jueves, 18 de diciembre de 2008

Tobor el Robot

—No se mueve, no hace nada —dijo Tobor el robot a sus propietarios que también eran sus padres. Se había puesto triste al comprobar que el hijo que le habían regalado para jugar ni siquiera hablaba.
—Es mejor así —respondió su padre—, es para que no te lastime —añadió tras una breve pausa para tomar aire o para pensar qué podía decir.
Sus padres habían hecho lo imposible para que Tobor, su hijo adoptivo tuviese el mejor regalo de cumpleaños. El robot como todos los niños o robots de su edad había pedido todo lo que se anunciaba en televisión. Pero lo que más había reclamado y con mayor insistencia era tener un hermanito para jugar a ser papá.

Tobor fue creado en los laboratorios de ingeniería electrónica donde trabajan sus padres y propietarios. Ellos también necesitaban tener un niño como los otros y no podían. Lo programaron con un juego mínimo de instrucciones pero que le permitiese desarrollar su propia base de conocimiento, es decir que aprendiera por sí mismo. Tuvieron muy en cuenta que su aprendizaje fuese lo más parecido posible al de un ser humano. Así que cuando contaba un año de vida, Tobor ya prefería quedarse a ver la televisión en vez de ir a la escuela. Así, la criatura se aficionó a todas las teleseries que inundaban la televisión y poco a poco fue creando su propia personalidad no sin dejar de sorprender cada día a sus progenitores. El resto de su infancia transcurrió bien hasta que un día cuando debía tener ya unos seis años y en las fechas de navidad les dijo:
—¿Por qué tengo juguetes y no cosas de verdad como los demás niños? —preguntó Tobor, entre triste y compungido.
No supieron responder. Pensaron que si le decían la verdad de que él no era un niño como los demás sería capaz de deprimirse y ejecutar una serie de acciones imprevisibles. Tuvieron miedo. Mucho miedo. Su madre dijo:
—¡Hijo mío! Te vamos a dar un niño. Por navidad lo tendrás.
Él la miró con cara de asombro y de preocupación. Faltaban apenas dos meses para las fiestas. Preguntaron en el laboratorio y no sirvió para nada. Como la pregunta quedó sin respuesta sus padres siguieron preocupados ante la posibilidad de que la inteligencia del robot les desbordase. Pensaron mucho durante ese tiempo y decidieron ir a un centro comercial un sábado por la tarde para ver si podrían encontrar una solución. Al menos eso les decían en los anuncios de la tele.
—¿Estás seguro que esto es lo que él quiere? —preguntó una vez más el padre.
—Segurísima —dijo la madre—, sólo basta con decirle que es su hijo y ya está.
Llegó por fin el día de navidad. Tobor el robot volvió a sonreír. El regalo que le habían hecho sus padres colmaba por fin sus deseos al menos mientras abría la caja. Pero nada más ver el regalo Tobor dijo:
—No puede ser mi hijo. ¡Este hijo que me habéis traído lleva escrito “Playmobil” y yo no tengo esa marca!

© Manel Aljama (maljama), agosto 2008