de la novia), ILDEFONSO (el padrino), ROBERTO, ISABEL, LUISA, JUAN (invitados que son matrimonios amigos de la pareja que se casa)

En el salón de un restaurante donde se celebra un banquete de bodas.


ESCENA I


Entran los personajes ROBERTO, ISABEL, LUISA y JUAN y se sientan en la mesa en primer plano. Ellas se ajustan el vestido mientras toman asiento y ellos se estiran los pantalones para hacer lo mismo.

LUISA: Si es lo que lo que digo yo, no hay nada como casarse cuando toca.

ISABEL: Pues claro. Porque cuando no se tiene edad es una tontería y luego lo estás pagando toda la vida. ¡A ver!

ROBERTO: ¿Qué no existe el divorcio?

LUISA: (Por alusiones) Sí, pero cuando te divorcias es como si le cogieras manía a eso del matrimonio. Cuando encuentras una pareja ya le exiges mucho más.

JUAN: No será que las mujeres tenéis miedo, sois inseguras y le pedís al hombre algo que vosotras ya no sois capaces ni de dar ni de mantener.

ISABEL (Dirigiéndose a LUISA): Vaya con tu marido. ¡Cuánto sabe!

LUISA: No te creas. En casa se porta. Es que cuando sale...

JUAN: ¡Sí hombre! Como si fuera el perro.

LUISA: (Enérgica). ¡No nos salgamos de madre! Lo que decía yo... Que hay que casarse cuando se tiene edad

ISABEL: (interrumpe) Y medios. Porque no se tienen medios, ya me dirás...

ROBERTO: El trabajo, eso es importante.

ISABEL: Pues eso son los medios.

Se oye un ruido de fondo. Una multitud está aclamando al cortejo nupcial que irrumpe en el banquete.

ROBERTO: Callad ¡Llegan los novios!

Todos aclaman el consabido “Vivan los novios”.


ESCENA II


Aparecen ESPERANZA y FIDEL cogiditos de la mano. Ella viste un lujoso traje blanco con velo que le cubre el rostro. Él lleva un traje oscuro de corte moderno pero sin salirse de las líneas clásicas. Les siguen ILDEFONSO y HERMINIA que les hacen de padrinos. Avanzan con dificultad. Se sientan en la mesa que tenían preparada. El resto de los invitados, que estaban de pie, se sienta.

HERMINIA: Es una lástima que tu padre ya no esté con nosotros. Con lo que le hubiese gustado verte cómo te casas.

ILDEFONSO: Sí, una auténtica lástima. Con lo guapísimos que estáis los dos. Porque lo más grande en la vida es la boda y después el nacimiento de un hijo.

HERMINIA: Eso, eso, animarse que nos tenéis que dar muchos nietos (girándose hacia ILDEFONSO buscando la complicidad). Que ahora, por fin ya lo tenéis todo. Un buen trabajo, una casa en las afueras y casi pagada del todo. Pero se puede decir que ya es vuestra.

ILDEFONSO: Además no os casáis como esos niñatos, que a los cuatro días, en cuanto sienten llorar niños se asustan y se divorcian.

HERMINIA: Y los que lo abandonan todo en cuanto pierden su trabajo.

ILDEFONSO: Si es lo que digo yo. Que para casarse hay que tener edad. Si no, es como si te equivocaras para toda la vida.

HERMINIA: ¡Cuánta razón tienes Ildefonso! ¿Me permites que te tutee? Somos consuegros.

ILDEFONSO: Por supuesto. Sí, aunque existe el divorcio, no tiene gracia usarlo. Porque cuando te has equivocado la primera vez, no tiene arreglo. Hay que casarse con seriedad, con conocimiento de causa y con paciencia. Nada de precipitarse.

HERMINIA: (cambiando de tema) He traído el discurso.

ILDEFONSO: (levantándose) ¡Atención! ¡Atención! Antes de que lleguen los demás platos, leamos el discurso. Que así la comida sabe mejor


ESCENA III


HERMINIA saca un papel arrugado y se pone las gafas de leer.

