domingo, 28 de septiembre de 2008

Van como locos

El firme de la calzada está bastante húmedo tras el reciente chaparrón primaveral que ha bañado la calzada y todo el mobiliario urbano de la Plaza Victoria. Los comercios están abiertos hace ya bastante rato. Tan sólo se ha retrasado el bar Jami que suele abrir pasadas las doce de la mañana. Es, según su dueño, para permitir algo de negocio al bar de la competencia, para que se especialice en desayunos y no se queje luego cuando toda la parroquia acuda de forma habitual a la misa del Jami donde los tubos de cerveza cotizan como en bolsa, pero a la baja. Es el mejor marketing que Juan, el propietario, puede ofrecer frente a la deliciosa bollería fina de su rival.

El súbito chirrido de los neumáticos altera el rutinario desorden de la plaza. Un coche aparece por una de las esquinas con exceso de velocidad y de repente da una vuelta de campana. Así, el auto, una vez despatarrado prosigue su desplazamiento en medio de un molesto crujido metálico de un extremo al otro de la glorieta. El golpetazo del morro con un banco metálico pone fin a la danza. Un embellecedor de rueda sale rodando y va a dar contra el escalón de la panadería que está al otro extremo de la plaza. El tapón del depósito de gasolina va detrás en la misma dirección y acaba su recorrido girando sobre si mismo. Se hace el silencio.

Como respondiendo a una llamada telepática los curiosos y los ociosos –que son dos bandos en el sitio-, se empiezan a agolpar alrededor del automóvil accidentado.
—¡Mirad! ¡Parece que el conductor se ha golpeado contra el salpicadero! —dice uno de los congregados.
De fondo se escucha música “reguetón” que proviene del estéreo del coche.
—¡Mira está derramando gasolina! —dice otro de los asistentes cuando contempla el goteo que se va convirtiendo en un reguero.
—¡Está “colgao” por el cinturón! —añade un individuo regordete que tiene cara de haberse bebido algunos litros de cazalla y que fuma un puro.
—¡Dónde vas con eso! ¡No ves que llevas un puro! ¡Que vamos a explotar todos! —le espeta el primero, como si fuese ya el pastor del rebaño.
Un hilillo de sangre se desplaza desde la cabeza del conductor hasta mezclarse con el charco de gasolina del suelo. La multitud no se inmuta.

Dani, el solterón taciturno que estaba bebiendo el cubata número tres para olvidar la ruptura de su última pareja sale del bar y se acerca hasta el vehículo. Mira el coche con las ruedas hacia el cielo y al conductor sin señales aparentes de consciencia. El intenso olor a gasolinera lo impregna todo. Saca del bolsillo su teléfono móvil y empieza a recorrer el listín. Se detiene y extrae un cigarrillo de la cajetilla que lleva en el bolsillo superior de la camisa. Se lo pone en los labios. Del bolsillo derecho del pantalón saca el mechero. Lo enciende y con lenta precisión aproxima la llama al cigarrillo. Da una inicial e profunda calada. Prosigue la búsqueda de direcciones en el listín del celular.
—¡Menos mal que alguien va a llamar a una ambulancia! —exclama alguien
Dani da otra calada.
—¡Tendría que ser a la policía! —replica otro
La búsqueda se hace lenta, ahora Dani va poco a poco, y el bip bip de cada nueva ficha contrasta con el murmullo de la muchedumbre apelotonada ante el accidente.
—¡O, o a emergencias-urgencias o como se llame! —dice uno algo tartamudo que parece que ha oído algo en las noticias.
Da otra chupada a su cigarrillo y prosigue con el bip bip del celular.
La última calada. Saca la ya casi colilla de sus labios y se la mira. Se la vuelve a poner en la boca y prosigue su infructuosa búsqueda en el listín. Al llegar al final de la tercera vuelta se da por vencido. Se guarda el teléfono en el bolsillo de donde lo sacó. Se da media vuelta y se aleja de la muchedumbre expectante. Antes de girar la esquina se quita la colilla de los labios y la arroja con fuerza hacia atrás. Se oye una estruendosa explosión seguida de un sinfín de gritos y quejas de dolor. Impasible nuestro hombre sigue caminando. Se oye que alguien más mayor que estaba a resguardo en un balcón que dice:
—¡Si es que van como locos!

