miércoles, 16 de diciembre de 2009

Riesgo posible



El hombre miraba desde la ventanaza, escondido tras una difusa cortina, en compañía quizás de su única y última garrafa de agua desinfectada. Se sentía extraño, inquieto, pero sin miedo o tal vez no sabía qué era eso del temor. Refugiado en los mejores laboratorios nunca había sentido mayor pánico que el que se siente ante un posible error en los experimentos. De tanto en tanto miraba el envase. Sí, todavía estaba lleno. Todavía se podía beber antes de que fuese demasiado tarde. Apartó el trapo y se alzó con cuidado. Estaba en un segundo piso pero no quería correr mayores riesgos. Aquellos seres de tez más pálida y cetrina, vestidos con monos oscuros y que vagaban por la calle como autómatas sin rumbo, le intimidaban como nunca antes lo habían hecho. Lamentarse no serviría de nada También era tarde y no quedaba otra oportunidad para reparar el error. Tenía que haberlo previsto antes. Pero siempre fue poco exigente consigo mismo. Era consciente de que si le descubrían, sería su fin. Pero cada vez que miraba la garrafa sentía escalofríos. No sabía qué sucedería primero, si su captura o la consumición del líquido. Tenía aún una pequeña y exigua esperanza de no ser descubierto nunca. Eso facilitaría las cosas a la posteridad. Le daría un halo de misterio a la catástrofe. Nunca se sabría a ciencia cierta qué ocurrió. Poco a poco se fue alzando y ya tenía el rostro al descubierto, por encima del antepecho de la ventana. De repente uno de los caminantes reparó en su faz. Los ojos rasgados de aquel ser se encontraron con los suyos. Como un acto reflejo se agachó lo más rápido que pudo. Pero con tan mala fortuna que su pierna golpeó la vasija de manera fatal. El agua, no contaminada empezó a derramarse por el suelo. Se volcó sobre el charco y, de rodillas y apollado en sus manos, empezó a lamerlo. La madera absorbía el agua con más rapidez que su poco avezada lengua. Con esas gotas desperdiciadas se acaba la raza blanca. Maldecía que le hubiesen encargado exterminar a todos los asiáticos del planeta usando el agua de la bebida. Un error con el ADN indicado, pensaba, era un riesgo posible.

© Manel Aljama (octubre 2009)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El catecismo





El sitio era oscuro, incómodo y hacía mal olor. La decoración asustaba. El ambiente estaba muy cargado, prácticamente era irrespirable. El niño se resistía pero él permanecía impertérrito:
—He dicho que de rodillas.
—¡Hay! es que me hace daño y me duele...
—¡De rodillas!
Se hizo un silencio pero al poco volvió a insistir:
—¿Cómo te llamas?
—Miguel —respondió la criatura casi con un hilo de voz, sin fuerzas casi.
—¿Miguel qué? —le interrogó.
—Miguel Caracol, señor
—Caracol ¿eh? ¿Y sabes de dónde viene tu apellido?
—¡No señor!
—Viene de muy antiguo, de cuando las tierras de España estaban invadidas por los moros. Las familias pobres y sin tierras, que llevaban “la casa a cuestas”, ocupaban los terrenos que los musulmanes abandonaban en su huída. Como ves, no viene sólo de que tu familia sea pobre.
Miguel no había entendido casi nada de la disertación.
—Veamos —volvió al ataque—, ¡Habrás hecho cosas malas! ¡Cuéntamelas!
—Yo ¿cosas malas? no.
—¿Cómo que no? Si yo te contase lo que hizo tu abuelo en la guerra. Él ya no está pero tengo al pequeñajo y pagarás por él —dijo mientras le pellizcó la mejilla.
—¿Pagar señor? Si yo no tengo dinero. Me han obligado a confesarme y no sé lo que es. Yo no he hecho nada malo...
—¡Silencio! insolente niñato. ¿Cómo te atreves a replicarme?
—¡Hay! me hace daño —se quejó el pequeño mientras intentaba zafarse de la enorme mano que le asía por el hombro y le obligaba a mantenerse de rodillas.
El adulto zanjó la cuestión propinando un pescozón al chaval. El niño devolvió la mirada, con ira. Se encontró un demonio, con gafas de pasta gruesa y lentes de muchos aumentos que deformaban los ojos hasta hacerlos casi demoníacos. Un pelo entre negro y gris, esculpido a navaja de líneas rectas que más bien parecía estar pintado que vivo. Llevaba aquel agresor timorato un enorme vestido negro, a modo de tubo que le cubría de pies a cabeza, con una enorme bragueta de botones también oscuros. El pequeño sentía arcadas del nauseabundo tufo que desprendía su indumentaria.
Después de propinarle dos bofetadas y varios zarandeos el párroco miembro de la comisión "Dejad que los niños se acerquen a mí", se sintió satisfecho pues arrancó al muchacho una buena confesión. El pobre niño que nunca había mentido se vio obligado a reconocer que odiaba a su hermanita más pequeña y que envidiaba a los niños de familias pudientes del barrio. Sabía que mentía pues eso lo decía el catecismo que le habían dado aquellas señoras después de la escuela. Aceptó la penitencia que le impuso el cuervo con sotana antes de que le lloviesen más hostias. El muchacho deseó crecer y ser fuerte para poder algún día devolverle al miserable hombre de negro aquella paliza. No se salió con la suya. El párroco murió de un ataque de apoplejía en pleno sermón el día de las primeras elecciones democráticas de 1977.


© Manel Aljama (noviembre 2009)
Fuente ilustraciones internet
El relato contesta, complementa (espero) a El origen del rencor de Andrés Hernández

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Dale café, mucho café



Sus captores, ocultos detrás de gafas oscuras, presenciaron el abrazo hieráticos y en silencio. Cumplían órdenes. Luís le prometió que todo se aclararía, que lo soltarían si no existía ninguna denuncia en su contra.
—Federico, tú no has hecho nada malo —le decía mientras por dentro lamentaba que no hubiese hecho caso al embajador de México.
El coche negro se alejó con presteza de aquel sitio. En el trayecto hacia La Colonia, Federico, con mirada perdida y pensamientos asustados se repetía: "¡qué error! ¡qué inmenso error!".
A solas Luis pensaba: “¡Pobre Federico! ¡Ni Dios te salva!”
En un sucio y desordenado despacho del Gobierno Civil, José Valdés Guzmán, su ocupante, hablaba por teléfono:
—Ya lo tenemos. Ha sido fácil. Muy fácil. El pájaro se refugió en casa de Luis... ¡No hay problema Luís es de los nuestros!
—A sus órdenes. ¡Le daremos café, mucho café! ¡No esperaremos a que amanezca!
En el patio de La Colonia se hacinaban cientos de hombres. Unos dormitaban mientras los otros tenían los ojos abiertos de espanto. Se oyeron pasos de botas caladas que se acercaban. Era una cuadrilla.
—A ver, ¡que se incorporen! Dióscoro Galindo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas.
Nadie musitaba ni un silbido. Parecía que la respiración era un quejido. Había poca luz.
—¿Están todos? —preguntó la misma voz.
—Falta este —respondió el otro señalando al poeta.
Todavía no había empezado a clarear el día 19 de agosto de 1936. Abandonaron el lugar en el mismo vehículo, hacia el norte, hacia la Sierra de la Alfaguara. El Buick se detuvo en un descampado a las afueras de Granada. Les hicieron bajar. Sonaron los disparos de pistola con los olivos por testigo. La retama, el tomillo y el romero hicieron de mortaja a los cuerpos. Las azucenas no brillaron ese día y los petirrojos espantados no salieron con el sol dejando a los cuervos hacer de las suyas desde entonces. Ni brisa soplaba.
—Misión cumplida. ¡Pues estos, ni vizneros ni alfacareños! ¡Enterradlos bien!

© Manel Aljama (noviembre de 2009)
Ilustración: "La Brecha de Víznar", cuadro del pintor José Guerrero (1914-1991)


Este texto forma parte del homenaje que algunos blogeros de forma espontánea, hacemos al poeta asesinado en Granada en 1936. Invito a leer:
Fran Rueda con ¡Calla, que vienen!
Carmen R Signes (Monelle) con Me porté como quien soy, un gitano legítimo, cuando lo publique

viernes, 20 de noviembre de 2009

¿Y esas manchas?



Esperaron durante más de tres horas. La estancia estaba muy fría. Las paredes oscuras y espartanas tenían la pátina oscura que deja el paso del tiempo en los lugares públicos. El suelo era de tierra, las baldosas se habían gastado hacía mucho tiempo. Al matrimonio, a pesar de ser sus integrantes ya mayores, estaba habituado a las situaciones más duras y la demora en esas condiciones no le importaba demasiado. La cancela metálica se abrió por fin y el oficial, vestido de solemne uniforme gris y tocado con su gorra de plato a juego, se aproximó a los visitantes. Les hizo entrega de una bolsa de plástico negra, de esas que se hacían servir para la basura. Dentro había dos piezas de ropa, una camisa a rayas y un pantalón oscuro, quizás gris. Cuando tuvieron la camisa en sus manos vieron que estaba llena de salpicaduras que podían ser de sangre.
—¿Y esas manchas? —preguntó la madre del detenido dirigiéndose al policía.
No respondió y se giró como si nadie hubiese hablado. El marido le cogió el brazo y tiró de ella para que abandonasen el lugar. Quizá fuera podrían serle de más utilidad.