HERMINIA: (se le salta una lágrima). Nunca creí que llegaría el día que podría ver a mi niña casada. Cumpliendo con los deberes más sagrados. Estoy muy orgullosa porque cuando yo no esté ella llevará el peso de una familia gracias a la educación que le dimos mi difunto marido, que Dios lo tenga en la Gloria, y yo misma. Dar gracias a Dios también porque tienen todo lo que es necesario, un marido que tiene un buen trabajo, una casita preciosa y ya pagada. Mi niña se ha casado. ¡Brindemos por la boda de mi niña! (alzando la copa)

ESPERANZA: (quitándose el velo) Gracias, gracias a todos por vuestra presencia. Por fin he podido cumplir el sueño de toda mi vida. Casarme por la iglesia, de blanco, y eso no todas lo pueden decir, pero sobre todo casarme con la tranquilidad de que tengo una vida por delante. Y porque además, ya tengo sesenta años, y ya era hora de casarse...


© Manel Aljama (maljama), Noviembre 2006 – Julio de 2007

martes, 19 de agosto de 2008

No sé quién soy

Mirando al techo, el hombre murmuraba o tal vez simplemente ensayaba lo que iba a decir. Quizá los pensamientos o tan sólo gestos se quedarían a medio camino y nunca se convertirían en sonido:
—“No sé como llegué a parar este sitio y ni siquiera sé quienes son toda esta gente que no para de hablar entre ellos y mirarme. Me obligan a levantarme cuando me apetece dormir y me obligan a meterme en la cama cuando no tengo sueño. Parece que todos están contra mí. Me dan miedo. Quiero escaparme pero me da miedo acercarme a la puerta. Apenas la abro salen todos en grupo y me fuerzan a entrar” —resonaba en su cerebro como potentes mazados de un viejo dios germánico. Mientras meditaba o simulaba pensar, una luz mortecina, atravesaba la cortina que tapaba la ventana de su pequeña habitación. La decoración a penas coincidía con los muebles, y en los estantes se amontonaban viejos o quizá nuevos libros de otros tiempos. Una serie de fotos en blanco y negro y con el marco lleno de polvo remataban el ambiente.
—“Pero son más que yo. Pueden conmigo. Me dan miedo. No puedo dormir desde que están aquí. Les engaño a veces, me hago el dormido. Y les gano. En eso les gano. Serán muchos más que yo pero les gano. Les engaño. Me dan miedo. Quiero que se vayan.
Pensar o fingir el pensamiento o puede que un gesto lejano de una rabia quizá apagada era el único eslabón que le indicaba que aún estaba vivo” —mientras se revolvía en su cama agitado por la ansiedad. Los martillazos se habían tornado ahora un anodino zumbido que sólo él podía escuchar.
—“Sé que quieren acabar conmigo. No me lo han dicho pero sé que quieren acabar conmigo. Tengo que ser más rápido que ellos. Pero siempre están vigilando. Si los veo vigilarme cuando me hago el dormido y les gano. Ellos no saben que me hago el dormido pero yo sí. Jé. Les gano.”

De repente se levantó de su lecho y entreabrió la puerta dejando una rendija del tamaño justo para atisbar los presentes en la otra sala. Allí, la gente pareció ignorar que la puerta de su habitación se había abierto. Aún así, una serie de miradas de soslayo se dirigieron en su dirección.
—¿Pero qué hacen ahora? Creo que hablan de mí pero no estoy seguro. Tengo que hacer algo. Me tengo que ir, tengo que escapar antes de que me maten. No sé como pero tengo que escapar antes de que me maten. Me haré el dormido —mientras cerró la puerta. Aunque no quiso se durmió. Tras un sueño ligero, nuestro hombre se despertó y con sigilo se desplazó hasta la puerta de la habitación. Su intención no era otra que intentar abandonar la casa. De repente el titubeo de los presentes se detuvo, un inoportuno jarrón hecho mil pedazos impidió la fuga. Los presentes se abalanzaron sobre su presa; unos le sujetaban los brazos, otros las piernas y algún que otro atrevido hizo un llave sobre su cuello.
—¡Me han descubierto! ¡Dejadme! ¡Dejadme! ¡No, la inyección no! ¡La inyección no! No quiero dormir. No quiero dormir. No quiero dormir... —la consciencia del hombre se apagaba poco a poco.