© Manel Aljama (maljama) julio 2008

viernes, 19 de septiembre de 2008

Derecho Legítimo

En la cocina del diminuto piso de setenta y ocho metros cuadrados útiles, según les vendieron, Paco y Maru discuten en torno a sendas tazas de café soluble y una única tostada untada con margarina de marca blanca. Son las ocho de la mañana. Paco está todavía en pijama y sin afeitar. Maru lleva el pelo sin arreglar.
—No sé porqué tengo que ir yo a la financiera, cariño. Si tú fuiste quien firmó la hipoteca.
—Ve tú, mi vida —le dice él—, el director quiere conocerte. Ah, recuerda que debes ir bien arreglada. Es para causar buena impresión.
—Pero si casi no tengo ropa —replica ella.
—¡No te preocupes tonta, que vosotras las mujeres con cuatro trapos estáis guapas igualmente!
—Eso, ¡trapos es lo que tengo!
—Mujer, ¿qué quieres que haga? Se llevaron la factoría al Kazajstán, que queda a tomar por culo de aquí.
—Sí pero podías haber conseguido otro trabajo ¿No? —se queja ella.
—Ya he buscado. Es que pedían muchos estudios. Pedían lo menos el bachillerato —se excusa él.
—¿Y tú no lo tienes? —interroga ella.
—No, sólo llegué hasta ESO —dice él bajando el tono.
—Dirás que te lo dieron para que te largases del "insti".
—¡Qué tiempos aquellos!
—¿Qué vamos a hacer ahora? —Maru vuelve a la carga.
—Y tú. ¿No habías hecho un módulo de peluquería? —contraataca Paco.
—Te mentí. Estuve haciendo sólo las prácticas y me echaron porque le quemé el cogote a la señora Górdez. Nunca te lo dije.
—Es igual. Ahora no vamos a hacer nada con eso —Paco le intenta consolar.
—Pero es que me da cosa.
—Mujer, te conviene salir. Hace meses que no podemos ir ni a coger el autobús.
—Lo sé. Pero es que sin ti es diferente.
—Mujer, es un hombre muy perfumado y bien vestido.
—Ay, Paco. ¡Que no! ¿Qué pasará?
—Insisto, Maru, el "señor" quiere verte.

Dos días antes había comenzado el drama. En el despacho de Financiera Struj, especialistas en refinanciación según rezaba en su letrero.
—Mire señor Martínez, don Francisco, con la cantidad de recibos que usted tiene pendientes de pago sólo me quedan dos alternativas: nos entrega las llaves y la escritura de su casa o, si lo prefiere, yo, modestamente estaría encantado de “conocer” a su esposa —le dijo melifluamente el financiero.
—¡No tiene derecho! Es ilegal —se quejó Paco.
—¿Por casualidad se leyó usted el contrato?
—Err., no. Yo sólo pude acabar “la ESO". El contrato no me atreví ni a olerlo.
—Pues lo pone bien clarito. Dice: "Si el prestatario incumpliese el pago de cuatro o más mensualidades, incurrirá en los supuestos previstos para resarcir al prestamista en el apartado B". ¡Ignorante! Le sigo leyendo: "El prestamista podrá, en cuanto existan los supuestos de incumplimiento, o falta de pago, ejecutar el derecho de pernada en el cónyuge o pareja de hecho del prestatario; y a la falta de éste, en la línea sucesoria en el descendiente del mismo o distinto sexo siempre que fuese mayor de edad". Es-to-es-el-de-re-cho-de-per-na-da, sr. Martínez. ¿Lo ha entendido?
—Pero yo no sabía esto... —Paco, a punto de sollozar porque no entendía nada.
—¿Su hija qué edad tiene?
Continuaba con los lamentos.
—No llore, sr. Martínez, si lo prefiere podemos ejecutar un seguro y así donará usted su cuerpo a la ciencia. Lo malo es que tendría que ser inmediatamente.
—Pero... ¿a mi familia le quedará algún tipo de paga?
—No. Usted no contrató el seguro de vida Premium. ¿Qué se ha creído?
Tras un silencio el hombre embutido en traje de buen paño volvió al ataque:
—Bueno, ¿se decide o no?

© Manuel Aljama, octubre de 2006 (revisado sept 2008)

lunes, 15 de septiembre de 2008

Él puede pero yo no

El y Yo © Manel Aljama Un Ford Mondeo de cinco años de antigüedad enfilaba la avenida principal pero en vez de seguir con su camino, Héctor, el conductor, dio un golpe de volante y giró a la derecha en la primera travesía.
—¿Pero qué haces? ¡Por ahí no es! —exclamó contrariada Mari Carmen su esposa que viajaba en el asiento de al lado y que le acompañaba. Él no respondió. Avanzó unos metros hasta detenerse a la altura de un centro polideportivo. En el patio exterior del recinto un armónico grupo de practicantes de judo ejecutaba las instrucciones que el maestro impartía. Sus trajes blancos contrastaban con el verde del césped haciendo un conjunto polícromo digno de ver. Con un frenazo brusco pero sin titubeos estacionó el auto en el primer hueco que encontró. Dejó el motor en marcha y se bajó. Se dirigió hacia el grupo y cuando estuvo enfrente de ellos y detrás de la verja, saludó marcialmente. Devolvieron el saludo.
—Si quieres algo, tienes que entrar. No vale quedarse al otro lado —dijo el maestro tras el saludo.
—¡Tío bueno! —exclamó una practicante amparada en el grupo. En el coche Mari Carmen se estaba empezando a poner nerviosa. Héctor repitió el saludo y tras volverles la espalda se volvió al automóvil.
—¡Claro! ¡A saludar a tus amigotes! ¡Siempre tienes que ser el protagonista! —imprecó Mari Carmen. El vehículo reemprendió la marcha. Héctor continuó sin responder a su compañera de viaje. Llegaron a su destino, un club de baile. Allí se dejaron llevar doblemente por el mambo y el pasodoble. Pero esa noche Mari Carmen se equivocaba con frecuencia y dijo:
—¡Hay!, Te estás equivocando —con la vista en los zapatos y sin mirar a Héctor
—Eres “tú” quien se equivoca —respondió Héctor, esta vez con seguridad y buscando a la profesora de baile que asintió con la cabeza.
—¡Siempre me haces equivocar! —Remató Mari Carmen contrariada—, No me dejas que me concentre.
La música prosiguió y tras la clase semanal los compañeros se reunieron como de costumbre en un bar de tapas. Allí la tensión alcanzó también a los amigos. Hubo varios tiras y aflojas y por fin Mari Carmen se salió con la suya. Le seguían la corriente porque pensaban que era cosa de la menopausia, aunque hacía muchos años que se comportaba así. Prácticamente desde que la conocían. A las doce de la noche, como en un viejo cuento y tras el cruce de miradas de algunos de los asistentes, se dio por concluida la velada.

