sábado, 31 de enero de 2009

La garrapata

imagen de internet manipulada electrónicamenteFue un monstruo desde el principio. Eligió la vida por pura obstinación y por pura maldad.
Como es natural no decidió como decide un hombre adulto, que necesita una mayor o menor sensatez y experiencia para escoger entre diferentes opciones. Adoptó su decisión de un modo vegetativo, como decide una judía desechada si ahora debe germinar o continuar en su estado actual.
O como aquella garrapata del árbol, para la cual la vida es sólo una perpetua invernada. La pequeña y fea garrapata, que forma una bola con su cuerpo de color gris plomizo para ofrecer al mundo exterior la menor superficie posible; que hace su piel dura y lisa para no secretar nada, para no transpirar ni una gota de sí misma. La garrapata, que se empequeñece para pasar desapercibida, para que nadie la vea y la pise. La solitaria garrapata, que se encoge y acurruca en el árbol, ciega, sorda y muda, sólo husmea, husmea durante años y kilómetros de distancia la sangre de los animales errantes, que ella nunca podrá alcanzar por sus propias fuerzas. Podrá dejarse caer; podría dejarse caer al suelo del bosque, arrastrarse unos milímetros con sus seis patitas minúsculas y dejarse morir bajo las hojas, lo cual Dios sabe que no sería ninguna lástima. Pero la garrapata, terca, obstinada y repugnante, permanece acurrucada, vive y espera. Hasta que la casualidad más improbable le lleve la sangre en forma de un animal directamente bajo su árbol. Sólo entonces abandona su posición, se deja caer y se clava, perfora y muerde la carne ajena...

Fragmento de El Perfume de Patrick Süskind (Traducción Pilar Giralt Gorina), Editorial Seix Barral, Barcelona (2007)

martes, 27 de enero de 2009

Fuegos de Eduardo Galeano

Cada persona brilla con luz propia
entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos
y fuegos de todos colores.
Hay gente de fuego sereno
que ni se entera del viento,
y gente de fuego loco
que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos
no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca, se enciende.

De El libro de los abrazos, Eduardo Galeano

viernes, 23 de enero de 2009

Te recuerdo Amanda de Víctor Jara


Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica
donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha
la lluvia en el pelo
no importaba nada
ibas a encontrarte con el
con el, con el, con el
son cinco minutos
la vida es eterna
en cinco minutos
suena la sirena
de vuelta al trabajo
y tu caminando
lo iluminas todo
los cinco minutos
te hacen florecer.

Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica
donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha
la lluvia en el pelo
no importaba nada
ibas a encontrarte con el
con el, con el, con el
que partio a la sierra
que nunca hizo daño
que partio a la sierra
y en cinco minutos
quedo destrozado
suena la sirena
de vuela al trabajo
muchos no volvieron
tampoco Manuel.

Te recuero Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica
donde trabajaba Manuel.