Se despertó cuando ya habían pasado los efectos del narcótico. Se incorporó esta vez con mucha calma y sigilo:
—“Ahora Parece que no hay nadie. ¡No! Están durmiendo. Yo no estoy durmiendo. Ellos sí. Se han dormido creyendo que yo estoy dormido. ¡Je! Siempre les engaño. Tengo que tratar de no hacer ruido. Así poco a poco. Ya está. Creo que se abre por aquí. Ajá esta vez no han puesto llave. Cerraré con cuidado. Bajaré despacito. Sólo es una planta. Voy a ir hasta el callejón de atrás. Está cerca. No me buscarán.” —Tras armarse de paciencia y a fuerza de perseverar consiguió recorrer el angosto y alargado corredor hasta la puerta última que da salida al exterior. Con suma perspicacia, no la cerró para no despertar a sus perseguidores.

—¡Abuelo!, ¡Abuelo! —llamaba una niña de unos diez años que vivía junto con su familia en un piso del callejón contiguo a la celda donde había estado preso nuestro hombre. Era casi el mediodía y le despertó.
—¿Quién eres? ¿Qué es un abuelo? ¿Por qué todos me llaman abuelo? Yo no soy abuelo. Yo no soy tuyo. ¡Déjame en paz! Tengo que escapar.
La niña, no hizo caso de lo que oyó, y, con los ojos abiertos como dos enormes almendras, decidió seguirle. En su persecución pasaron por delante de una tienda de electrodomésticos que exhibía una matriz de televisores de pantalla plana, sintonizados en un canal de noticias. Se detuvieron y el hombre creyó reconocerse en la imagen de la pantalla. La pequeña también le reconoció. El hombre no alcanzaba a descifrar lo que le parecía un rótulo seguido de números que visualizaba en los aparatos. Ella en cambio, sí que consiguió leer.
—Abuelo, abuelo, ¿qué es demencia senil?

© Manel Aljama (maljama), junio 2005

martes, 12 de agosto de 2008

Adiós, Granada , adiós

En una colina al atardecer, enfilando las Alpujarras; dos figuras contemplaban el valle que se extendía a sus pies. Soplaba un viento seco y cálido a pesar de que era el mes de enero. Los rayos del Sol de esa hora les caían como lanzas fatales que aumentaba aún más su cansancio. Reinaba el silencio. Una de las figuras empezó a gimotear. Giró su cabeza a izquierda y derecha. Rompió a llorar.
—No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre —le espetó la otra figura que hasta entonces había guardado silencio. Recibió un llanto de damisela por respuesta.
—¿Por qué te peleaste en Guadix contra tu padre? —continuaba hierática y serena la figura de estatura más baja.
—¿Por qué aceptaste la ayuda de esos repugnantes Abencerrajes?, ¿eh? —el acoso era implacable.
—Pero tú estabas de acuerdo —respondió entre sollozos.
—Mi casa, las casas de mis hijos, las casas de los hijos de mis hijos, ¿qué haré yo?
—Llorar.
—Mis joyas, las joyas de mis hijos, las joyas de los hijos de mis hijos, ¡ah!, ¿qué haré yo?
—Llorar...
—Mis caballos, los caballos de mis hijos, los caballos de los hijos de mis hijos, ¿qué haré yo?
—Pues...
—Mis ropajes, mis vestidos, los vestidos de mis hijos, los vestidos de los hijos de mis hijos.
—¡Llora de una puñetera vez!
—Los vestidos de mi mujer, los vestidos de sus sirvientas...
—¡Sigue, sigue, tú a lo tuyo! —algo contrariada.
—Las sirvientas...
—¡Pues venga, desahógate de una vez!...
—Mis hijos, los hijos de mis hijos, triste de mí ¿Habibi, qué faré-yo o qué serád de mi mibi?1
—¿Pero qué dices ahora? ¿Hablas ya como ellos? ¡Llora, chico, llora de una puñetera vez!
—¡Ah, basta ya, sólo me dices que llore!
Boabdil el chico volvió a mirar de soslayo su Granada. Aixa, su madre, envuelta en ropa vieja y polvorienta repitió el mismo gesto. Tras unos instantes, él siguió gimoteando, ella volvió con la letanía:
—Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre.
—¡Ay!, madre, perdóneme pero es que me está dando la brasa.
—Mira, la brasa me la has dado tú, maricón. ¡Mira que jugártelo todo en el Casino Granada!, ¡cabrón!, ¡tira para casa, mal hijo! Yo no te voy a tocar, pero tu mujer...
En la guantera del auto una barra de chocolate Sultana se derretía. El viejo y destartalado Renault 4 enfiló otra vez la carretera dejando un rastro de polvo mientras el Sol se ponía definitivamente.