Mari Carmen estaba irritada y no sabía cómo hacérselo saber a Héctor aunque puede que él ya lo sospechara. Ella estaba ya convencida que no había servido de nada apuntarlo a clases de baile de salón. Ni siquiera eso le había hecho cambiar. Él seguía practicando ese vicio de pintar cuadros al óleo. Y claro, además lo del saludo a los del yudo por la tarde. A pesar de que había dejado de ir a hacer judo, seguía viéndose con sus amigos y lo que era peor, encima tenía éxito con las chicas que había allí. Y ella era transparente para los hombres. Hasta en un chat que una vez probó tras un curso de informática en el centro cívico del barrio se quedó sola cuando confesó que tenía más de cincuenta y cinco años. Se atormentaba pensando que su marido nunca había dejado de ser un viejo verde, pero de los peores. Sus amigas no paraban de decirle, “Qué bien se conserva tu marido” o “Qué guapo está tu marido” o lo que era peor, “Tu marido está para que te haga un favor, ¿no lo compartes?”, “Yo posaría para tu marido, ¿no le falta una modelo?”. Sentía rabia de que él siempre fuese el protagonista en todo y ella una simple esposa que no recibía más que reproches y críticas por parte de todos. Con lo que ella se preocupaba por su hijo de treinta años que acabó abandonando la casa diciendo que no volvería más y que estaba harto de que le rallaran tanto. Y su hija, siempre hacía caso a su padre al que daba la razón. Ya en casa, a la vuelta del baile, Héctor y Mari Carmen contrastaban sus puntos de vista:
—¡Nunca me has ayudado en nada de la casa! ¡Yo siempre he cambiado los pañales a los niños! —dijo ella.
—¡Sí, con un cigarrillo en la boca! —respondió él con frialdad.
—¡Nunca me has apoyado en nada! —se quejó Mari Carmen.
—Porque estabas equivocada. No voy a estar siempre de acuerdo con todo lo que haces dices o piensas.
—¡Nunca has compartido tus cosas conmigo! —volvió al ataque ella.
—¿No? Fuiste tú quien se borró del yudo. Nunca has apreciado ninguno de los cuadros que pinto —se defendió con serenidad él. Ahora era ella la que guardaba silencio. Él prosiguió con un tono pausado y equilibrado digno del mejor equilibrio entre el yin y el yang:
—No has tenido constancia, te borraste tú y luego me obligaste a que me borrase yo para que no pudiera destacar. Pero ya era muy tarde, ya que me saqué el cinturón negro con mi propio esfuerzo, disciplina y tesón. Te has pasado la vida intentando cambiarme cuando la que tenía que cambiar eras tú. Has estado machacando los niños hasta que se han ido de casa aburridos.
—Eso, dales encima la razón. ¡Son cuervos! ¡Unos desagradecidos! —dijo contrariada Mari Carmen.
—Pero ¿en qué cabeza crees que cabe que a un hombre, Mari Carmen, un hombre de treinta años, tienes que llamarlo veinte veces para que venga a cenar? ¡Ya vendrá cuando quiera! ¿Acaso tenía que darte la razón cuando los castigabas sin motivo? —dijo Héctor sin llegar a chillar pero elevando un punto su tono de voz. Se hizo un silencio en la refriega y hubo algunos cruces de miradas. La cosa podía empeorar. Héctor volvió al ataque:
—¿Y cuando ponías cosas en mi boca que no había dicho? ¿Cuándo me llamaste para que dejara de trabajar y arreglara tu metedura de pata? No me dejabas opción. Y encima me culpabas a mí. ¿Sabéis lo que os pasa a las mujeres? —Mari Carmen parecía no mirar—, que la libertad os viene grande. Que no queréis asumir el riesgo de decidir y equivocarse. Sí equivocarse. Nosotros los hombres nos equivocamos muchas veces, pero lo admitimos. ¡Sí lo admitimos y no pasa nada! Ah, pero vosotras, vosotras preferís cargar el muerto a alguien, como es tan fácil.
—Ya, pero tú no me apoyas —respondió ella como si nada de lo dicho por Héctor fuese importante o serio.
—¿Y perdonar? Yo nunca he sacado trapos sucios de algo que había perdonado. Pero tú cada vez que te enfadas, te encuentras de mal humor, te duele la cabeza o yo que sé, me sacas cosas de hace más de veinte años. Ya no vale. Las niñas consentidas, a su casa. Las mujeres no sabéis perdonar. No habéis perdonado nunca. Lo veo cada día en mi despacho. Todas las clientas que se divorcian no se conforman con la vivienda, la custodia del hijo y una paga. ¡No!, quieren ver a su ex marido en la miseria. En vez de preocuparse por rehacer la vida o empezar de nuevo no, quieren asistir al sufrimiento de su ex —replicó esta vez un poco más alterado Héctor. Volvió un silencio muy breve.
—A ti lo que te pasa que quieres una mujer en la cocina —dijo ella sin mucha convicción—, siempre has vuelto tarde del trabajo. Antes de venir a casa pasabas por el bar y venías a las tantas.
—Yo llegaba tarde pero tú siempre estabas en casa. ¿Quién te manda estar tanto en casa? Pasas demasiado tiempo en casa desde que perdiste tu empleo. Además, ¿Tengo que pedir permiso a alguien cuando me paso diez horas en el bufete y al salir me apetece tomar algo? ¿Has venido alguna vez tú a buscarme para que fuésemos a otro sitio? ¡No! ¡No aquí en casa y con cara de pocos amigos! Te preguntaba qué te pasaba y no respondías —dijo Héctor otra vez con tono tranquilo.
—¡Tú me engañas! —cortó ella ya casi sin argumentos.
—¡Mírate tú en el espejo! ¿Qué culpa tengo yo de trabajar cara al público? ¿Qué culpa tengo yo de tener que ser simpático con los clientes? Con los que pagan. Yo me cuido, hago de deporte, tengo actividades. Tú ni siquiera lees. No haces más que ver el mismo cine, que a mi no me gusta desde hace años. ¡No me gustaba cuando éramos novios! Iba por que no te enfadases —respiró y continuó con más dureza que firmeza—, Cuando te he llamado desde el trabajo para salir me has dicho que no, que te dolía la cabeza. Siempre todos hemos tenido que ir detrás de ti, “¿Qué le pasa a Mari Carmen?”. Siempre haciéndote la víctima. Pero ya se ha acabado.
Héctor fue hacia el mueble bar, abrió el frigorífico y se sirvió una cerveza. Con el vaso en la mano se volvió a su esposa que estaba sentada en el sofá con la mirada perdida, como muchas tardes la encontraba a la vuelta del trabajo.
—Que sepas que me voy a hacer esa prueba y que además me voy a inscribir en el ejército, en la reserva activa. Tengo hasta los cincuenta y ocho para hacerlo. Ahora no es como antes. Ahora te contratan como un sénior para que des clases, no para escurrir el bulto. Haré el psicotécnico y lo pasaré, me contratarán y dedicaré quince días a mi país. ¡Qué criminal que soy! —explicó Héctor mientras se iba al vestidor a cambiarse de ropa. Aprovechó que las habitaciones de la casa estaban vacías para irse a un dormitorio para él sólo. Se tendría que ir preparando después de todo lo que habían discutido.

