viernes, 22 de agosto de 2008

La boda de la niña



Entremés de un acto y tres escenas

Personajes:

ESPERANZA (la novia), FIDEL (el novio), HERMINIA (la madre de la novia), ILDEFONSO (el padrino), ROBERTO, ISABEL, LUISA, JUAN (invitados que son matrimonios amigos de la pareja que se casa)

En el salón de un restaurante donde se celebra un banquete de bodas.


ESCENA I


Entran los personajes ROBERTO, ISABEL, LUISA y JUAN y se sientan en la mesa en primer plano. Ellas se ajustan el vestido mientras toman asiento y ellos se estiran los pantalones para hacer lo mismo.

LUISA: Si es lo que lo que digo yo, no hay nada como casarse cuando toca.

ISABEL: Pues claro. Porque cuando no se tiene edad es una tontería y luego lo estás pagando toda la vida. ¡A ver!

ROBERTO: ¿Qué no existe el divorcio?

LUISA: (Por alusiones) Sí, pero cuando te divorcias es como si le cogieras manía a eso del matrimonio. Cuando encuentras una pareja ya le exiges mucho más.

JUAN: No será que las mujeres tenéis miedo, sois inseguras y le pedís al hombre algo que vosotras ya no sois capaces ni de dar ni de mantener.

ISABEL (Dirigiéndose a LUISA): Vaya con tu marido. ¡Cuánto sabe!

LUISA: No te creas. En casa se porta. Es que cuando sale...

JUAN: ¡Sí hombre! Como si fuera el perro.

LUISA: (Enérgica). ¡No nos salgamos de madre! Lo que decía yo... Que hay que casarse cuando se tiene edad

ISABEL: (interrumpe) Y medios. Porque no se tienen medios, ya me dirás...

ROBERTO: El trabajo, eso es importante.

ISABEL: Pues eso son los medios.

Se oye un ruido de fondo. Una multitud está aclamando al cortejo nupcial que irrumpe en el banquete.

ROBERTO: Callad ¡Llegan los novios!

Todos aclaman el consabido “Vivan los novios”.


ESCENA II


Aparecen ESPERANZA y FIDEL cogiditos de la mano. Ella viste un lujoso traje blanco con velo que le cubre el rostro. Él lleva un traje oscuro de corte moderno pero sin salirse de las líneas clásicas. Les siguen ILDEFONSO y HERMINIA que les hacen de padrinos. Avanzan con dificultad. Se sientan en la mesa que tenían preparada. El resto de los invitados, que estaban de pie, se sienta.

HERMINIA: Es una lástima que tu padre ya no esté con nosotros. Con lo que le hubiese gustado verte cómo te casas.

ILDEFONSO: Sí, una auténtica lástima. Con lo guapísimos que estáis los dos. Porque lo más grande en la vida es la boda y después el nacimiento de un hijo.

HERMINIA: Eso, eso, animarse que nos tenéis que dar muchos nietos (girándose hacia ILDEFONSO buscando la complicidad). Que ahora, por fin ya lo tenéis todo. Un buen trabajo, una casa en las afueras y casi pagada del todo. Pero se puede decir que ya es vuestra.

ILDEFONSO: Además no os casáis como esos niñatos, que a los cuatro días, en cuanto sienten llorar niños se asustan y se divorcian.

HERMINIA: Y los que lo abandonan todo en cuanto pierden su trabajo.

ILDEFONSO: Si es lo que digo yo. Que para casarse hay que tener edad. Si no, es como si te equivocaras para toda la vida.

HERMINIA: ¡Cuánta razón tienes Ildefonso! ¿Me permites que te tutee? Somos consuegros.

ILDEFONSO: Por supuesto. Sí, aunque existe el divorcio, no tiene gracia usarlo. Porque cuando te has equivocado la primera vez, no tiene arreglo. Hay que casarse con seriedad, con conocimiento de causa y con paciencia. Nada de precipitarse.

HERMINIA: (cambiando de tema) He traído el discurso.

ILDEFONSO: (levantándose) ¡Atención! ¡Atención! Antes de que lleguen los demás platos, leamos el discurso. Que así la comida sabe mejor


ESCENA III


HERMINIA saca un papel arrugado y se pone las gafas de leer.