© Manel Aljama (abril 2009)
* Fuente fotografía internet, periódico Le Monde

jueves, 12 de noviembre de 2009

La Vasija



El día que Vasudeva, el primogénito del poderoso comerciante Kawasami, comunicó a su padre que quería ser un sramana para vivir de la caridad y encontrar el camino, causó una gran decepción en el seno de su enriquecida familia. Discutieron. Su padre consideraba aquello como una deshonra a su casta y posición. Pero nada ni nadie pudo impedir que se marchase en pos de la verdad. Se llevó de acompañante a Govinda, su fiel e inseparable amigo desde la infancia. Cada uno trajo consigo un pequeño atillo con los escasos enseres que un caminante podía llevar. Govinda se extrañó de que su amigo tuviese por equipaje una pequeña pero alargada vasija, quizá del tamaño de una botella como las que habían visto en las tabernas de los ingleses en Dehli. Pero no se atrevió a preguntarle por temor de que su amigo y a quien consideraba hermano mayor, se pudiese enojar.
Cuando ya habían transcurrido cerca de dos semanas desde su marcha, empezaron a atravesar una zona muy árida donde no había ríos ni arroyos y, apenas se podía localizar alguna fuente. Así los escasos manantiales registraban largas colas de sedientos, que una vez satisfecha su necesidad, se volvían a enganchar, como si temiesen que aquel hontanar fuese el último de la Tierra.
—Hermano —dijo Govinda—, ¿No nos vamos a detener para beber agua? Aunque puedo aguantar como sabes sin mucho alimento, no sucede lo mismo cuando se trata de tener sed.
—También la sed debe ser dominada, hermano. En el camino saciaremos nuestras necesidades —respondió Vasudeva.
Así prosiguieron su recorrido en precario y con gran dificultad. Llevaban ya sucedidas tres jornadas desde que pasaron junto a la última fuente. Hicieron un alto en su deambular para reponer con la respiración el alimento que no tenían.
Ya, recuperados, Govinda se decidió:
—Vasudeva, amigo, hermano, guía, ¿puedo humildemente hacer una pregunta sin que te incomodes?
—Por supuesto —respondió sin sorpresa Vasudeva.
—¿Por qué transportas contigo esa vasija vacía, si por aquí no hay ni ríos ni lagos y tampoco hay veneros donde llenarla?
—Govinda, amigo mío, nunca se sabe —respondía.
Reemprendieron la marcha y al poco, las nubes cubrieron todo el cielo. Empezó a soplar un viento más frío pero agradable en aquellos lugares. No pasó mucho más tiempo hasta que las primeras gotas de una fina lluvia empezaron a mojar el suelo. La precipitación empezó a ganar intensidad. En ese momento, Vasudeva extendió la vasija y la mantuvo sujeta hasta que se llenó. La ofreció a Govinda que sin preguntar se bebió todo el contenido. La mirada de Vasudeva evitó que éste pidiese disculpas. Ambos sabían que estaban muy sedientos. Repitieron varias veces el gesto de llenar y ofrecer la bebida hasta que no necesitaron más. Vasudeva guardó el recipiente lleno y se dirigió a Govinda:
—Hemos tenido suerte amigo mío, ha llovido. Pero dime, ¿esa suerte nos hubiese sido beneficiosa sin el recipiente que tanto despertó tu curiosidad y, me atrevo a decir, contrariedad? Hemos tenido suerte, sí, pero la suerte sin el conocimiento y sin la capacidad para gestionarla, no nos habría servido para nada.
—Gracias hermano. Hoy he aprendido mucho, y a partir de ahora cuando alguien en el camino nos hable de su buenaventura no envidiaré su suerte sino su capacidad.

© Manel Aljama (Noviembre 2009)
ilustración Buda y Medicina (fuente: Internet)

lunes, 2 de noviembre de 2009

Gloria et Honorem


Fuente Inernet Pirámide del sistema capitalista


Cuando Marcial Coronel subió a la tarima para pronunciar el discurso, un escalofrío recorrió su espinazo. Allí en el muelle, todos le aclamaban. Los carteles ensalzaban el heroísmo del laureado y valiente militar. Nada más tuvieron noticia de su retorno, las autoridades organizaron una gran recepción en su honor. Declararon tres días de fiesta local en aquella pequeña y provinciana capital portuaria del archipiélago. Improvisó el discurso. Le interrumpieron las ovaciones iniciadas por los jerarcas políticos que estaban cómodamente sentados, junto a los banqueros y capellanes, en la tribuna. Después de tres o cuatro torpes balbuceos y algunas divagaciones, "llenas de gracias", le impusieron unas cuantas medallas que junto a las otras, llegaron a formar un escudo protector en su pechera. Gracias al champán y a otras bebidas caras que empezaron a correr por las copas y vasos de los de la tribuna se iniciaron las animadas charlas que como casi siempre concluirían en nuevos negocios para los banqueros, suculentas prebendas para los mandatarios e impuestos para el resto de habitantes de aquella ciudad.
—No bebo alcohol —se dispensó el recién condecorado.
—Sí señor —respondió en voz alta un señor más gordo que alto, con ojos pequeños y de nariz chata y levantada que tenía ya las mejillas ardientes y sonrosadas—, nuestro ejército tiene que estar siempre "centinela alerta", y en las mejores condiciones —dicho esto alzó las dos copas y le dio la espalda para escabullirse entre la multitud a ofrecer bebida y a seguir dando palmaditas en los hombros.
—Es el alcalde —le dijo un señor enjuto, de tez entre pálida y cetrina que vestía un traje negro algo envejecido; tenía pinta de ser un funcionario.
—No tenía el gusto —respondió con cortesía el militar.
—Es también el banquero y uno de los principales prohombres en esta plaza —le ponía al corriente mientras Marcial escuchaba con atención—, aquí no se mueve un dedo sin su autorización. Ya sabe, es democracia, pero el pueblo ha querido que salga siempre él en las elecciones. Desde hace más de veinte años. Además, los otros candidatos siempre han acabado por pelearse entre ellos y renunciar a la contienda. Algunos, los más inteligentes, se han unido a sus filas. Para mí que este hombre tiene dotes de persuasión. No sé, qué opinará usted que está bregado en batallas. Yo creo que es la reencarnación del Mesías. Es una bendición tener un ciudadano tan honrado y limpio como él.
—¿Quiere usted decir?
—¡No lo ponga en duda! ¡Por Dios!
—¡Vamos hombre! ¡Yo dar discursos no sé! Como ve soy militar, bregado en batallas sí, pero también bregado en espionaje. Se ve de lejos que usted está elaborando un informe —el del traje color cuervo reaccionó y se echo para atrás—, a base de hacerme preguntas. Mire —mientras le agarraba el escaso hombro—, no me pienso quedar en este sitio. Nací aquí pero la vida ya no es lo que era. Ya no está la gente que compartió la primera infancia y mis ilusiones. Prefiero irme, a otro lugar donde no haya tantos cerdos traidores como ese banquero metido en política, ni tanto lacayo lameculos como usted. Sí, porque se ve de lejos que es usted el perfecto lameculos. No tiene usted pinta de ser mecánico y mucho menos un trabajador. Es quizá el perfecto empleado de banca o ese ser vil y despreciable que se parapeta en las ventanillas. Lo mío es la tropa. Prefiero antes partirme el pecho peleando con rinocerontes. Ustedes decaerán y se los comerán las hormigas en pocos años si no se matan entre sí antes, cuando la gente cansada de ustedes se largue de la isla.
Dio la espalda al fiel sirviente y se volvió para la nave. Nadie en el jolgorio de la fiesta notó su ausencia.

© Manel Aljama (Octubre 2009)

miércoles, 28 de octubre de 2009

POE 200


BIMS Folleto de actividades sobre POE


Se cumplen 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe y, aunque quizá esté todo dicho y, este modesto blog no pretenda competir con innovadores y sesudos estudiosos, sí que quiere invitar a una reflexión en torno al autor.

Quien quiera conocer a Poe (y a cualquier escritor), lo mejor que puede hacer es leerle. Nació el 18 de enero de 1809 y murió el 7 de octubre de 1849. Los que les gusta encasillarlo dicen que renovó la novela gótica y le hacen padre de los cuentos de terror psicológicos, de los relatos cortos (en los Estados Unidos). También se le considera precursor del relato detectivesco y de la ciencia ficción.

Sus textos han ido al cine, en especial el polifacético director y actor Roger Corman (el Tarantino de los 50), llevó muchos relatos de Poe a la gran pantalla. Y también a la Música, ¿quién no recuerda Alan Parsons con sus Historias de Misterio e Imaginación a primera mitad de los setenta (1976)?