Mari Carmen durmió vestida en el sofá. Cuando despertó, Héctor ya se había marchado a su despacho. Seguía convencida de que su marido la engañaba. No podía quitarse de su imaginación esa idea. Si no, no había otra razón.
—Me ha engañado. Me ha dicho que se iba a hacer el examen y ya lo tenía hecho el muy cerdo. Me engaña, Sí, él puede, pero yo no —dijo amargamente Mari Carmen. Cogió el bolso y sacó un sobre. De él extrajo una carta que decía:

Apreciado Sr. Campillo

Felicidades. Nos complace comunicarle mediante este escrito que el índice de fecundidad obtenido del análisis practicado en las muestras de su esperma es superior al 90%. Es un honor para esta Unidad de Fecundidad Objetiva (U.F.O.) invitarle a participar, como cualquier joven de entre veinticinco y treinta y cinco años en los programas de donación de esperma. Un caso como el suyo, es digno de constar en los anales médicos. Para cualquier duda tenga la amabilidad de ponerse en contacto por teléfono con esta unidad.

Reciba un cordial Saludo.


© Manel Aljama (maljama) agosto 2007

viernes, 12 de septiembre de 2008

¿Y usted quién es?

© Manel Aljama 2008Florencio se ajustó su mejor corbata y repasó ante el espejo su aspecto general. Recogió del escritorio el fruto de muchos meses de trabajo y la causa de una dieta espartana, su manuscrito de doscientos cincuenta folios. Tras muchos esfuerzos y después de untar a su agente literario consiguió que una editorial le recibiera. Estaba ya harto de que no le hiciesen caso o de que le devolviesen el material con una nota lacónica agradeciéndole su perseverancia. Hoy estaba citado nada menos que la casa matriz de todas las editoriales de la región, Grupo Editorial Plometa. Bajó las escaleras y tomó un taxi. Un día así merecía tirar la casa por la ventana. Al fin y al cabo iban a editar su libro.