HERMINIA: (se le salta una lágrima). Nunca creí que llegaría el día que podría ver a mi niña casada. Cumpliendo con los deberes más sagrados. Estoy muy orgullosa porque cuando yo no esté ella llevará el peso de una familia gracias a la educación que le dimos mi difunto marido, que Dios lo tenga en la Gloria, y yo misma. Dar gracias a Dios también porque tienen todo lo que es necesario, un marido que tiene un buen trabajo, una casita preciosa y ya pagada. Mi niña se ha casado. ¡Brindemos por la boda de mi niña! (alzando la copa)

ESPERANZA: (quitándose el velo) Gracias, gracias a todos por vuestra presencia. Por fin he podido cumplir el sueño de toda mi vida. Casarme por la iglesia, de blanco, y eso no todas lo pueden decir, pero sobre todo casarme con la tranquilidad de que tengo una vida por delante. Y porque además, ya tengo sesenta años, y ya era hora de casarse...


© Manel Aljama (maljama), Noviembre 2006 – Julio de 2007

martes, 19 de agosto de 2008

No sé quién soy

Mirando al techo, el hombre murmuraba o tal vez simplemente ensayaba lo que iba a decir. Quizá los pensamientos o tan sólo gestos se quedarían a medio camino y nunca se convertirían en sonido:
—“No sé como llegué a parar este sitio y ni siquiera sé quienes son toda esta gente que no para de hablar entre ellos y mirarme. Me obligan a levantarme cuando me apetece dormir y me obligan a meterme en la cama cuando no tengo sueño. Parece que todos están contra mí. Me dan miedo. Quiero escaparme pero me da miedo acercarme a la puerta. Apenas la abro salen todos en grupo y me fuerzan a entrar” —resonaba en su cerebro como potentes mazados de un viejo dios germánico. Mientras meditaba o simulaba pensar, una luz mortecina, atravesaba la cortina que tapaba la ventana de su pequeña habitación. La decoración a penas coincidía con los muebles, y en los estantes se amontonaban viejos o quizá nuevos libros de otros tiempos. Una serie de fotos en blanco y negro y con el marco lleno de polvo remataban el ambiente.
—“Pero son más que yo. Pueden conmigo. Me dan miedo. No puedo dormir desde que están aquí. Les engaño a veces, me hago el dormido. Y les gano. En eso les gano. Serán muchos más que yo pero les gano. Les engaño. Me dan miedo. Quiero que se vayan.
Pensar o fingir el pensamiento o puede que un gesto lejano de una rabia quizá apagada era el único eslabón que le indicaba que aún estaba vivo” —mientras se revolvía en su cama agitado por la ansiedad. Los martillazos se habían tornado ahora un anodino zumbido que sólo él podía escuchar.
—“Sé que quieren acabar conmigo. No me lo han dicho pero sé que quieren acabar conmigo. Tengo que ser más rápido que ellos. Pero siempre están vigilando. Si los veo vigilarme cuando me hago el dormido y les gano. Ellos no saben que me hago el dormido pero yo sí. Jé. Les gano.”

De repente se levantó de su lecho y entreabrió la puerta dejando una rendija del tamaño justo para atisbar los presentes en la otra sala. Allí, la gente pareció ignorar que la puerta de su habitación se había abierto. Aún así, una serie de miradas de soslayo se dirigieron en su dirección.
—¿Pero qué hacen ahora? Creo que hablan de mí pero no estoy seguro. Tengo que hacer algo. Me tengo que ir, tengo que escapar antes de que me maten. No sé como pero tengo que escapar antes de que me maten. Me haré el dormido —mientras cerró la puerta. Aunque no quiso se durmió. Tras un sueño ligero, nuestro hombre se despertó y con sigilo se desplazó hasta la puerta de la habitación. Su intención no era otra que intentar abandonar la casa. De repente el titubeo de los presentes se detuvo, un inoportuno jarrón hecho mil pedazos impidió la fuga. Los presentes se abalanzaron sobre su presa; unos le sujetaban los brazos, otros las piernas y algún que otro atrevido hizo un llave sobre su cuello.
—¡Me han descubierto! ¡Dejadme! ¡Dejadme! ¡No, la inyección no! ¡La inyección no! No quiero dormir. No quiero dormir. No quiero dormir... —la consciencia del hombre se apagaba poco a poco.