Dejo un audio (reconstruido) sobre el excelente álbun de Alan Parsons:




Y un video (que espero que se mantenga mucho tiempo) sobre, como no, "El Cuervo" (The Raven) :





Así las Bibliotecas Municipales de Sabadell, han lanzado un serie de actividades con motivo de esta celebración en las fechas de "Todos los santos"/Halloween: lecturas teatralizadas de cuentos de Poe y de misterior en general, debates y exposiciones. Dejo aquí un folleto de la sesión a la que he tenido el gusto y el miedo de asistir:


BIMS Cartel de una sesión de cuentos


Herederos de Poe (en algunas de sus obras):
H.P. Lovecraft, Guy de Maupassant, Franz Kafka, Henry James, Jorge Luís Borges, Julio Cortázar... y hasta Jules Verne. También confesó admiración por Poe, Gustavo Adolfo Bécquer, Emilia Pardo Bazán y hasta Benito Pérez Galdós...

No quiero acabar este modestísimo homenaje sin reproducir un fragmento de "La caída de la Cassa Husher". Antes, en los institutos de secundaria se leía a Poe, Stevenson y otros...


Su voz variaba rápidamente de un trémula indecisión (cuando los espíritus vitales parecían del todo ausentes) a esa especie de enérgica concisión -a esa brusca, grave, pausada y ahuecada pronunciación-, a esa aplomada, equilibrada y perfectamente modulada pronunciación que se puede observar en los borrachos perdidos o en los incorregibles tomadores de opio, durante los períodos de su más intensa excitación.
de Edgar Alan Poe (La caída de la casa Usher)


Nada mejor que leer a Poe (sin gastar mucho o nada) para conocerlo: Project Gutenberg
Una clase magistral del autor, recopilada por Marta Abelló en su blog Los Manuscritos del Caos, donde podremos saber mucho de este autor:

Manel Aljama (octubre de 2009)

sábado, 17 de octubre de 2009

Là, à gauche



Se tocó el estómago nada más cerrar la puerta tras de sí. Últimamente encontraba las comidas de Brasserie Lipp un poco más pesadas de lo normal. Era obligatorio asistir. Podrían pensar que había tomado el camino de la disidencia. Ahora tenía que coger el metro y acercarse hasta la Place de la Concorde. "No es precisamente el sitio más discreto para citarse", pensó. Todavía pululaban en sus oídos las sirenas y los silbatos de la policía. Pero los latidos de su corazón, a mil revoluciones, y aquel suave tacto de la piel de Suzanne podían más. Mientras ellos, escondidos, se entregaron al jugueteo amoroso, sus correligionarios no dejaron un sólo adoquín sobre el asfalto. Por fortuna las cuatro viejas que habitaban aquel patio de vecinos estaban más pendientes de los enfrentamientos en el Boulevard de Montparnasse que de lo que dos jóvenes podían hacer o descubrir con sus cuerpos. Nadie les oyó. Con largos besos acallaron sus gemidos. "Quizá el riesgo o la novedad le excitaron entonces" —pensaba—, o "tal vez no le gusté lo suficiente" —se castigaba. Habían encontrado por casualidad aquella bocacalle y una de las puertas sin cerrar. No dudaron en perderse y dejar a otros la revolución. No se volvieron a ver. Él retomó sus actividades contestatarias que ahora eran un poco más clandestinas. Caminó despacio, casi sin ganas. En una pared todavía estaba la pintada que decía "Sous les pavés la plage" (bajo los adoquines, la playa), pero Gerard ya había comprobado que bajo los adoquines no había agua, tan sólo arena sucia. Y si descendía aún más, el único líquido era la suciedad de la alcantarilla. No podía quitarse de la cabeza el tacto de los senos de Suzanne, con sus manos aprisionados bajo el jersey. Ni tampoco sus labios carnosos y sonrosados, presa de la excitación. Al otro lado de la tapia, gritos, golpes y ulular de sirenas. Los jadeos del amor quedaban ahogados por la batalla. En una marquesina de anuncios, junto a la estación del metro se podía leer "Soyez réalistes, demandez l'impossible" (sed realistas, pedid lo imposible). Pensó que le volvería a pedir para salir. Aunque no se ponía al teléfono cuando la llamaba a su trabajo y tampoco estaba cuando la llamaba a la residencia de estudiantes que decía que dormía. De hecho, cuando indagó un poco más, supo que hacía mucho que pasaba por el dormitorio comunal.
Al llegar al lugar de la cita, en medio de turistas y gendarmes amables, recogió el paquete con las octavillas. Ciertamente era el lugar más seguro para este tipo de intercambios. Volvió a la mansarda que hacía las veces de résistance (resistencia) y comité de dirección. Tras el cierre La Sorbonne no tenían donde ir. En cuanto acabó el encargo se dirigió otra vez al Café de Flore.
—Ahí, a la izquierda —había dicho ella nada más localizar la portezuela que daba al patio interior. El callejón no era muy seguro. Él la siguió como un corderito y en su mente volvió a repetir la historia.
Y allí estaba él plantado y sólo metido en sus pensamientos y en el olvido. Removía con fuerza y monotonía la cucharilla mientras en la mano tenía un Gauloises encendido. Las volutas anidadas formaron la figura Suzanne. ¿La volvería a ver? —se preguntó—, mientras ponía la mirada en el infinito y se sumergía otra vez en los recuerdos.

© Là, à gauceh(ahí, a la izquierda). Manel Aljama (septiembre 2009)
Fuente de la fotografía internet, autor desconocido.
Si alguien me lo dice lo rectifico

domingo, 4 de octubre de 2009

La sopa



Basilio notó, a pesar del grueso pijama de franela, la penetración de la humedad y el frío que provenían del colchón. Aunque, el olor acre había llegado antes a su pituitaria, que a sus piernas el empapado de las sábanas que tapaban el jergón. A sus ochenta y siete años aún conservaba en aceptable buen estado la mayor parte de los sentidos. Le servia para sobrevivir en aquel sitio que apenas podía distinguir; si todavía seguía siendo un geriátrico, como rezaba en el letrero que leyó en el momento de su ingreso, o tal vez se había convertido en una prisión o lo que podía ser aún peor, un manicomio lleno de personal insensible que los trataban con la frialdad y el escrúpulo del que frecuenta a los apestados. Sintió pánico, angustia y terror. Quizá le enviarían como castigo al cuarto de los desahuciados que esperan la muerte, como un alivio o una salida a la acumulación de dolores e incontinencias. O tal vez le pondrían en manos de una cuidadora nueva con tan poca experiencia como vocación. O puede que como mal menor, entre la variedad y severidad de castigos, no le cambiarían las sábanas en un par de meses. También pensó que si antes de todo eso, pasase a mejor vida, no tendría que sufrir el insoportable tufo a ácido úrico proveniente de la orina seca de otro. Porque algo le decía que esos meados quizá no fuesen suyos. No, él controlaba bien su vejiga y sus esfínteres. Pero no estaba del todo seguro. A veces aceptar las culpas resultaba un poco duro y tal vez cruel.

Supo entonces, en ese momento de miedo y soledad, que no debía de haber discutido con la directora del centro durante la cena de aquella noche. Y menos por una sopa. Que era costumbre añadir agua a los restos de sopa de semanas anteriores era sabido por todos los residentes. Pero lo que Basilio no pudo o no supo aguantar fue el intenso e insoportable olor a cloro que desprendía el pretendido alimento con el que aderezaba la mayoría de las noches de los ancianos internos. La directora rondaba la cincuentena y sus rasgos de feminidad tal vez se habían marchado hacía ya mucho tiempo, quizás con alguno de los frecuentes vientos que azotaban la zona. Su voz destilaba una mezcla de bilis y odio adobados con gotas de desprecio hacia los habitantes de la institución.
—¡Esta sopa está aguada y además desabrida! ¡No hay quien se la trague! —había dicho Basilio, con firmeza pero sin pensar para nada las consecuencias posteriores.
—¡La sopa está buena y es la misma que se sirvió la semana pasada! ¡No se entretengan! Ya saben que si tenemos que pagar horas extras al personal se lo cobraremos a sus familias. ¡Las quejas en el libro de reclamaciones! —fue la gélida y dura respuesta que se apresuró a dar la gobernanta del asilo para evitar un conato de rebelión. Nadie volvió a pronunciar palabra y se reanudó la rutinaria música que amenizaba cada noche el acto; el repiqueteo rítmico de las cucharas contra la cerámica de los platos.

La peste a enmohecido se mezclaba con los olores añejos, agrios de sudoraciones, acres de mingitaciones incontroladas que emanaban de cualquier habitación y que como una niebla invisible envolvía el recinto. A pesar de las ingentes cantidades de lejía o acaso un desinfectante aún más fuerte que los empleados derramaban sobre los suelos no conseguían erradicar la hedor persistente. Basilio probablemente en poco tiempo se moriría de tristeza y sin llegar a saber a ciencia cierta que la directora, como castigo, había hecho derramar en su lecho una de las innumerables cuñas sanitarias llenas de orina.