Llegó con puntualidad a las suntuosas oficinas aunque le hicieron esperar más de tres horas sobre el horario previsto. Por fin, le iban a recibir. Salió un joven de no más de veinte años con pinta de no haber leído un solo libro en toda su vida. Su perfume llegó un minuto antes que él.
—Me llamo Adolfo Huero, pero puedes llamarme Fito —le extendió la mano de forma displicente y la recogió cuando Florencio la iba a estrechar—, Siéntate, dime ¿qué me traes?
Adolfo se sintió un poco cohibido con el perfil de sujeto. No esperaba alguien tan joven y con una pinta tan inexperta al frente del departamento de edición de clásicos literarios. Le llamó la atención la cantidad de diplomas y certificados de estudios todos ellos en inglés. Se fijó en uno en concreto que decía, “Est Apha Humanitas University”, aunque no alcanzó a comprender de qué título se trataba ya que sólo se podía distinguir las letras góticas y en relieve. También le extrañó que en la estancia no hubiese un solo libro. Florencio depositó encima de la mesa su obra. Adolfo puso cara de sorprendido. Abrió el mamotreto y comenzó a ojear los folios sin ton ni son.
—Oye, aquí hay muchas letras. ¿De qué se trata? —dijo el jovenzuelo.
—Cómo, ¿No ha podido ver el resumen? Mi agente se lo mandó —intentó explicar Florencio.
—Yo leerme un libro. Si no leo ni un email. ¡Cómo quieres que me lea un libro!
—Esto, ¿es una editorial? —preguntó Florencio con un poco de zozobra—, y usted, ¿Es el editor?
—Sí, ¿qué pasa? A ver, clarito, ¿de qué va este puto libro? —volvió a preguntar el editor.
—Pues se trata de una novela de aventuras moderna —empezó a hablar Florencio mientras que Adolfo observaba con los ojos atónitos—. He querido recrear el espíritu de aventura, de búsqueda de nuevos horizontes, del valor del trabajo, del esfuerzo y la superación. —concluyó Florencio.
—Pero, ¿aquí no se habla nada de sectas, manuscritos o códigos secretos?
—Pues, la verdad es que no
—¡Pues vaya mierda que me has traído! Te voy a decir lo que tienes que escribir —dijo Fito mientras que abrió el cajón de su escritorio y extrajo una nota escrita a máquina y bastante sobada.
—Usted me escribe —ya no le tuteaba—, una novela de esas ambientada del Barroco, los siglos XII, no mejor el XIII —Florencio le iba a interrumpir pero empezó a divertirse con los conocimientos del sujeto—. Me escribe de un monje que descubre un papiro que compromete la iglesia, el que sea, lo asesinan y ese papel pasa de mano en mano hasta que llega el profesor Donaldson, que es norteamericano, y que con la ayuda a una bella joven investigadora, descendiente del monje, solucionan el tema.
—No siga —Florencio también empezó a distanciarse—, eso ya está escrito, empezó con “El nombre de la Rosa” de Humberto Eco, y además —iba a continuar para aclarar el tema de los siglos cuando Fito le interrumpió.
—Oiga, “El nombre de la Rosa” es una “peli”, que la visto yo. A ver si me va usted a enseñar ahora. Los libros salen de las "pelis" y no al revés. Que yo soy el que más sabe de literatura en esta casa. ¡Hombre!
—Permítame decirle que está usted equivocado. ¿De dónde ha salido, por ejemplo “Harry Potter”?
—“Pos” igual, “Jarri Poter” es una película que la tía esa ha copiado para hacer el libro. Eso vende —Florencio hizo un ademán para pedir la palabra—; no me interrumpa, ignorante, que yo tengo muchos masters de universidades americanas. Usted debería ver más a menudo la tele y así tendría más inspiración. Deje de leer, es un atraso y una pérdida de tiempo. Yo ni siquiera estudié. Mi papá contrató todos los títulos y aquí me ve, al frente de un departamento de edición. Si espera hacerse rico escribiendo un libro, déjelo, se lo aconsejo.
Se hizo un silencio. Florencio no sabía qué hacer. Si recoger el manuscrito y probar en otra editorial o tal vez, incluso con otro agente o directamente estamparle el cuaderno en los morros al imbécil que tenía delante y del que ya no soportaba la colonia o perfume que usaba.

Tras el breve silencio, Florencio, lanzó una pregunta:
—¿Qué hay que hacer para ganar el Premio Plometa?
Fito se echó a reír. Luego respondió.
—Usted si quiere ganar el Premio Plometa, primero tiene que ser mediático o famoso. Pruebe ir a decir algo a algún programa de televisión. Eso funciona. Desde hace mucho tiempo. No tiene que preocuparse por la escritura. Si no sabe escribir, tenemos un montón de becarios que se lo harán. Eso no es problema. ¿Me entiende?
—Y si quisiera que los matasen para que no me delaten, ¿también lo haría? —preguntó Florencio entre desconcertado e irritado.
—Nadie me ha preguntado eso, tendré que preguntar al jefe —luego recapacitó—, pero, pero ¿Y usted quién es?, ¡Usted no es nadie! ¡Usted no es famoso! ¡Salga de mi despacho que tengo mucho trabajo!
Cuando acabó de decir esas palabras Florencio ya había recogido su libro, pero iba con la cabeza alta con la esperanza que un individuo así no duraría mucho en ese sitio y que como los seres vivos, las empresas nacen, crecen y se dan el gran tortazo.