Se despertó cuando ya habían pasado los efectos del narcótico. Se incorporó esta vez con mucha calma y sigilo:
—“Ahora Parece que no hay nadie. ¡No! Están durmiendo. Yo no estoy durmiendo. Ellos sí. Se han dormido creyendo que yo estoy dormido. ¡Je! Siempre les engaño. Tengo que tratar de no hacer ruido. Así poco a poco. Ya está. Creo que se abre por aquí. Ajá esta vez no han puesto llave. Cerraré con cuidado. Bajaré despacito. Sólo es una planta. Voy a ir hasta el callejón de atrás. Está cerca. No me buscarán.” —Tras armarse de paciencia y a fuerza de perseverar consiguió recorrer el angosto y alargado corredor hasta la puerta última que da salida al exterior. Con suma perspicacia, no la cerró para no despertar a sus perseguidores.

—¡Abuelo!, ¡Abuelo! —llamaba una niña de unos diez años que vivía junto con su familia en un piso del callejón contiguo a la celda donde había estado preso nuestro hombre. Era casi el mediodía y le despertó.
—¿Quién eres? ¿Qué es un abuelo? ¿Por qué todos me llaman abuelo? Yo no soy abuelo. Yo no soy tuyo. ¡Déjame en paz! Tengo que escapar.
La niña, no hizo caso de lo que oyó, y, con los ojos abiertos como dos enormes almendras, decidió seguirle. En su persecución pasaron por delante de una tienda de electrodomésticos que exhibía una matriz de televisores de pantalla plana, sintonizados en un canal de noticias. Se detuvieron y el hombre creyó reconocerse en la imagen de la pantalla. La pequeña también le reconoció. El hombre no alcanzaba a descifrar lo que le parecía un rótulo seguido de números que visualizaba en los aparatos. Ella en cambio, sí que consiguió leer.
—Abuelo, abuelo, ¿qué es demencia senil?

© Manel Aljama (maljama), junio 2005

martes, 12 de agosto de 2008

Adiós, Granada , adiós

En una colina al atardecer, enfilando las Alpujarras; dos figuras contemplaban el valle que se extendía a sus pies. Soplaba un viento seco y cálido a pesar de que era el mes de enero. Los rayos del Sol de esa hora les caían como lanzas fatales que aumentaba aún más su cansancio. Reinaba el silencio. Una de las figuras empezó a gimotear. Giró su cabeza a izquierda y derecha. Rompió a llorar.
—No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre —le espetó la otra figura que hasta entonces había guardado silencio. Recibió un llanto de damisela por respuesta.
—¿Por qué te peleaste en Guadix contra tu padre? —continuaba hierática y serena la figura de estatura más baja.
—¿Por qué aceptaste la ayuda de esos repugnantes Abencerrajes?, ¿eh? —el acoso era implacable.
—Pero tú estabas de acuerdo —respondió entre sollozos.
—Mi casa, las casas de mis hijos, las casas de los hijos de mis hijos, ¿qué haré yo?
—Llorar.
—Mis joyas, las joyas de mis hijos, las joyas de los hijos de mis hijos, ¡ah!, ¿qué haré yo?
—Llorar...
—Mis caballos, los caballos de mis hijos, los caballos de los hijos de mis hijos, ¿qué haré yo?
—Pues...
—Mis ropajes, mis vestidos, los vestidos de mis hijos, los vestidos de los hijos de mis hijos.
—¡Llora de una puñetera vez!
—Los vestidos de mi mujer, los vestidos de sus sirvientas...
—¡Sigue, sigue, tú a lo tuyo! —algo contrariada.
—Las sirvientas...
—¡Pues venga, desahógate de una vez!...
—Mis hijos, los hijos de mis hijos, triste de mí ¿Habibi, qué faré-yo o qué serád de mi mibi?1
—¿Pero qué dices ahora? ¿Hablas ya como ellos? ¡Llora, chico, llora de una puñetera vez!
—¡Ah, basta ya, sólo me dices que llore!
Boabdil el chico volvió a mirar de soslayo su Granada. Aixa, su madre, envuelta en ropa vieja y polvorienta repitió el mismo gesto. Tras unos instantes, él siguió gimoteando, ella volvió con la letanía:
—Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre.
—¡Ay!, madre, perdóneme pero es que me está dando la brasa.
—Mira, la brasa me la has dado tú, maricón. ¡Mira que jugártelo todo en el Casino Granada!, ¡cabrón!, ¡tira para casa, mal hijo! Yo no te voy a tocar, pero tu mujer...
En la guantera del auto una barra de chocolate Sultana se derretía. El viejo y destartalado Renault 4 enfiló otra vez la carretera dejando un rastro de polvo mientras el Sol se ponía definitivamente.