© Manel Aljama (maljama) enero 2009

jueves, 24 de septiembre de 2009

Draculea (el hijo del dragón)

Fuente Internet y manipulada electrónicamente
El reo, entre estertores, se retorcía de intenso dolor. El príncipe en persona se le acercó lo más que pudo y como susurrando un grito le dijo:
—No es dolor, es Dios que entra y expulsa tu demonio, el demonio que te posee. Por eso te duele. Pero tu destino está ya en el infierno. Por eso antes de irte me beberé tu sangre. Para que no sirva de alimento en el infierno.
El infeliz se moría lentamente, empalado por una gruesa estaca, sin punta, de unos dos metros de altura que poco a poco se hundía en su abdomen aplastando las vísceras. Un clavo aseguraba que no se escapase del castigo y su muerte se viese acelerada. Era uno más, entre los miles de ejecutados, cuyos restos aún colgaban de los maderos en un lugar lleno de hedor a sangre coagulada y mezclada con la que aún estaba humeante. Manadas de perros y ratas se confundían con enjambres de moscas y con la multitud expectante y morbosa ante cada empalamiento. La palabra de Vlad era palabra de dios tanto para sus súbditos como para sus enemigos.
—No tienes escapatoria, yo soy Vlad Tepes, Príncipe de Valaquia, Draculea, el auténtico hijo del dragón. ¡Arrepiéntete de tus pecados!
—¡El hijo del demonio es lo que eres! —gritó con rabia una mujer de hábito gris y cabellera rubia que se escondía entre la multitud.
El príncipe, con precisión mecánica, dirigió una mirada a su fiel guardia moldava que rápidamente y gracias a los colaboradores entre la muchedumbre, prendieron a la joven. Se retorcía y maldecía a Vlad y a todos los santos. Los operarios prepararon otro madero y se pusieron a calentar un nuevo clavo.

© Manel Aljama (agosto 2009)

domingo, 13 de septiembre de 2009

Patearé tu tumba


La música se fundía con el humo de tabaco, el sudor y el aroma de aguardiente. Acabó el concierto. Después de sacar brillo a su vieja trompeta, la guardó en un desvencijado estuche, quizá de mayor solera que el instrumento. Denise tocaba en aquel "théâtre de chanson" que, nada más acabar la guerra, el público con ayuda de los soldados había reconvertido en un club de jazz al que rebautizaron como “Jazz Tabou”. Tenían intención de atraer a los que salían de cenar de "Les deux magots", en la plaza de Saint-Germain-des-Prés. Era un buen músico que había podido salir de la miseria gracias a su carisma. No tenía especial simpatía por las cancioncillas nacionales aunque los críticos musicales tampoco la tenían por él. Salió del local en compañía de Lou, el enorme saxofonista negro de su banda. El calor del local contrastaba con el frío de la calle de un mes de noviembre. El aliento se condesaba y formaba figuras que a la luz de las farolas parecían enjambres de fantasmas. A Denise todavía le costaba aceptar que Lou, pese a su corpulencia y a los esfuerzos que hacía al tocar, sudaba muy poco. Le chocaba ver la frente del soldado sin rocío corporal. Sentía amistad y rivalidad por el todavía muchacho a pesar de su experiencia bélica. Con el tiempo las conversaciones derivaron hacia temas existenciales. Le veía como un ser depresivo. Casi tanto como él. Lou había dicho en más de una ocasión, que al acabar la guerra le costó volver a su país y que le había cogido cariño a aquel antro. Pensaba estarse quizá un par de años más y luego retornaría a Nueva Orleans. Siempre decía lo mismo.
—Allí es donde se toca el mejor Jazz —contestaba Denise con cierto aire de envidia.
—Para tocar verdadero jazz sólo tienes que quedarte en París —respondía el negro.
—Te equivocas, para tocar verdadero jazz hay que ir al infierno —acaba siempre Denise.
Flotaba en el aire la idea de si París, o la parte de la ciudad que pisaban fuese distinta de la de las postales o que quizá se tratase realmente de una extensión del averno; ya que los críticos literarios masacraban a Denise. Caminaban por el bulevar de Saint-Germain. Al paso por una librería, Denise miró de soslayo el escaparate donde se exponía un ejemplar de “J’irai cracher sur vos tombes” escrito por un tal Vernon Sullivan. En cambio, Lou miró sin titubeos.
—¿Por qué cambias tanto de nombre? —preguntó el americano.
—Me apasiona tanto como el jazz o el hombre —respondió—. El hombre es una pasión inútil pero está condenado a ser libre... Yo sólo hice la traducción.
—¿De dónde sacas todas esas ideas? —preguntó el del saxo.
—Eso lo dice mi amigo Vernon, el que ha escrito ese libro...
—Eso lo dice mi amigo Vernon, que toca la trompeta y también se hace llamar Denise... —replicó— Pero... ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza?
—Mi amigo Jean Paul. Tienes que conocerlo. Un día te lo presento —contestó con naturalidad y quizá pensando en otro nombre, en otra personalidad.
Ya era tarde, casi las seis de la mañana y a la altura de la Gare d'Austerlitz se despidieron. Tenían las pensiones muy cerca de la estación, por si había que salir corriendo.
Al día siguiente en un cine de estreno, Lou buscaba a su amigo entre el público. Sabía que estaba allí pero no consiguió localizarlo. "Como todos son blancos tengo más dificultad" —se dijo—. Cuando acabó la película y se encendieron las luces se había formado un pequeño tumulto en la última fila. Se acercó lo más rápido que pudo y lo descubrió, a él, a Vernon, a Denise y quién sabe cuántos más. Estaban allá muertos con los ojos fijos en el vacío. Llevaba consigo unas gafas gruesas de concha y un cuaderno con unas notas que se leía "je voudrais pas rever", que seguramente había escrito en el metro. Las lágrimas saltaron de los ojos del saxofonista gigante que no sudaba. Balbuceó algo y nadie le escuchó. Algunos decían que el fallecido era un tal Boris pero no estaban seguros. Llegaron los camilleros acompañados de los gendarmes. Antes de que lo alzasen, Lou subió el tono de la voz y se hizo un silencio.
—Denise, para sobrevivir en un sitio como este hay que ser más que lobo, o como mínimo un lobo-hombre... Denise, te recordaré siempre como el maldito sátrapa francés con trompeta que padecía del corazón y nunca le importó cuánto le quedaba de vida. No te preocupes, amigo; ¡yo patearé tu tumba!,
¡maldito seas!, ¡me has dejado solo!


(c) Manel Aljama (septiembre 2009)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Trayectos Paralelos

© Manel Aljama Gare de Oriente (Lisboa)

El autobús lleva algo más de un minuto de retraso. Cada día igual. "No pasa nada", piensa, "así tendré otra ocasión". Justo en la parada siguiente sube ella. Siempre lleva consigo un libro de esos que llaman "best sellers". Contrasta con el que lleva él. Su mirada va del suyo al de ella, con disimulo y de soslayo la contempla. Ella aguarda pacientemente hasta encontrar acomodo en algún asiento libre entre las filas del fondo del vehículo, las que más sufren las sacudidas. Durante el trayecto, a esa hora de la mañana, cada pasajero que sube o baja tiene su propia historia de esfuerzo y de silencio forzado, quizá porque no se tiene nada que decir y a nadie dispuesto que le escuche. Nadie está por gusto y no se trata de un viaje turístico. Lo saben y hasta detestan esos alegres cartelitos cívicos enganchados en las ventanas y que tapan la visibilidad. Sus ojos vuelven a ella. No deja de observarla, y para disimular, desvía su atención del libro hacia la puerta que se abre en cada alto. Después, aprovecha el recorrido del pasajero hasta su asiento y así, de pasada contemplarla una vez más. Viste comedidamente informal, con ese aire de frescura y seriedad que la mayoría de las mujeres saben conseguir. No le quita el ojo de encima. Sigue leyendo. El autobús continúa con su recorrido. Se inventa mil historias sobre su vida, su pasado o su futuro. Casi todas ellas acaban en duda.

Él vuelve la mirada hacia su libro. Al menos parece que sigue leyendo o disimula. Se pregunta si es el único que finge leer. Piensa que para otra ocasión traerá un libro más interesante. Deja definitivamente de interesarse por la lectura. Ya toca bajarse. Piensa "un día de estos iré hasta el final, hasta donde se apee". Se apea y antes de entrar en la estación recoge unos cuantos periódicos gratuitos. El trayecto es corto, tan sólo tres estaciones. No da tiempo para abrir otra vez el libro. Ojea la prensa. Le parecen todos los periódicos idénticos y malos. En cuanto baje los tirará a la papelera. Hoy no traen nada interesante. Intenta ahorrarse ese esfuerzo y quiere dejarlos pillados entre un asiento y su respaldo. Caen por el hueco y desecha la idea. Mira por un instante el portaequipaje y finalmente los deja en la papelera metálica que ya tiene unos cuentos ejemplares del día. El altavoz anuncia su estación de destino. Se levanta y camina hacia la puerta. Será el primero, como siempre. No quiere saltarse una estación y perder luego casi una hora. Cuando baja, una mujer que va en le tren y que fingía leer, le observa con atención y se dice: "un día de estos me apearé y le seguiré".