© Manel Aljama, maljama (Diciembre 2006 – agosto 2007)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Hasta que la muerte os una


Desde fuera el caserón impresionaba como si fuese un antiguo castillo mal conservado pero que había podido resistir en pie el paso del tiempo. La mansión tenía la cara norte acabada en una torre modernista con un alero ornamentado de cerámica tal vez azul oscuro o quizá negro. La base de la construcción era de piedra y estaba embellecida por una cenefa de azulejo verde claro o puede que turquesa. La ornamentación de la fachada tenía esgrafiados también verdes, aunque un poco desmembrados, haciendo juego con el estado general de la casa. La terraza que había delante de la torre estaba limitada por una balaustrada de hierro forjado también presente en la valla del jardín en forma parecida al “coup de fouet” francés, sucia y llena de polvo y telarañas. El interior estaba adornado por un conjunto de vidrieras decoradas de las que algunas daban al jardín trasero. Todo un lujo envuelto en selvas de telarañas y bancales de polvo.

Los empleados de la empresa de reformas se presentaron a eso de las diez y media de la mañana. La vivienda parecía otra tras el paso de una brigada de limpieza y desratización. La pareja de nuevos propietarios ya había hecho el traslado. Los cuadros que tenía la casa habían sido vendidos a un anticuario y los pocos muebles que quedaban ya reposaban en un contenedor cercano de Avenida Tibidabo. Habían sido sustituidos por cuadros naif de pintores callejeros y muebles de estilo japonés adquiridos en una tienda de muebles de lujo. Ya no olía a humedad y la luz se había apoderado de la estancia.
—Yo señora, no quitaría esta ducha. Me parece una obra de arte, es impresionante. Si me permite, yo puedo hacer un puente, conservar las baldosas originales, y usted igualmente tendrá su jacuzzi y de paso conserva este caño de bronce rematado en la ducha de oro para dar envidia a todas sus amigas —sugirió el contratista que habían buscado para remozar la finca.
—¿Qué le pasa a la ducha? ¡Les ha contratado mi marido para que trabajen no para que piensen! ¡Hagan el favor de hacer la reforma como les ha ordenado o encargaré el trabajo a otros!

Todo venía de lejos. El día que Marcos y Clara en compañía del agente de la inmobiliaria flanquearon la puerta de la mansión modernista sintieron un escalofrío. A pesar de que el vendedor intentó hacer un recorrido histórico digno de un guía turístico, los compradores no estaban por la labor pues creían en sus propias ideas que además las consideraban infalibles. Estaban más que satisfechos de su flamante ascenso social y la casa la consideraban el mejor premio.
—Esta casa fue uno de los primeros trabajos del arquitecto Doménech i Montaner. A destacar en este aseo, el conjunto formado por la bañera de formas naturales, rematada por una ducha realizada en oro.
—¿Esto es un museo? ¡No se enrolle más por favor! Esta va a ser nuestra casa y este cuarto de baño lo voy a reformar entero. Es mío. Pago yo —respondió tajante Marcos.
—¿Tú crees? A mi no me parece tan feo —respondió como intentando apaciguar, Clara.
—Esta ducha es una obra de arte. Recuerde que es de... —intentaba argumentar el vendedor.
—¡Me importa un pimiento quien puso esta ducha! ¡Es fea y no me gusta! —dijo Marcos enrocándose.
—¡Tienes razón es vieja! Mejor quitarla; ¡me pone los pelos de punta! —Clara, como asustada y obedeciéndole.
—Bueno en ese caso —propuso el vendedor intentando suavizar la situación—, si ustedes desean reformar la mansión disponemos de una empresa especializada en conservación de patrimonio histórico-artístico.
—¡Que te estoy diciendo que no! La reformaré yo a mi antojo y la empresa ya la contrataré yo —sentenció Marcos muy puesto en su papel de señor y dueño de su casa, mirando a su mujer del mismo modo.

Marcos era un abogado de un banco en el que había desarrollado una carrera meteórica que ahora se culminaba en el traslado a la Ciudad Condal acompañado de su rubia esposa, que había estudiado Ciencias Empresariales. Gracias a su habilidad repasando cláusulas de contratos, el banco se había hecho con el edificio y él lo compró por un precio simbólico. De la noche a la mañana estaban viviendo en la zona alta de Barcelona en un palacete modernista con jardín rodeado de muro y verja. Y nada menos donde se había forjado la ancestral burguesía catalana.