© Manel Aljama (maljama) octubre 2006
(1) Traducción y adaptación de una Jarcha en mozárabe: ¿Amigo mío, que haré o que será de mí?

viernes, 1 de agosto de 2008

Esa ya no es mi tierra

La tierra y quizá el polvo yermo, que estaba tanto o más seco que sus bocas, abrasaba. Los labios, no parecían labios sino gajos de naranjas disecadas hacía ya mucho tiempo. Las barbas densas y pobladas, donde los pelos se espesaban con la arena, servían de protección contra viento frío en la madrugada del desierto. Descalzos, con los pies tan endurecidos que no necesitarían jamás unos zapatos. Y su piel, quemada, abrasada y tan oscura que quizá ya no les hiciese falta volver a tomar el Sol nunca más. Las dos figuras, tambaleándose, se sentaron junto a unos matorrales. El viento soplaba cada vez más. Puede que fueran los únicos supervivientes del grupo.
—¡Ya no puedo más! —suspiró Avelino.
—¡Venga, compadre, que seremos ricos! ¡Dos jornadas no más! —insistía, Fulgencio que parecía tener entusiasmo a pesar de estar tanto o más fatigado que su compinche.
Tras un breve silencio, observaron cómo el Sol descendía en el horizonte, casi a la misma velocidad que la temperatura. No sabían dónde se encontraban.
—¡Dónde me fueron a cagar! —volvió Avelino.
—Nos chingaron —dijo Fulgencio.
—Estamos tan muertos que el cuerpo nos pide tierra —replicó Avelino.
—Ni eso, que nos coman los buitres antes que esos pendejos de la migra —exclamó Fulgencio—, ¿Dónde debemos estar? —prosiguió aunque Avelino parecía que no escucharlo.
—Los bandidos te roban y te matan —dijo Avelino con rotundidad.
—Ésos sólo nos roban. La que te mata es la migra —corrigió Fulgencio.
—La migra no te mata. Te deja morir. Que mueras chingado del todo —respondió Avelino que parecía muy conocedor de las diferencias. Al poco volvió:
—Me chingaron al nacer, me chingaron al venir aquí y chingado moriré.
—No te duermas, que dormirse es entregarse a la muerte —Fulgencio como intentando animarle.
En sus pensamientos, así que se hacía oscuro tenían la conciencia de tener la espalda mojada, de haber nacido con la espalda mojada o quizá que dondequiera que iban eran extranjeros, aunque no hubiesen podido atravesar el Río Grande.