© Víctor Jara http://www.goear.com/listen.php?v=2bfeec2

lunes, 19 de enero de 2009

Visto para sentencia


Alfredo empezó a sentir pánico en cuanto leyó el nombre de la magistrada en el tablón de anuncios de la sala de juicios. No dijo nada a su abogado defensor de oficio, un chaval que tenía pinta de quedarle más de una asignatura por aprobar. El breve cruce de miradas con la jueza confirmó sus sospechas. Una mirada gélida y de encendida ira al mismo tiempo, que le hubiese traspasado el occipital de no haber puesto los ojos mirando al polvo de sus zapatos. Él estaba convencido de que atravesaba una racha de auténtica mala suerte. Todos sus amigos habían sido denunciados bien por exceso de velocidad o por conducir beodos, pero la mayoría de ellos no habían pisado un juzgado debido probablemente al endémico mal funcionamiento del sistema judicial. Así con un poquito de suerte la mayoría de los expedientes desaparecían como engullidos por una misteriosa criatura que se alimentaba con papel y que tenía por hábitat natural las entrañas de las magistraturas. Empezó el juicio.
—Póngase en pie el acusado —dijo la magistrada. Alfredo intentaba eludir la mirada escrutadora de la jueza. El fiscal leyó el atestado de la policía de tráfico y los cargos contra su persona, tras lo cual solicitó la pena de tres meses de arresto mayor, retirada del permiso de conducir por seis meses y una multa de mil quinientos euros.
Él que confiaba en el buen hacer de la bestia devoradora de expedientes no contaba para nada que una eficiente y servil funcionaria creyó reconocer en el nombre, tan común, de Alfredo Martínez, el hombre y el antiguo novio que la abandonó treinta años antes. Ni corta ni perezosa puso el expediente en la bandeja de juicios de máxima urgencia y así en menos de lo que canta un gallo Alfredo ya había recibido la citación. Pero lo que le acabó de desmoronar fue que la magistrada que le había tocado en suerte era la antigua jefa de Clara, la chica con la que él se fugó, haría cosa de cuatro años o más cuando él se dedicaba a poner anuncios en los periódicos de un servicio de “Humillaciones a Domicilio”; y la entonces abogada requirió de sus servicios. Por lo visto la cosa funcionó bien y ella ganó en amistades y en autoestima. Todo se interrumpió en cuanto Clara y Alfredo intercambiaron, primero miradas, luego fluidos corporales y pusieron tierra de por medio dejando compuesta y sin lío a una mujer ya enamorada de su humillador. Las cosas no podían pintar peor para Alfredo. Sentía que el odio y el rencor de la mujer despechada iban a evitar a toda costa cualquier atisbo de clemencia.
—Tiene la palabra la defensa —pronunció la juez togada.
—Aceptamos los cargos conforme a la violación del artículo 379 del vigente Código Penal —dijo el abogado mientras Alfredo quiso desintegrar con su mirada al que consideraba un mero aprendiz de leguleyo—, nos acogemos a las circunstancias atenuantes previstas en el artículo 21 y solicito una reducción de pena por falta de antecedentes.
—¡Protesto! —Profirió el fiscal—, los atenuantes no son aplicables en delitos contra la seguridad vial y además, en el sumario constan debidamente documentadas diversas denuncias y sanciones contra la seguridad vial cometidas por el acusado con anterioridad a los hechos que se juzgan hoy. Solicito —tomó aire—, como parte actora, a su señoría que recomiende a la defensa leer con más atención los sumarios y atenerse a lo que en derecho proceda.
—Se acepta la protesta y que conste en acta. El juicio —dio un martillazo quizá con más fuerza que de costumbre—, queda visto para sentencia. La sentencia se emitirá dentro de media hora. Quedan pues las partes citadas en esta sala para dentro de cuarenta minutos en el acto donde les será leído el veredicto.

© Manel Aljama, maljama cuenta cuentos (enero 2009)

miércoles, 14 de enero de 2009

La p con la a...