Una vez acabada la labor de los albañiles, su capataz fue en busca de Clara para explicarle en detalle todas las tareas realizadas:
—Mire. Hemos instalado el jacuzzi y hemos respetado estos preciosos azulejos. Y... —el encargado de la reforma intentaba proseguir con su explicación.
—¿Han dejado la ducha? ¡Pues no cobrarán! —exclamó Clara entre contrariada y tajante.
—Mire, señora, perdone, con todos los respetos, Yo he puesto todos las azulejos que faltaban y también hemos instalado el jacuzzi tal como nos ordenó, y además he cambiado todas las conducciones. Piense en el día que se estropee el jacuzzi —mientras hablaba todo seguido, abrió la vetusta ducha de la que empezó a brotar agua—, esta ducha estará aquí y le será de utilidad.
—¿Pero que le ven ustedes a esta mierda de ducha? —bramó Clara ya totalmente enfadada y casi fuera de sí.
—De acuerdo, mire, verá... Sólo cobraremos los materiales y el jacuzzi —se disculpó el jefe de los albañiles.
—¡Váyanse! ¡Ya hablarán con mi marido para la factura! —gritó Clara.
Los empleados se largaron. Clara más contrariada que nunca fue hacia el trastero y rebuscó en la caja de herramientas hasta que pudo encontrar una llave inglesa. No sabía qué le sucedía, pero estaba llena de odio. Se dirigió hacia el aseo y empezó a golpear el dorado y vetusto caño. Los golpes apenas dejaban marca. Parecía que el viejo aparato estuviese hecho con titanio. Abandonó sus intenciones pues se sentía aún más estresada. Decidió refrescarse allí mismo en la ducha. Faltaba una hora para que volviese Marcos del trabajo. Abrió el jacuzzi pero el agua no salía con suficiente presión. Tuvo que abrir la añosa ducha.
—¡Maldita seas! ¡Con los golpes que te he dado y todavía funcionas! ¡Pero es que eres fea con ganas! ¡Vieja y fea! ¡Hija de...!—realmente parecía loca hablándole al aseo.
El viejo aparato producía un abundante, fuerte y agradable chorro de agua. Clara se lo miró. Observó con atención el fluir del agua. Sin pensarlo cerró los ojos y se dejó llevar por la fuerza con la que salía el agua de la antigua ducha.

A la mañana siguiente, los dos inspectores de homicidios adscritos al caso, no se aclaraban para poder dar una hipótesis coherente al suceso.
—Tendremos que esperar el resultado de las autopsias —afirmó secamente el inspector Canales, uno de los polis—, a simple vista los forenses no tienen ni idea.
—¿Crees que averiguaran algo? —respondió el otro.
—No sé, pero de todos modos hay que realizarlas. Es lo que ordena la Ley —afirmó sin dudar Canales.
—¿Pero has visto? La mujer tiene un golpe con hematoma en el occipital y estaba tumbada boca arriba. El hombre caído sobre ella pero con un golpe sangrante en la frente —exclamó como espantado el otro inspector.
—Sí, el mismo impacto que tiene ella.
—No puede ser. Y no parece hecho cono un objeto cortante sino con esto —mientras hacía fuerza para comprobar que la ducha estaba en su sitio y no se había movido.
—¿Qué diremos a la prensa? —preguntó Canales.
—No sé, pero esto da miedo. Habrá que inventar algo o van a venir parapsicólogos de esos. Porque el secreto del sumario no da para mucho.
—¿Quién dio el aviso? —inquirió Canales.
—La de la limpieza que llegó esta mañana. Ha identificado los cadáveres.
—Entonces, con toda seguridad murieron ayer por la tarde o quizá por la noche.
—Canales, tú siempre que te adelantas a los forenses aciertas.
—¡Dame un cigarro! Vamos a pensar algo antes que nos quedemos sin vacaciones.
—Vamos.
—No se tú, pero llevamos un carrerón. Primero la vieja loca que deja paralítico a su hijo y se lleva un enfermero por delante, luego el taxidermista que mata a su madre y ahora, dos muertos con objeto contundente que parece que sea la ducha. ¿Detenemos la ducha o el cuarto de baño entero? ¿Les ponemos un abogado de turno de oficio? ¡Nos van a enviar a pasaportes!
—Sí, por eso pondremos que es un caso más de violencia doméstica. El jefe se enfadará pero nosotros nos evitamos tener que pasar el test de alcoholemia.
—Vamos a tomar una caña a ver si se nos ocurre algo mejor. ¡Pedir un traslado a una ciudad más tranquila por ejemplo!
—Venga.
Abandonaron el lugar del crimen. La ducha, todavía goteaba sangre y el ambiente desprendía olor a agua clorada impregnada de humo de tabaco y sudor de patrullas urbanas.


© Manel Aljama (maljama) junio de 2005

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Andros The Boogie

Andros es propietario de un gimnasio culturista en un barrio cosmopolita de una populosa ciudad industrial. A sus cuarenta años se siente realizado en la vida. Buenos ingresos, salud inmejorable y además todavía continúa soltero. Todos los amigos que habían salido de juerga con él en tiempos mozos están ya calvos y fondones, e incluso algunos han recibido sepultura por causa de algún accidente automovilístico o tal verz por un “mal viaje”. En su día fue el rey de las disco cuando entonces se hacían llamar “discoteques”. Acudía emperifollado con sus estrechas camisas de cuello amplio y pantalones pata elefante de color blanco o beige que eran rematados con botines de color caramelo y talón alto. Todavía conserva su mata de pelo, el enorme casco lleno de rizos al estilo afro del que ahora se mofan en algún anuncio de televisión. Nunca se lo cortó salvo cuando tuvo que acudir al ejército.