© Manel Aljama (agosto 2009)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Te miro, de Balteu

Muchacha en la ventana de Dalí

Desde mi ventana que tan bien conoces,
desde aquel entonces continua abierta,
y cuando desde esta, el horizonte miro,
pensándote admiro lo bella que estabas,
cuando tú mirabas desde mi ventana…

Desde mi ventana en la que escribiste,
desde que te fuiste no dice lo mismo,
pues mi pesimismo se ha hecho patente,
al estar ausente y no poder verte,
maldigo mi suerte desde mi ventana…

Desde mi ventana eterna vigía,
mañana tan fría ya no la recuerdo,
siendo aún un lerdo en amores lejanos,
se va de mis manos este pensamiento,
del que no te miento desde mi ventana…

Desde mi ventana de cristal pulido,
quizás abatido por tu no presencia,
busco en la creencia de alguna quimera,
que aún pasajera pueda aquí traerte,
y así quererte desde mi ventana.

© Balteu, publicado anteriormente en Poesía en castellano

miércoles, 26 de agosto de 2009

¡No! ¡otra vez no!

de "One flew over the cuckoo's nest (1975)

Quiero imaginar una canción
Temblaba. No era la primera vez. Sabía cada detalle de lo que venía a continuación. Le introducían un objeto extraño en la boca y de repente, un destello, un interminable estallido que lo dejaba todo blanco. Una eternidad que parecía no tener fin. Un dolor que se repartía por toda la médula desde su cerebro hasta la punta de sus pies.
—¡No te quejes! ¡Es por tu bien! ¡Para sacarte esa manías que tienes! ¡Porque sabemos que eres rarillo! —escuchó una voz gruesa, como de fumador.
Para sus adentros él imaginaba o quería imaginar que estaba lejos de allí, que tarareaba una canción. Una melodía que le tranquilizaba y que paliaba la brillante intensidad del sufrimiento.
Doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo

Imagino una canción
No podía escuchar ya las últimas palabras del hombre de la bata blanca al que llamaban doctor. Su mente estaba lejos, muy lejos de allí, tal vez a mil kilómetros o más. Entonces Holly, un individuo flacucho y vestido de manera extravagante que viajaba haciendo autostop, corría buscando un refugio de las pedradas que le estaban lanzando los conductores que lo habían confundido con una mujer fácil y gratuita. Alguno de los cantos alcanzó en el blanco. En vez de dolor empezó a escuchar una canción.
Doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo
Otra descarga de luz cegadora llenó esta vez de oscuridad la sala. Tras el destello las voces que se oían lejanas no paraban de repetirse:
—Es por tu bien, Lou, ¡por tu bien, muchacho! ¡No puedes vestirte con las ropas de tu madre! ¡Eso está muy mal Lou!
Y se mezclaban con una melodía que le era familiar:
Doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo

Vivo la canción
Le socorrió Candy, la muchacha de moral ligera. Ya había probado la lluvia de piedras. Compartía su música y era una mujer vestida de mujer. Le escondió en su camioneta. Holly encontró allí ropas de hombre. Hizo un esfuerzo y se cambió.
—¡Déjate crecer la barba y no te pintes los labios, babe! Por estas tierras no perdonan los equívocos. ¡No quieren alegría ni mucho menos extravagancias! ¿No escuchas como una canción?
Doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo
Una tarde, a la salida del templo metodista, el psiquiatra del electroshock fue atropellado por un coche que tenía la radio encendida y a todo volumen. Sonaba una melodía muy pegadiza. En el auto iban Holly y Candy que se habían hecho pareja gracias a los guijarros. No les pudieron identificar así que siguieron su camino y vivieron felices.
Everybody had to pay and pay
Said, honey, take a walk on the wild side
Doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo, doo

© Manel Aljama (agosto 2009)

domingo, 23 de agosto de 2009

Dakar queda lejos

Fuente Internet © EFE

La alargada sombra del soldado del reino de Marruecos oscurecía aún más al grupo de fugitivos que pretendía pasar la frontera. El oficial los encañonó:
—¡Venga id tirando! —mientras les señalaba la vía de Argelia.
El reducido grupo sabía que se trataba de un campo de minas pero no había otro remedio. Salif quiso incorporarse pero se encontró con el frío del Kalashnikov en la nariz. No podían volver hacia atrás, unos al poblado saharaui de Tifariti, otros, a su Senegal de origen. Las deudas eran tan grandes como el peligro que corrían en caso de regresar. No eran más de quince hombres. Ni una cantimplora les habían dejado. Un soldado rellenó con orina el pequeño bidón que con mucho esfuerzo habían arrastrado hasta allí. Antes de taparlo escupió dentro y miró amenazante a los asustados emigrantes. El Norte estaba tan lejos... Y él lo protegía con todas sus fuerzas. Antes lo enterraría en la arena que dejarse coger y perderlo. Si lo descubrían era hombre muerto. Tenía el total convencimiento.
Si además averiguaban que Salif era además desertor del ejército de su majestad y simpatizante del Polisario lo hubiesen frito allí mismo. "Moros de mierda" se decía mientras contenía la bilis. Su única esperanza era sobrevivir a las minas y alcanzar la ciudad afín de Tindouf, en territorio argelino. Pero eso, según sus cálculos debía quedar lo menos a unos doscientos o trescientos kilómetros en dirección noroeste. El prolegómeno concluyó. Emprendieron la marcha. Decidieron ir en fila india. Echaron a suertes quien iba primero. Le tocó a él. "Moros de mierda" volvió a pensar. Le seguía un senegalés más negro que el carbón al que todos llamaban Sunday. Tres horas, tres horas, sólo disponían de tres horas y en ese tiempo y con aquel calor sólo podrían hacer poco más de veinte kilómetros.
Se esforzaba por mantener la calma. Por repasar algunas frases que seguramente había escuchado en la escuela lo poco que había ido ella. Creía saber más que rememorar que debía esperar lo inesperado, que muy pocas cosas podían aniquilarle y una de ellas era su propia debilidad, su propio miedo; en cambio la otra cosa que podía acabar con él, sería una simple mina, un explosivo que era de lejos muy superior a él. Tuvieron que beberse su propia orina para poder alargar más su vida.

Ante la avalancha de preguntas de los periodistas Salif sólo era capaz de mirar, de mirar a su alrededor con esos ojos caídos y tristes, hartos de sufrimiento. Entonces allí, volvió a pensar en la sabiduría y se acordó de un viejo proverbio que decía "quien no comprende una mirada tampoco es capaz de comprender una larga explicación" y se retiró al interior de su tienda. El trabajo estaba hecho, con la batería del móvil que había conseguido escamotear a los alauitas y que estaba ya en las últimas, consiguió hacer una llamada perdida a un puesto de la ONU. Tardaron varios días en localizarlos ya casi deshidratados. Por el camino habían muerto la mitad. Dakar quedaba lejos, muy lejos.

© Manel Aljama (julio 2009)

sábado, 15 de agosto de 2009

Las vocales presumidas de Pedro Lamart

Cuando yo era pequeño, solía hacer prácticas en mi cuaderno de caligrafía. Letra a letra y renglón a renglón, terminaba una plana o carilla y, sin descanso posible, comenzaba otra, y otra, y otra...
En una de estas ocasiones acabé una línea con las vocales y, cuando me disponía a escribir la segunda, sucedió algo que me dejó asombrado: las letras comenzaron a moverse y, una a una, fueron saltando del cuaderno a la mesa y correteaban sobre ella como una panda de niños sobre verde césped.

La primera en saltar era gordita y tenía un gracioso rabillo que arrastraba por la superficie de la mesa: era la “a”.
La segunda caminaba encorvada, como si su enorme cabeza pesara tanto, que su delicada espalda no pudiera con ella: fue la “e”.
Saltó la tercera. Elegante, delgada y con una cabecita que, sin tenerla pegada al cuerpo, la seguía a todas partes: se llamaba “i”.
La cuarta era redondita, rechoncha y sin rabillo. Rodaba sobre sí y saltaba con dificultad por razón de su peso: era la “o”.
Por fin saltó la última, con su pancita colgando, caminaba a saltitos sobre su rabo curvado: fue la “u”.

Como una riada corrían y gritaban entre piruetas, zancadillas y empujones; felices y libres, lejos de las rígidas líneas de los renglones, que las aprisionaban desde el principio de sus vidas. Con traviesa algarabía se reían y burlaban unas de otras y todas eran tan diferentes, que formaban un grupo muy pintoresco.

—Mirad, amigas, —decía la “a”— mirad ésta que se las da de letra de “postín”, ¡mirad la ”i”! ¿Habéis visto letra más finita y despistada, que ni la cabeza la tiene asentada?.
Todas rieron la gracia, menos la “i”, que enfadada le respondió a la “a”:
—Ríe, ríe cuanto quieras, que si de presumir se trata, muy entradita en carnes estás para ir a la “moda lineal”. Eres gordita y tu rabillo, que arrastras, siempre sucio está.
—Pues mira, no me quejo, —replicó ufana la “a”— que a carnes hay quien me gana y a sucia... ¡no te digo más!.
—¡Oye, tú; conmigo no te metas! —exclamó airada la “o” al verse señalada— que yo de gorda no tengo nada y de sucia menos. Me lavo por la mañana y cuando me acuesto. Lo que pasa es que la envidia no te deja ver, que soy hermosa y no gorda... ¡como la cabeza de la “e”!.

