domingo, 29 de marzo de 2009

Jlysty* por Monelle

De Rasputin amante de la Zarina. Fuente: Internet

“El mayor placer de Dios es perdonar a los más grandes pecadores.”

Распутин (Grijorij Efimovich, Rasputín.)

¿Ni en la muerte me vas a abandonar? Siempre supe que nos encontraríamos de nuevo. No sé si estoy preparado.
Retornar al día aquel de diciembre se hace menos duro ahora que nuestros destinos parecen juntarse. Dijeron que tuviste conocimiento del peligro que corrías a mi lado, y aún así te fiaste de la invitación.
Cada trago resbalando por tu esófago, portaba el escozor amargo del veneno de la rabia; cada bocado disfrazado en el dulce envoltorio del azúcar, acompañaba el miedo a tu poderosa influencia. Mientras tanto, mis risas de satisfacción se juntaban con las tuyas en el goce del momento. Luego las mías se tornaron secas al ver la resistencia de tu cuerpo… inmortal. Y disparé. Una única bala que atravesó tu corazón. Caíste de bruces. ¿Cómo pudiste volverte a levantar? Tenía que huir, dejar que otros se enfrentaran a mi miedo.
Dejaron que calmaran las aguas que bajaba con fuerza, pero no resurgiste. Las gélidas aguas del Neva te engulleron, lavaron el rostro de nuestro imperio que apenas si sobrevivió unos meses más. Fuiste culpable de la depravación que encendió a las masas. Bestia demoníaca que escudaba en Dios la depravación y el libertinaje que te dio el nombre. Vergüenza inconmensurable para los temerosos del altísimo. Corrompiste, a unos y a otros: a los primeros infectándolos en el temor a lo divino; frente a los otros, lo lograste dejándonos en evidencia, sacando a la luz nuestras debilidades. ¿Acaso, a sabiendas o no, fuiste tú el artífice, la clave de los revolucionarios, lo que los bolcheviques necesitaban para justificar su barbarie? Lo corrompiste todo. Las mujeres se mostraban livianas de ropa en tu presencia, dejando mancillar sus cuerpos y trincar sus mentes. Y tú te vanagloriabas de ello. Eras el sabio, el gran adivino, el profeta que iba a salvar nuestra estirpe. Ninguna superchería salida de tu boca ha tenido eco. Tu muerte sorprendió a muchos, escandalizó a unos pocos, y satisfizo a la mayoría. Dijeron que no era cierto, que sin el cuerpo… Que tú retornarías. Pero ese ilusorio pensamiento duró bien poco, y terminó por desvanecerse con el tiempo.
Maldigo al ser mil veces maldito que representas y lo hago desde el placer que me provoca haber sido el artífice de tu muerte, por que sé, que ese Dios en el que justificabas tu obsceno proceder, me perdonará.

CRSignes 290309

* “Jlysty" convencido (убеждены ), es decir, alguien dispuesto a cometer los mayores pecados.

martes, 24 de marzo de 2009

La ley nos da la razón

Se habían marchado por fin. En sus manos aún empuñaba la navaja que había esgrimido, casi inconscientemente, como único y desesperado argumento defensivo. Era consciente de su reacción primitiva, quizá animal; de que había recurrido a la amenaza de violencia al sentirse acorralado y por primera vez sin palabras. La verdad es que él siempre había tenido muy buenos argumentos. Y cuando no disponía de ellos usaba el diálogo inteligente. Algunos de sus amigos le recriminaban precisamente eso; que se parecía a veces a un viejo personaje del cine, “don erre que erre”, que había sido un poco o muy testarudo en la defensa de sus posiciones. Pero como si de un Sócrates contemporáneo se tratase, lo hacía todo con buenas intenciones, con la finalidad de mantener viva la llama del intelecto. Cuando no lo conseguía se conformaba al menos con la idea de haber sido locuaz o tal vez, haber finalizado el debate con una salida por las ramas. Pero aquel día las cosas no habían funcionado tan bien. Habían venido dos sicarios vestidos de negro y con corbata a juego, le habían conminado a que les entregase un buen porcentaje de la recaudación, casi el treinta y cinco por ciento. Una cantidad muy alta para un establecimiento como el suyo. Fueron insensibles e insistieron que la ley estaba de “su” lado. Nuestro amigo sabía que la ley la habían hecho ellos. Por más que había insistido en imponerse con sus diálogos socráticos los individuos parecía que no habían leído en su vida ni el texto de un sello de correos. Llegó a la conclusión de que el revistero de cortesía donde se amontonaban periódicos y semanarios podría tener más alma y entendimiento que ellos dos juntos. Advirtió que las cosas podían empeorar y recurrió entonces a la astucia que le había caracterizado siempre para salir de las situaciones más difíciles.
—Les pagaré, les pagaré —hizo una pausa mientras no paraba de mover la navaja barbera—, pero por favor, váyanse antes de que lleguen los primeros clientes. Esto es un establecimiento con una clientela muy fiel. Si les ven aquí no serán capaces de entrar y si no hago caja no les podré pagar el canon que me piden. A partir de ahora escucharé la música con auriculares para mí sólo y así no infringir más la ley.
Los individuos se miraron, asintieron y abandonaron el recinto. Subieron a su auto y desparecieron tan rápidos como habían llegado.