© Manel Aljama (maljama) octubre 2006
(1) Traducción y adaptación de una Jarcha en mozárabe: ¿Amigo mío, que haré o que será de mí?

viernes, 1 de agosto de 2008

Esa ya no es mi tierra

La tierra y quizá el polvo yermo, que estaba tanto o más seco que sus bocas, abrasaba. Los labios, no parecían labios sino gajos de naranjas disecadas hacía ya mucho tiempo. Las barbas densas y pobladas, donde los pelos se espesaban con la arena, servían de protección contra viento frío en la madrugada del desierto. Descalzos, con los pies tan endurecidos que no necesitarían jamás unos zapatos. Y su piel, quemada, abrasada y tan oscura que quizá ya no les hiciese falta volver a tomar el Sol nunca más. Las dos figuras, tambaleándose, se sentaron junto a unos matorrales. El viento soplaba cada vez más. Puede que fueran los únicos supervivientes del grupo.
—¡Ya no puedo más! —suspiró Avelino.
—¡Venga, compadre, que seremos ricos! ¡Dos jornadas no más! —insistía, Fulgencio que parecía tener entusiasmo a pesar de estar tanto o más fatigado que su compinche.
Tras un breve silencio, observaron cómo el Sol descendía en el horizonte, casi a la misma velocidad que la temperatura. No sabían dónde se encontraban.
—¡Dónde me fueron a cagar! —volvió Avelino.
—Nos chingaron —dijo Fulgencio.
—Estamos tan muertos que el cuerpo nos pide tierra —replicó Avelino.
—Ni eso, que nos coman los buitres antes que esos pendejos de la migra —exclamó Fulgencio—, ¿Dónde debemos estar? —prosiguió aunque Avelino parecía que no escucharlo.
—Los bandidos te roban y te matan —dijo Avelino con rotundidad.
—Ésos sólo nos roban. La que te mata es la migra —corrigió Fulgencio.
—La migra no te mata. Te deja morir. Que mueras chingado del todo —respondió Avelino que parecía muy conocedor de las diferencias. Al poco volvió:
—Me chingaron al nacer, me chingaron al venir aquí y chingado moriré.
—No te duermas, que dormirse es entregarse a la muerte —Fulgencio como intentando animarle.
En sus pensamientos, así que se hacía oscuro tenían la conciencia de tener la espalda mojada, de haber nacido con la espalda mojada o quizá que dondequiera que iban eran extranjeros, aunque no hubiesen podido atravesar el Río Grande.