Conforme la discusión avanzaba, más confuso se hacía el griterío y mientras unas hacían muecas, otras aplaudían y, todas, participaban de aquel “juego” tan divertido.

—¡Ya salió mi cabeza!... —protestó resignada la “e”— ¡sí!, la tengo gorda, ¿y qué?, por algo soy la que más y mejor piensa y sé que cada una tiene su hechura que nos diferencia y da personalidad. Yo así quiero ser, ya que sería muy extraño que siendo de otra forma... me llamaran “e”.

Todas rieron con renovadas ganas y comenzaron a imitarse unas a otras con gestos tan exagerados, que resultaban verdaderamente cómicos. Parecían duendecillos fantásticos, a los que siempre tendría conmigo: me bastaría con escribir un nuevo renglón en mi cuaderno...

—Razón tienes, amiga “e”, —oí decir a la “i”— ¿acaso me llamarían “i” si tuviese la panza de la “u”, en vez de esta cabecita descolgada, aunque alguna vez me la olvide sobre la almohada?. Pero así y todo, yo no veo una letra de mi elegancia y de tener cabeza la prefiero pequeña, pues, aunque así la tengo... ¡también pienso!.
—Tú, algo pensarás, —habló la “u” con tono cansado— pero entiendes poco. ¿Acaso crees que la “e” habla de nuestra personalidad, para que pensemos cada una de nosotras que somos mejores que las demás?... ¡qué presumida y vanidosa! Lo importante no es tu delgadez, mi panza, o... la cabeza de la “e”; lo que importa es lo que somos y el servicio que hacemos, y ninguna sin consonante valemos mucho, ni somos feas o bonitas,... ¿te enteras de una vez?.

De repente, cuando la “i” se disponía a replicar, fastidiada por tan dura reprimenda; una ráfaga de viento hizo volar las letras de sobre mi mesa y, por más que busqué, no las volví a ver. Pero aquel hecho fantástico, sueño o realidad, me hizo comprender que cada cual es... como es. Con virtudes y defectos. Y que si la naturaleza nos hizo tan distintos e irrepetibles, somos todos, al menos, dignos de respeto.

© Pedro Lamart (Pedro Labella Martínez)
Publicado anteriormente en Las Vocales Presumidas.

viernes, 7 de agosto de 2009

¿Y para eso me llamaba?

Autor Arriaga, fuente: Internet Monjas cuidando enfermos

Estaba sumido en un tortuoso sueño en el que la respiración era casi un gesto digno de un héroe. Repetía una y otra vez las mismas imágenes, como si estuviese atrapado en un laberinto sin salida. El parte médico decía: "Cinco costillas rotas, clavícula derecha partida, probable fractura medular. Conmoción visceral. Rotura de ambas piernas. Pronóstico de extrema gravedad". Le había pasado por encima un vagón de tren de unas tres toneladas. Trabajaba, a pesar de no tener siquiera los catorce, como mozo de carga y descarga en la estación de mercancías. Seguramente ese día le habrían invitado los otros hombres a un poco de aguardiente, para combatir el duro invierno, y se debió adormecer sobre las vías. Se encontraba en una habitación para él sólo. No habían traído más que un poco de suero. El hospital no estaba para muchos dispendios en aquel tiempo. En la pared de color indefinido, sobre la cabecera de la cama, colgaba un sencillo crucifijo y un poco más abajo, casi encima de la escueta mesilla de noche, un calendario. Señalaba el mes de enero de 1947. En el suelo, una vieja jofaina de porcelana desportillada y una toalla hacían de baluarte ante las hormigas y las cucarachas. Por compañía estaba una monjita de no más de veinte años, de tez blanquinosa, y casi de buen ver, enfermera vocacional que parecía que había sido vecina del enfermo; eso debió ser antes de que su familia se deshiciese del todo, que al padre del muchacho lo encerrasen por estraperlista mientras su madre moría de parto y el resto de hermanos se dieron a la vida. La religiosa siempre había sentido un cierto aprecio por el chaval.
De pronto entre suspiros experimentó una mejora. La joven sabía, aunque no quería creerlo del todo, que tenía las horas contadas.
—¡Agua por favor! ¡Tengo sed!
Solícita mojó la toalla en la palangana y la acercó a la frente sudorosa del muchacho. Hizo un gesto por intentar sorber o beber el paño.
—No, no puedes beber agua, ¿ves? —le señaló el conducto del suero—, tienes esto. Calma —intentó tranquilizarlo y tranquilizarse ella.
—Cuando salga... —dijo con la respiración entrecortada y haciendo un gran esfuerzo contra las costillas que se le clavaban en los pulmones—, cuando salga te compraré un ramo de flores.
—Descansa —respondió mientras le pasaba el lienzo por el resto de su cara aún imberbe.
Hubo un instante de silencio. El chico tomaba fuerzas. La respiración se le hacía pesada y el corazón aún latía.
—¡Cuando salga nos casaremos! ¡Dejarás los hábitos! —dijo de golpe, casi a la carrera, como una última exhalación.
Ella contuvo las lágrimas aunque sus ojos estaban húmedos e irritados por la angustia que pasaba. Lo sabía. Sabía lo poco que podía hacer pero quiso tener un atisbo de fe. Pulsó el timbre. El joven cerró los ojos mientras se agitaba convulsamente. Nadie venía y ella salió al pasillo. Recorrió dos o tres pasadizos. Encontró al médico en el pabellón de infecciosos. El doctor, con faz lampiña, parecía que podía permitirse el lujo de afeitarse a diario, a pesar de las restricciones. Le suplicó que le acompañase. Recorrieron el camino a la inversa.
—Ya se ha ido —dijo conteniendo el llanto.
—¿Y para eso me llamaba? ¿No ve que se trataba de un pobre desgraciado que no habría llegado lejos? Es mejor que las cosas sean así. ¿No ve que estoy ocupado y tengo cosas más importantes? Ande, ande, váyase a ocuparse de otro moribundo, es en la quince. No se haga ilusiones le quedan unas horas de vida, rece por él.

(c) Manel Aljama (julio-agosto 2009)

martes, 28 de julio de 2009

Recomendados de vacaciones

Cala Montgó - fuente: Internet

Me voy de vacaciones. Suspendo por unos días subir escritos a este blog. No me voy sin recomendar lecturas, que a mi me han parecido óptimas para quien ame la literatura y también quiera ser escritor.

Todos los periódicos recomiendan libros para las vacaciones. La mayoría son novedades y "best sellers". Yo aquí rompo con esto y dejo mi lista personal.

Quien esté acostumbrado a la lectura fácil (Los Pilares de la Tierra), quizá se quede desconcertado, pero estoy convencido que no le defraudaré. Los pilares de la tierra, que por cierto está muy bien escrito, es el clásico libro que se lee quien nunca lee y que luego te persigue recomendándotelo. Por supuesto aquí no está "El código da Vinci". Cuando quiera "leer" un telefilme me lo "leo" en el aparato de televisión. Tomaduras de pelo con oraciones simples, sin ningún juego estilístico, sin figuras, no, por favor.

En este momento, sea en el autobús o en el tren me encuntro a todos con libros del finado Larsson. ¿Qué quieren que les diga? Es como leer el periódico pero con intriga y acción. Nada literario, nada de metáforas, nada de paradojas, antítesis o pleonasmos, nada que despierte en el lector la imaginación más allá de lo que está escrito.

Hace poco he leído "The big sleep" (El sueño eterno) en inglés y he podido disfrutar verdaderamente de esta magnífica obra. Su autor, Raymond Chandler, no era un profesional, era un agente de seguros que escribía a ratos. La obra está llena de imágenes y gestos que despiertan en todo momento la curiosidad del lector. Por ahí voy en mi selección.