Unas semanas antes en una taberna de Zapotlán, en Jalisco, Fulgencio, un mesero con un sueldo tan escaso como su pelambrera platicaba con Avelino, de oficio, pobre.
—Todos somos pobres, todos somos emigrantes —sentenció como exhalando Avelino.
—Compadre que es lo mismo —replicó Fulgencio—, pobre o emigrante, ¿Qué más da si al final tienes las tripas vacías?
—No veo eso claro yo —Avelino muy pesimista y dubitativo.
—¡Compadre, que el plan es pan comido! Conozco un enganchador que nos lleve hasta Altar. Eso queda muy cerca de la frontera. Allí nos presentarán al pollero que por Sásabe o por Nogales nos ayude a pasar. ¿Qué más da morir de hambre aquí o en medio de ningún sitio?
—¿Y si nos chingan? Oí en el barbero que los yanquis están haciendo una pared en Nogales.
—¿Aún más chingados que yo por mi patrón y usted por el Cabildo?
Acabó la conversación y al final, en pocos días se pusieron en marcha junto con otros hombres y mujeres que venían de sitios como Chiapas, Veracruz, Puebla o Guatemala, camino de un futuro mejor. Soñaban con beber en fuentes de Coca Cola, contemplar rótulos de neón, viajar en un carro reluciente, tener una casa y volver algún día por la tierra que les vio nacer para escarmentar al Patrón. Su viaje fue largo, sin comida y con poca agua para beber. Fueron asaltados varias veces y las mujeres, violadas, en muchas más ocasiones. El último sitio techado en el que estuvieron fue, según les dijeron, justo al lado de la frontera. Una zahúrda maloliente con las ventanas tapiadas. En último de los asaltos de que fueron objeto, pudieron escapar gracias a que nada les quedaba ya que fuese de valor. Los bandidos se entretuvieron con las mujeres que habían sobrevivido.
—¡Así se muera su chingada madre! —gritaba Avelino mientras intentaba salir corriendo para refugiarse.
—¡No se queje compadre! Salvamos el pellejo porque nada llevamos con lo que mercar —sentenció Fulgencio.
Cuando por fin consiguieron parapetarse tras unas piedras se tranquilizaron al ver que los bandidos, muchos de ellos con uniforme, se volvían hacia el sur.
—Yo no quería venir. Pero ahora creo que estamos muy cerca. No tenemos ni un arma con la que defendernos No podemos fiarnos de nadie.
—Mejor no ir armado. Te matan sin avisar. Esperemos que el pollero que nos recomendaron, sea un pollero de palabra y no un bajador que nos entregue a la migra.
—¿Y si es un burrero y nos obliga a pasar piedra?
—Si es así, entonces la migra nos detendrá. Estamos bien chingados.
Se hacía de noche y el frío se intensificaba.
—¡No tenemos nada con lo que prender lumbre!
—Yo tengo los huesos tan enteleridos que soy purito dolor.
Se adormecieron más por hastío que por sueño. Un poco antes del amanecer, el martilleo del motor de un helicóptero y el foco que les cayó encima, les devolvió a la vida. Sin resuello intentaron correr sin saber bien en qué dirección.
—Hijo de la gran chingada, ya llamó a la migra —dijo Avelino que no distinguía nadie bueno de nadie malo.
—¡Me cago en su chingada madre, era un bajador, nos entregó a la migra! —intentó precisar Fulgencio.
El helicóptero siguió su trayecto probablemente en dirección norte y se perdió de vista. Por instinto, los dos esqueletos siguieron su rastro durante un tiempo imposible de medir con un reloj. Llegaron hasta una zona más pedregosa y buscaron refugio detrás de unos taludes. Se sumergieron en un sueño del color del atardecer de fuego o del Sol que lucia de un anaranjado rojizo. Por el color debieron pensar que ya estaban en el mismísimo infierno.
—¡Espabila que tienes que volver a tu tierra! —les despertó gritando en español, con acento extranjero un hombre con uniforme limpio y reluciente, desconocido para ellos. En las mangas de su guerrera lucía un escudo en el que destacaba el letrero de “Border Patrol” (Patrulla de Fronteras) o migra.
—Ésa ya no es mi tierra —respondió Avelino mirando al sur y con aire decepcionado.
—¿Y cuál es tu tierra? —le respondió la figura uniformada.
—No se compadre, yo soy así.
El agente le siguió hablando pero parecía que no le escuchaba. Buscó su mirada en vano pues parecía no ver. Tocó el cuerpo ya cadáver de Fulgencio como para cerciorarse que era inofensivo. Se dirigió a su camioneta de donde se bajó su ayudante. Entre los dos cargaron los dos despojos en la parte de atrás. Se encaminaron hacia el sur, justo delante de un cartel que indicaba “Nogales. Estados Unidos de México”. Allí había una patrulla del cabildo de Nogales Arrojaron los cuerpos tras lo que debía ser la línea divisoria entre el hambre y la vida.
—Esto, debe ser suyo —dijo de manera rutinaria e inexpresiva el de la migra.
—Déjalos ahí, tenemos tantos que ya no nos caben —respondió el del lado sur.

© Manel Aljama (maljama), noviembre de 2006