Unas semanas antes en una taberna de Zapotlán, en Jalisco, Fulgencio, un mesero con un sueldo tan escaso como su pelambrera platicaba con Avelino, de oficio, pobre.
—Todos somos pobres, todos somos emigrantes —sentenció como exhalando Avelino.
—Compadre que es lo mismo —replicó Fulgencio—, pobre o emigrante, ¿Qué más da si al final tienes las tripas vacías?
—No veo eso claro yo —Avelino muy pesimista y dubitativo.
—¡Compadre, que el plan es pan comido! Conozco un enganchador que nos lleve hasta Altar. Eso queda muy cerca de la frontera. Allí nos presentarán al pollero que por Sásabe o por Nogales nos ayude a pasar. ¿Qué más da morir de hambre aquí o en medio de ningún sitio?
—¿Y si nos chingan? Oí en el barbero que los yanquis están haciendo una pared en Nogales.
—¿Aún más chingados que yo por mi patrón y usted por el Cabildo?
Acabó la conversación y al final, en pocos días se pusieron en marcha junto con otros hombres y mujeres que venían de sitios como Chiapas, Veracruz, Puebla o Guatemala, camino de un futuro mejor. Soñaban con beber en fuentes de Coca Cola, contemplar rótulos de neón, viajar en un carro reluciente, tener una casa y volver algún día por la tierra que les vio nacer para escarmentar al Patrón. Su viaje fue largo, sin comida y con poca agua para beber. Fueron asaltados varias veces y las mujeres, violadas, en muchas más ocasiones. El último sitio techado en el que estuvieron fue, según les dijeron, justo al lado de la frontera. Una zahúrda maloliente con las ventanas tapiadas. En último de los asaltos de que fueron objeto, pudieron escapar gracias a que nada les quedaba ya que fuese de valor. Los bandidos se entretuvieron con las mujeres que habían sobrevivido.
—¡Así se muera su chingada madre! —gritaba Avelino mientras intentaba salir corriendo para refugiarse.
—¡No se queje compadre! Salvamos el pellejo porque nada llevamos con lo que mercar —sentenció Fulgencio.
Cuando por fin consiguieron parapetarse tras unas piedras se tranquilizaron al ver que los bandidos, muchos de ellos con uniforme, se volvían hacia el sur.
—Yo no quería venir. Pero ahora creo que estamos muy cerca. No tenemos ni un arma con la que defendernos No podemos fiarnos de nadie.
—Mejor no ir armado. Te matan sin avisar. Esperemos que el pollero que nos recomendaron, sea un pollero de palabra y no un bajador que nos entregue a la migra.
—¿Y si es un burrero y nos obliga a pasar piedra?
—Si es así, entonces la migra nos detendrá. Estamos bien chingados.
Se hacía de noche y el frío se intensificaba.
—¡No tenemos nada con lo que prender lumbre!
—Yo tengo los huesos tan enteleridos que soy purito dolor.
Se adormecieron más por hastío que por sueño. Un poco antes del amanecer, el martilleo del motor de un helicóptero y el foco que les cayó encima, les devolvió a la vida. Sin resuello intentaron correr sin saber bien en qué dirección.
—Hijo de la gran chingada, ya llamó a la migra —dijo Avelino que no distinguía nadie bueno de nadie malo.
—¡Me cago en su chingada madre, era un bajador, nos entregó a la migra! —intentó precisar Fulgencio.
El helicóptero siguió su trayecto probablemente en dirección norte y se perdió de vista. Por instinto, los dos esqueletos siguieron su rastro durante un tiempo imposible de medir con un reloj. Llegaron hasta una zona más pedregosa y buscaron refugio detrás de unos taludes. Se sumergieron en un sueño del color del atardecer de fuego o del Sol que lucia de un anaranjado rojizo. Por el color debieron pensar que ya estaban en el mismísimo infierno.
—¡Espabila que tienes que volver a tu tierra! —les despertó gritando en español, con acento extranjero un hombre con uniforme limpio y reluciente, desconocido para ellos. En las mangas de su guerrera lucía un escudo en el que destacaba el letrero de “Border Patrol” (Patrulla de Fronteras) o migra.
—Ésa ya no es mi tierra —respondió Avelino mirando al sur y con aire decepcionado.
—¿Y cuál es tu tierra? —le respondió la figura uniformada.
—No se compadre, yo soy así.
El agente le siguió hablando pero parecía que no le escuchaba. Buscó su mirada en vano pues parecía no ver. Tocó el cuerpo ya cadáver de Fulgencio como para cerciorarse que era inofensivo. Se dirigió a su camioneta de donde se bajó su ayudante. Entre los dos cargaron los dos despojos en la parte de atrás. Se encaminaron hacia el sur, justo delante de un cartel que indicaba “Nogales. Estados Unidos de México”. Allí había una patrulla del cabildo de Nogales Arrojaron los cuerpos tras lo que debía ser la línea divisoria entre el hambre y la vida.
—Esto, debe ser suyo —dijo de manera rutinaria e inexpresiva el de la migra.
—Déjalos ahí, tenemos tantos que ya no nos caben —respondió el del lado sur.

© Manel Aljama (maljama), noviembre de 2006