De siempre
  • Mario Benedetti, La tregua (inolvidable)
  • Herman Hesse, Bajo las ruedas (alegato que se copió en el Club de los Poetas Muertos)
  • Juan Rulfo, Pedro Páramo (Vine a Comala... Mexico és así)
  • Vargas Llosa, Pantaleón y las Visitadoras (genial: para reír y para llorar)
  • Miguel de Cervantes, El ingenioso Hidalgo don Quijote de la mancha (imprescindible)
  • William Golding, El señor de las moscas (la bestia que llevamos dentro)
  • J.D. Salinger, El guardián entre el centeno (Muchos asesinos dicen haberla leído. Es para los que tengan hijos adolescentes...)
  • Tomasi Di Lampedusa, El Gatopardo (que todo cambie para que todo siga igual... Mejor que Maquiavelo)
  • Thomas Mann, Muerte en Venecia (un clásico de quívocos)
  • Juan Marsé, Ronda del Guinardó (si te gusta Zafón y no conoces a Marsé, no puedes perdonártelo)
  • Hans Ruesch, Iglús en la noche (mejor que los Dientes del Diablo)

Teatro
  • Federico Garcia Lorca, La casa de bernarda alba
  • Luigi Pirandello, El hombre, la bestia y la virtud

Con mensaje
  • Robert Fisher, El caballero de la armadura oxidada (para los que piensen que están en declive o han tocado fondo)
  • Herman Hesse, Siddharta (imprescindible)
  • W. Somerset Maugham, El filo de la navaja (mejor que Siddharta aunque la fama se la llevó Hesse)

Novela Negra (suponemos que ya has leído Agatha Christie)
  • Raymond Chandler, La dama del lago (magnífico, de lo mejor en novela negra)
  • George Simenon, El hombre que miraba pasar los trenes (otra que tal, con buena técnica)
  • Truman Capote, Ataudes de artesania (corto para aprender)
  • Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley (si han visto la horrible película y no la han leído, ahora es la ocasión)
  • Graham Greene, El Tercer hombre (la película fue más famosa pero...)
  • James M. Cain, El Cartero Siempre Llama dos veces (quién no se acuerda de la famosa escena de la cocina, ¡el cine!)
  • Raymond Chandler, El sueño eterno (el libro es muy distinto de la película)

Humor
  • Tom Sharpe, Wilt (si tienes problemas de pareja...)
  • Patricia Highsmith, Pequeños cuentos misóginos (escrito por una mujer...)
  • G. K. Chesterton, El hombre que fue jueves (a pesar de los años es muy actual...)
  • Tom Sharpe, Zafarrancho en Cambridge (si te gustó Wilt, este no te defraudará)

Ciencia Ficción, Terror y Misterio
  • H.G. Wells, La Maquina del tiempo (imprescindible)
  • Isaac Asimov, Yo Robot (manual imprescindible)
  • Isaac Asimov, Crónicas (gran maestro)
  • Brian Aldiss, Los superjuguetes duran todo el verano (muy distinta a I.A. de Spielberg)
  • Philip k. Dick, Blade runner (Sueñan los androides ...? El film oscureció este libro que una delicia)
  • Edgar Allan Poe, Historias Extraordinarias (simpre a punto, simpre se vuelven a leer descubres cosas nuevas
Ya sé que me dejo 1984, Un mundo Feliz, Fahrenheit 451, Dune, Cyber Punk pero estos textos sirven para los no iniciados...

Por supuesto que hay textos "actuales" pero no necesariamente son de este mismo año. Mi criterio, como he dicho, es distinto.

Actuales
  • Amos Oz, De repente en lo profundo del bosque (Oz ganará el nobel, este es un librito que está al lado de los "zafones"...)
  • Michael Cunningham, Las Horas (buena arquitectura y buen homenaje a Virginia Wolf)
  • Juan Manuel de Prada, La Vida Invisible (he disfrutado como nunca)
  • Najat el Hachmi, L'últim patriarca (está traducida ya al castellano: El Último Patriarca)
  • Haruki Murakami, After Dark, (es autor de moda, a pesar de los zafones y los Larsson)
  • Juan José Millás, Dos mujeres de Praga (muy actual)
  • Carme Riera, La meitat de l'ànima (está traducido al castellano: La mitad del alma, para quien guste de Albert Camus...)
  • Maria Àngels Anglada, El violí d'Auschwitz (no sé si existe traducción pero es genial)

© Manel Aljama (julio 2009)

jueves, 23 de julio de 2009

El despertar del dragón

Fuente Internet (modif electrónica)

Después de seis largos años de recuperación Sun Li ya estaba dispuesto para el retorno. Tenía sólo catorce años cuando los malvados secuaces del terrateniente Tao Shu violaron a su hermana y mataron a su padre. La madre desesperada se suicidó arrojándose al río. Sun huyó atemorizado pues creyó que toda la aldea la iba a culpabilizar por lo sucedido. El perverso Shu había propagado la idea de que Li le había pedido entrar a su servicio y formar parte de su banda. En el camino Li fue asaltado por unos bandidos que, después de robarle la bolsa con los últimos dineros que le quedaban, le rompieron piernas y brazos dejándolo malherido junto a un riachuelo. Fue recogido por Wun Tu, un monje Shaolin, quien mandó llamar a unos cuantos acólitos para que construyesen una rudimentaria parihuela con la que transportarlo hasta el templo.
La sanación completa de sus huesos le tomó un año. Dedicó los otros cinco a fortalecer el cuerpo y, sobre todo el espíritu. Empezando desde lo más bajo se convirtió en el mejor discípulo. Cultivó la humildad, la solidaridad y lo más importante, las artes marciales. La comunidad le brindó la posibilidad de volver a su antigua vida para devolver la justicia y restablecer su honor. Por respuesta, Sun Li decía siempre que estaba bien así, que aunque no sabía qué sería ahora de su hermana, él prefería la vida monacal. A esa afirmación, el maestro respondía cada vez:
—Esperaré a que estés preparado. Esperaré a que seas capaz de caminar sobre el papel de arroz sin dañarlo y, entonces, sabrás que habrá llegado tu momento.
Li guardaba silencio y tenía muy presente los restos sin vida de su madre estrellada en las rocas, la cabeza decapitada de su padre o la sangre descendiendo por las piernas de su hermana después del ultraje.
El viaje de regreso duró unos meses. Quiso tomarse su tiempo. Uno de los esbirros de Shu le reconoció. Como si fuese en un entrenamiento se deshizo de él para siempre con un par de golpes. Disfrazado se dirigió hasta el castillo de Shu. Fingió pedir trabajo y le aceptaron. Una vez dentro encontró a su hermana, que estaba de concubina al servicio de Tao. Empezó a eliminar a sus enemigos. Aunque venían con una actitud agresiva, en el fondo parecían no defenderse y esperar que Li les propinase el definitivo y certero golpe que les aliviase sus penas. Uno a uno acabó con ellos hasta que sólo quedó Tao. Éste agarró a la hermana y amenazó con degollarla. En un gesto de rabia y por sorpresa, la muchacha, le arrebató el puñal y se lo clavó en el pecho. Tao Shu se arrodilló de dolor profiriendo un grito. Por último ella le arrancó los ojos con sus uñas antes de que cayese de bruces en medio de un confuso charco de sangre.
En seguida aparecieron los títulos de crédito, se encendieron las luces y el público empezó a levantarse de sus butacas. Siempre me ha gustado ver estas viejas películas de artes marciales. Es una pena que ahora no las programen ni en las filmotecas. Menos mal que los propietarios de este cine de barrio tuvieron esta genial idea.

© Manel Aljama (julio 2009)

lunes, 20 de julio de 2009

Nochevieja del 42


La trocha, que no alcanzaba la categoría de camino, conducía directamente desde el apeadero hasta las primeras casuchas del arrabal. Cipriano, con muchas dificultades, arrastraba su pata de palo. Se apoyaba en una carcomida muleta que le debieron dar en Auxilio Social, más que para ayudarle, para librarse de él. Le habían pagado un billete y lo habían facturado para otra provincia. El frío enero se anticipaba en las últimas horas de diciembre. Como pudo se acercó a buscar el calor de una taberna. Encontró algo parecido a una mísera tasca sin letrero y con las luces mortecinas, casi apagadas. Se resguardó en el tranco de la puerta, la empujó y se pudo poner a buen recaudo. Casi todas las desvencijadas sillas reposaban sobre las sucias mesas. Restos de servilletas de papel, chapas y huesos de aceituna estaban sembrados por el suelo lleno de manchas. No se sabía si los vidrios estaban empañados o sucios.
—Vamos a cerrar —dijo en voz alta Julián, el propietario, desde detrás de la barra.
—¿”Usté” tiene prisa, maestro? Vengo de muy lejos y sin pierna como ve —se arremangó el pantalón aunque no se veía nada de tan poca luz que había—, ¿no tendrá un aguardiente? Hace mucho frío y a más no me llega.
Con un gesto contrariado, el propietario de la zahúrda, que hacía las veces de bar agarró una botella pringosa que parecía de anís y sirvió una copa. Se lo pensó y se puso una también él. El lisiado se acercó hasta la barra y pudo comprobar que el hombre era tuerto y un surco de al parecer una quemadura marcaba su mejilla derecha. Julián alzó la copita:
—¡Por el año nuevo!
—¡Por el año nuevo! —respondió el recién llegado—. Usté tampoco tiene donde ir, ¿”verdá”?
—Tengo este bar. Antes tenía otro más en el centro. Cuando acabó la guerra me acusaron de dar cobijo a un miliciano. Me llevaron preso. ¿Ve usted el ojo que no tengo? ¡Me lo arrancaron en la cárcel! Al final me dejaron ir. Tuve que cerrar el bar y venirme aquí. ¡Y todo por no escaparme!
—¿Por no escaparse?
Antes de responder, Julián sirvió otra ronda. Se la bebieron de un trago y volvió a llenar las copas. Apoyó los brazos en el mostrador y se inclinó hacia adelante.
—Por una mujer, que aunque no estaba casado por la iglesia era mía... —bebió la copa—, y que luego se fugó con un requeté.
Se puso otra copa.
—Seguro que fueron ellos los que me delataron —añadió mientras Cipriano bebía y escuchaba atentamente.
Cipriano dio un sonoro eructo que llenó el ambiente de una vaharada dulzona. Julián ni se inmutó.
—Pues yo perdí mi pierna huyendo de una turbamulta del mercado. Hace un año o año y medio... que no me acuerdo muy bien —extendió el vasito y el tabernero le escanció otra dosis—, me subí al tren sin billete y en cuanto llegó el revisor me echó mientras estaba en marcha y caí debajo de las ruedas. Ya ve... ¡Sólo pude salvar una de mis piernas! No me dieron nada. Decían que tenía que estar contento de que no me denunciaron por no llevar billete. ¡Ya ve lo dura que es la puta vida!
Perdida la cuenta de las copas, habían caído en un silencio previo al sopor alcohólico cuando entró un acordeonista de esos que van lampando y piden limosna en todas partes porque de todas partes los echan.
—¡Está cerrado! —Dijo el propietario con cierta dificultad— ¡Pero si toca algo le invito!
—¡Eso está hecho maestro! —respondió—, ¡pero déjeme que me caliente y les alcance con el anís! —añadió.
El barman le extendió el vasito lleno al visitante que se bebió de un solo golpe. Se puso a tocar un tango triste y brindaron porque 1943, si iba a ser tan frío, que al menos fuese más fácil de llevar.