Ahora está contento porque la moda de su juventud ha vuelto y según él —“para quedarse para siempre”. La moda de los setenta vuelve. Cuando dice esto en su mente siempre suena un tema inolvidable de KC and Sunshine Band del cual se sabe de memoria desde los pasos hasta la letra en inglés:
Oh, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, ah huh, ah huh, That's the way, ah huh, ah huh, I like it, ah huh, ah huh…
Es sábado por la tarde y son más o menos las ocho cuando Andros se está arreglando para salir. Frente al espejo en calzoncillos de estampado tigre, ajustados y de lycra mueve los pies al ritmo de funk. Con los pies enfundados en calcetines-media de ejecutivo se acaba de poner su eterna camisa negra de amplias solapas mientras pasa su mano por su espesa bola de cabello ensortijado Alza la mano derecha apuntando con el dedo índice hacia el techo mientras de soslayo comprueba el olor que el desodorante ha dejado en su axila. A continuación hace un gesto de flexión con las caderas mientras se pone de perfil para comprobar la prominencia de su paquete. Se toca descaradamente los genitales sin bajar la mano que señala al cielo. Da otra vuelta y pone en marcha su equipo de música. Este aparato aún tiene lector de cassettes. Comienza a sonar machaconamente un tema de Hot Chocolate.

Al ritmo de Sexy Thing nuestro héroe repite la canción mientras baila ante el espejo con pasos de bailarín profesional: de espaldas al reflejo, flexionando alternativamente al ritmo de dos por cuatro ambas rodillas y hombros, mientras tiene los brazos pegados al cuerpo pero ligeramente separados y con las palmas hacia abajo acompañan, moviendo las manos mientras chapurrea en inglés.
I believe in miracles Where you from You sexy thing I believe in miracles Since you came along You sexy thing.
Poco a poco va levantando los brazos paralelos al suelo y bajándolos al mismo ritmo de dos por cuatro mientras sigue flexionando levemente las rodillas. Retrocede el pie derecho y apoyándose sobre él gira de izquierda a derecha quedando enfrente del espejo subiendo el brazo derecho pegado al cuerpo hasta la altura de la barbilla y apuntándose con el índice en el espejo flexionando ligeramente la misma mano. Sin dejar de flexionar ambas rodillas vuelve las palmas hacia el corazón y las extiende hacia fuera. Una mano va a la cintura y se coloca en jarra y la otra se queda perpendicular al suelo moviendo de arriba hacia abajo señalando con el índice el techo. Flexiona la pierna derecha mientras avanza la izquierda, repite el movimiento flexionando la izquierda para avanzar la derecha. Repite otra vez estos pasos hacia atrás y vuelve a empezar hacia adelante mientras hace el molinillo con los brazos a la altura del plexo solar. Sin perder baza y haciendo servir el cepillo de pelo como micrófono continúa cantando él mismo:
How did ya' know I needed you so badly. How did ya' know I gave my heart gladly. Yesterday I was one of a lonely people. Now you're lying next to me. Making love to me.
Ha interrumpido la ortodoxia de la coreografía y sin dejar de bailar se ha puesto sus pantalones blancos de “pata elefante”. Se fija en la luz y de pronto ve que es el foco de la disco. Está en el escenario de una auténtica discoteque de los setenta, con su bola gigante de espejitos multicolor y luces al compás. Recibe unos flashes y mira al diskjockey que le señala que es cierto todo lo que está viviendo. La disco está llena hasta los topes y todos le aclaman:
—¡Andros!, ¡Andros!, ¡Andros!, ¡Andros!
Y él repite con su inseparable cepillo micrófono:
Touch me baby. You sexy thing. You sexy thing.
El disk jokey ha hecho un cambio. Ha introducido September de Hearth Wind & Fire justo por el estribillo:
Hey hey hey Ba de ya - say do you remember Ba de ya - dancing in September Ba de ya - never was a cloudy day...
Se fija la luz cegadora del foco. Esta luz es cada vez más intensa pero en vez de molestarle, se siente atraído por ella y se dirige en pos de ella. Llega un momento que deja de oír la música, que súbitamente se va debilitando. También deja de ver que está en una disco. Llega un momento que todo está invadido por una luz blanca intensa pero fría, sin calor. Una luz que todo lo llena.

No lejos de allí unos médicos cirujanos, contemplan a Andros que reposa en la mesa de operaciones. Están discutiendo:
—Ya te dije que este tío nos engañó. Seguro que tomaba sustancias dopantes para tener músculos rápidamente y no nos lo dijo. Por eso se "ha quedado" en la anestesia.
—¿Seguro que no te has equivocado con la dosis? —dice el cirujano.
—No, puse la composición habitual a su peso y masa corporal.
—Pues este ya es cadáver, está en coma irreversible. ¡Fíjate! Y todo por alargarse la picha.

© Manel Aljama (maljama)