El aula pionera en educación preescolar estaba decorada con diversos carteles de forma que Britney Spears y Paris Hilton rivalizaban con los tradicionales ositos, tortugas, elefantes y figuras geométricas básicas. Uno de los niños de la clase intentaba entender su primer catón en presencia de la profesora, la directora de la escuela, y de una señora a quien llamaban inspectora de enseñanza:
—La p con la a... —balbuceaba el alumno—, “pu” —logró acabar tras mucho esfuerzo.
—¡Muy bien! —Respondió entusiasmada la funcionaria—, ¡Excelente! A ver, ahora el siguiente serás —levantó el brazo para señalar como si estuviera en un concurso—, tú —y señaló a otro.
El aludido cogió la cartilla al revés. Luego la enderezó.
—La p con la e... —igualmente titubeó como su predecesor—, “po”.
—¡Perfecto! —Insistió la trabajadora pública—, ¡Vamos a otra clase donde estén los más mayores!
El séquito encaminó sus pasos hacia otro pabellón divido en aulas repletas de alumnos expectantes ante la visita.
—Estos son los de sexto de primaria —dijo la directora del centro—. Aquí están los grupos que han seguido el programa especial de introducción a la lectura que promovía el ministerio.
—¡Tengo ganas de ver los resultados! —dijo la visitante, con avidez al tiempo que abría significativamente los ojos y arqueaba las cejas.
—A ver, tú —señaló a una niña de rubios cabellos y vestido un poco repipi—, ¿Cómo te llamas? —preguntó la inspectora.
—Vanessa —respondió tímida la alumna.
—Veamos... Dime el nombre de dos literatos ilustres del siglo XX.
—Boris Izaguirre y Ana Rosa Quintana —contestó la casi púber sin vacilar. El profesor de lengua y literatura, que también estaba presente, se mordió los labios sin decir nada.
—¡Genial! ¡Se nota nuestra mano!
—¡Y nuestra gestión Pilar!, ¡Nuestra gestión! —Añadió la directora del colegio confraternizando con la visitante—, nuestra gestión ha permitido aplicar el programa de literatura avanzada promovido por las autoridades a pesar de las reticencias de los docentes y de algunos padres carcas y refractarios a todas las iniciativas.
La comitiva abandonó el aula y se dirigió al despacho de dirección donde tenían previsto tomar un pequeño refrigerio. Por el pasillo mantuvieron una prometedora conversación.
—Te cuento —respondió también con confianza la inspectora—. Ahora estamos desarrollando un programa para la reforma de las matemáticas. Será un éxito que todos los alumnos de doce años sepan contar del 1 al 10. ¡No va a haber quien nos pare! ¡Se nota que ha mejorado el nivel!
—¡Cuenta conmigo! Pilar, ¡Cuenta conmigo y con mi centro para las experiencias piloto!


© Manel Aljama (maljama), agosto 2007 - enero 2009

martes, 6 de enero de 2009

La Entrevista

La Entrevista
Se había vestido para la ocasión, con el mejor conjunto que tenía, ni muy moderno ni excesivamente serio o clásico. Recién casada y con veintisiete años estaba en una edad difícil para encontrar empleo. Había superado la primera prueba en el proceso de selección, pues su currículum, impreso en delicado papel pergamino de noventa gramos, no había acabado en la papelera. La respuesta inmediata en cuanto sonó su teléfono móvil le dio aún más esperanzas de poder abandonar el desempleo tras ser despedida de la oficina de un almacén de materiales para la construcción.
—¡Enséñame las tetas! ¡Vamos! —Se quedó estupefacta en cuanto escuchó las palabras de su entrevistador.
Agapito, su interlocutor, era así, directo y sin contemplaciones. De baja estatura, a sus cincuenta y siete años aún lucía cabello, pero grasiento. Vestía un traje muy oscuro que no se podía determinar si era marrón o negro. Perfumado hasta la médula, coronaba los dedos de sus manos con un abanico de grandes anillos y sellos de lo más variopinto. En la solapa de la americana llevaba el emblema de un partido conservador. Se sabe que empezó como apoderado de banca en la caja rural de su pueblo. Eso hasta que se marchó o fue despedido que tampoco se sabe a ciencia cierta. También había sido concejal con varios partidos desde la época de la transición. Incluso en la dictadura ocupó alguna dirección general de fomento y contratas. Siempre tenía relaciones con operaciones inmobiliarias que ahora ya estaban extintas. Se pasó entonces al bando de las financieras o refinancieras. Ahora estaba entrevistando a una candidata para la nueva oficina de la ciudad.
—¡Perdona niña! —dijo como queriendo enmendar la plana—, es que por un momento, al ver que para este puesto no eres lo que busco, quizá te interese mi otro negocio, un club exclusivo para hombres que tengo en las afueras, en la carretera de El Saler. Yo que tú me lo pensaba. Es un trabajo que además de darte mucho dinero y salir de pobre, te puede abrir muchas puertas. Ahora los jóvenes lo queréis todo rápido. Un piso, un trabajo bien pagado, un viaje a Cancún. Todo eso sin doblar la espalda. ¡Hay que ganárselo!
—Déjelo. No me interesa —la candidata le cortó y se fue sin siquiera haberse sentado.


© Manel Aljama (maljama) enero 2009