© Manel Aljama (julio 2009)

jueves, 16 de julio de 2009

Suenan las sirenas

Fuente Internet autor: Josep Xavier Sanchez

Bajaron en tropel. El griterío y la histeria colectiva se repetían a diario. Aún no habían asumido su cotidianeidad. De tanto en tanto faltaba alguno en la reunión. Nadie le echaba de menos, sobre todo en cuanto empezaba el frecuente y tortuoso ritual. Al poco de cesar las alarmas se oían el run-run de los aviones aproximarse.  En cuanto se escuchaban las primeras detonaciones solía irse la luz y todo quedaba a oscuras, en tenso silencio.  Alguien, más precavido encendía un fósforo con la intención de fumar. Estaba prohibido. Nadie se oponía.  Las explosiones aumentaban en potencia y en frecuencia. Dificultaban la conversación. Entonces, Josefa González, la intendente de la F.A.I., a la que todos conocían como la Coronela, comenzaba su retahíla de insultos antifascistas mascullados a modo de rosario. No soltaba su mano de una de las tuberías a la que estaba agarrada, quizá para no caer por su temblor de piernas.  En medio de la lluvia explosiva tan sólo distinguían que los Junkers alemanes hacían un ruido más fuerte, más ensordecedor que el de los Savoias italianos. Eso era motivo para que don David, el propietario de la ferretería mostrase sus conocimientos de armas.  Nadie le seguía la conversación. Ni siquiera don Tomás, el boticario. Todos sospechaban que en cuanto acabase la guerra y ganasen los que ahora estaban castigando desde arriba, el farmacéutico sería uno de los principales delatores. Más valía guardar silencio.  La guerra no iba nada bien, a pesar de lo que decían en la radio o en los camiones informativos y, mucho menos, en los diarios populares. Los bombardeos eran más frecuentes y más intensos cada vez.  Eso había dicho el pequeño Jesús, que apenas tenía catorce. Nadie le contestó. Era normal no responder a nadie en el refugio. Ninguna discusión. Ningún debate. Diálogo de sordos. Crudo monólogo. Jesús no se daba por vencido:
—Don Tomás, usted que sabe tanto, ¿Quiénes son los buenos?
Seguramente, la Coronela le habría respondido o le hubiese propinado un bofetón. Nadie lo sabe. El chico insistía:
—Don David ¿Quiénes son los buenos?
—Somos nosotros —se atrevió a responder por primera vez el viejo judío, quizá ya había asumido que todo se estaba acabando.
—Y si nosotros somos los buenos, ¿por qué nos tenemos que esconder aquí cada día?
Se hizo otra vez silencio. Pero el chico notaba que era el destino de todas las miradas, sobre todo de la escrutadora mirada de don Tomás y de la represiva vigilancia de la Coronela. Los nervios y el malestar pudieron más esta vez.
—Jesús, —dijo con voz grave don Tomás—, los buenos ganan siempre... ¡no lo dudes!
No había terminado sus palabras, que habían quedado en suspense cuando la primera ronda del bombardeo había cesado. Los motores se oían alejarse. La luz volvió. Josefa abrió la compuerta y todos los ocupantes, empapados en sudor, iniciaban la ascensión por las angostas escaleras. Las  peleas se volvían a repetir. Ahora, por salir del agujero. El chaval se había quedado el último. Para su sorpresa, La Coronela quería dejarlo encerrado allí. El muchacho forcejeaba y forcejaba pero no lograba contrarrestar la fuerza de la intendente.
Se despertó entre sudores. Desde que perdió su familia no hacía otra cosa que soñar una y otra vez con el refugio.

(c) Manel Aljama (junio 2009)

lunes, 13 de julio de 2009

Jubilación anticipada

Andrés Cascante entró en la oficina de atención al público de la Seguridad Social. Se dirigió al primer mostrador que encontró a su paso. Detrás del mismo, estaba parapetado el oficial de seguridad. Tenía un aspecto impertérrito. Andrés empezó:
—Buenos días, venía a echar...
Le interrumpió:
—Coja este número y siéntese en aquella sala de espera que hay al fondo. Esté atento a la pantalla. Cuando toque su turno, sólo se anunciará una vez.
—¿Cómo? Es que estoy un poco sordo ¿Sabe? —respondió confundido el hombre.
El empleado le repitió exactamente la misma frase, esta vez en un tono más seco y menos amable. La sala, pintada de beige y de aspecto sobrio, era enorme y en ese momento estaba despoblada de visitantes. Colgando del techo, había un monitor destinado a anunciar los correspondientes turnos de mesa, que eran adjudicados por sorteo electrónico. En la pared opuesta a las modestas sillas de la sala, había tres únicos mostradores atendidos por otras tantas funcionarias de aspecto idéntico. Se acomodó en la primera fila. Le tocó el turno en seguida:
-¡A6! Mesa 3 ¡A6! Mesa 3 —escuchó de una voz fría y metálica.
Se levantó como un autómata y con pasos mecánicos pero renqueantes se dirigió al escritorio indicado. Empezó a hablar antes de acabar de tomar asiento.
—Verá señorita, venía a echar una solicitud para cobrar la jubilación...
—¿Una quee? Me parece que se equivoca. No es aquí. Mire caballero —forzando amabilidad—, tan sólo tiene que ir a la página web http://www.mijubilacion.es, opción trámites y a partir de allí sólo tiene que seguir las instrucciones que se le indican. Una vez cumplimentado —no le daba opción a responder—, este trámite, en un período de una semana a quince días, su expediente estará activado y usted empezará a cobrar las pagas de su retiro en el banco que haya indicado en el formulario electrónico.
—Verá es que no tengo ordenador... —titubeaba un poco azorado. La empleada puso cara de estupor.
Andrés prosiguió:
—Tuve una máquina de esas —señaló al equipo de la funcionaria—, pero un día me cansé y la arrojé al contenedor.
—Sería el de residuos electrónicos obsoletos. Porque si no fuese así, le tendríamos que abrir un expediente sancionador...
—No, no señorita, a unos empleados muy amables que pasaron en un unidad de reciclaje.
—Pues el trámite es a través de web. ¿No ha estado atento a la campaña informativa que llevamos abierta desde hace más de un lustro? —volvió la oficinista.
—Es que no tengo tele —respondió con tranquilidad el candidato a jubilado.
—¿Como que no sabe usted lo de la página web? ¡Si lo dijeron por todos los medios de comunicación, empezando por la tele!
—También me desprendí yo de ese aparato. Un día empecé a ver nieve en todos los canales. Como no podía ver "la normal" entonces la arrojé al contenedor.
La empleada estaba empezando a perder los estribos y trataba de conservar la calma.
—¿También se desprendió de su televisor? ¿Supongo que sería en el correspondiente camión autorizado de reciclaje?
—Sí, sí —respondió Andrés como para no molestar y con cierto aire de querer irse de allí.
—No se preocupe. La administración siempre está atenta al ciudadano y pensamos en todo. Usted simplemente tiene que enviar un SMS desde su móvil, con la palabra "JUBILA", espacio, su DNI y letra, espacio, y el número de la seguridad social al 7777...
—Verá es que no tengo móvil —esta vez interrumpió el viejo.
—Un momento por favor.
La empleada se levantó, retrocedió y despareció detrás de una estrecha portezuela. Dentro del habitáculo estaban los monitores de control. Descolgó un interfono. Pulsó un botón y empezó la comunicación.
—¿Seguridad? Por favor, tenemos un caso difícil aquí en la mesa 3 del módulo HHAALL 9000. Sólo estamos las operadoras y el oficial de guardia... Sí, aunque no ha mostrado armamento y posee buenos modos, puede ser peligroso. No tiene móvil y es humano. Ha respondido negativo al test de pupila.

© Manel Aljama (junio 2009)