© Manel Aljama (maljama) marzo 2009

jueves, 19 de marzo de 2009

Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo






Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

José Agustín Goytisolo (1928-1999)

martes, 17 de marzo de 2009

Son órdenes

La estancia era muy pequeña, más bien estrecha. Había escasez de luz. Tan sólo una lámpara flexo encima de una mesa metálica que enfocaba y que casi encandilaba al individuo que estaba atado a una silla. Tenía la cabeza dejada caer sobre el hombro izquierdo. Sus ojos estaban cerrados y los pómulos le ardían. Un hilillo de sangre se deslizaba por la entreabierta comisura de los labios. No estaba muerto pues se escuchaba un fatigoso y esforzado resuello. Se abrió una puerta y entró un poco más de luz. Irrumpieron dos individuos que descendieron los dos escalones que se elevaban sobre la entrada del cuarto. Cerraron la puerta.
—¡Vaya! ¡El nene se ha dormido!—dijo el que llegó primero a las proximidades del reo.
—¡Pues le despertamos! ¡Faltaría más! —dijo el segundo al tiempo que propinaba un puñetazo en el plexo solar del torturado que se quejó y soltó una bocanada de saliva sanguinolenta.
—¿Quieres más? —le interpeló quien acababa de propinarle el golpe. No respondió. Pero el goteo empezaba a ser hemorragia. El verdugo hizo un ademán de asestarle un golpe en la cabeza pero el primero le detuvo el brazo con firmeza.
—¡Espera un poco! Todavía tiene que durar.
—¡Menudo golfo! —respondió pero vociferando al martirizado— ¡Menuda suerte tienes!
Su compañero subió la breve escalera de dos peldaños y alcanzó la puerta. Salió dejándola entornada con la habitación sumida en una oscuridad rota únicamente por la incandescencia del flexo. No tardó demasiado. Volvió trayendo consigo un balde metálico lleno de agua que brillaba en la penumbra.
—Ten —dijo dirigiéndose a su compañero para que cogiese el cubo—, le daremos un descanso.
El otro lo agarró con las dos manos, dio un paso hacia atrás y le arrojó el contenido. El hombre casi se ahoga. Empezó a toser sin atreverse a abrir los ojos. Enderezó su cabeza. El transportista del agua bajó un poco el flexo quizá para que no se cegase del todo.
—¡Venga! ¡Confiesa de una puta vez! ¡Lo sabemos todo!
—¡Quiero ver a mi abogado! —respondió con voz entrecortada el recluso.
—¿Para qué? ¿Para que tengas un juicio justo? ¿Para que pagues una multa? ¿Para ser más justo? —respondió el agresor—. Ese no es nuestro estilo. Ya estamos cansados y ahora aplicamos nuestras propias reglas y nuestro propio método. ¿Has entendido?
—Nosotros —añadió el que parecía tener más dotes de mando—, obedecemos órdenes. Se nos ha dicho que has comprado música en el “top-manta”; y además tenemos las pruebas. Desde la sociedad de autores nos han dicho que te demos un escarmiento y que acabemos contigo. ¿Qué ganamos llevándote a la justicia? ¿Responde?


© Manel Aljama (maljama) cuenta cuentos febrero 2009

miércoles, 11 de marzo de 2009

La Loli por Monelle

Fuente Internet,manipulado electrónicoEstaba harto. En más de una ocasión había logrado bloquear su paso, devolverle el importe de la entrada, y conminarla a no regresar jamás bajo la amenaza de denunciarla, pero siempre se me escabullía. Suponía, que aprovechaba las aglomeraciones para colarse por alguna esquina confundida con el resto de espectadores.

Recuerdo el día en el que llegó la nueva acomodadora, debió pensar que era un áspero de mal genio. Primero no iba a dejar que se apropiara de mis clientes más adinerados, aquellos que soltaban siempre un duro de propina por un buen servicio; y segundo era mujer, ¿dónde se había visto una mujer acomodando? Creí que se llevaría más de un pellizco en el culo. Seguro que le provoqué algún quebranto con mis contestaciones.

— ¿Ha habido muchas acomodadoras en la ciudad? —preguntó.
— No, eres la primera y no es mentira. —Le contestó mi compañero.

Pero ese era el menor de mis males. Era domingo, la película de tensión e intriga llena de estampidos y muertos, no era tolerada y habíamos llenado. Cada media hora nos turnábamos para controlar, linterna en mano, que todo el mundo se comportara correctamente. Sabedores de nuestro poder, nos divertía ver cómo se le atragantaban la pipas a más de uno.

En la primera ronda, encontré alguna parejita haciendo lo propio en “la fila de los mancos”, pero no siempre los ponía en vereda. Eso sí, era divertido ver cómo al paso de la linterna, se quedaban quietos, inmóviles.

La tercera ronda le tocó a la nueva, aguardé que saliera para supervisar su trabajo, no me fiaba mucho.

— ¿Algo extraño? —le pregunté.
—No… Bueno sí. Algunos espectadores se quejaban de una musiquilla extraña, como un tintineo…

Entré despacio, para ver si pescaba a Loli de una vez.

“ La Loli ”, así era conocida, había sido una mujer hermosa como pocas que encaminó mal su vida. Cayó en la prostitución, y la calle y el alcohol hicieron el resto. A sus cuarenta y cuatro años aparentaba tener más de cincuenta. Las cuatro perras que sacaba, las ganaba en los cines, ejerciendo de pajillera, embadurnando sus manos con la simiente de algún que otro desesperado, al no encontrar otra ocupación con la que ganar los cuartos para poder comer.

Y ahí estaba yo, intentando frustrar sus esfuerzos. Ante todo estaba mi empleo, aunque no negaré que de vez en cuando hacía la vista gorda.


© CRSignes 100309

viernes, 6 de marzo de 2009

Abuelito dime tú...

Switzerland. InternetCon ropas de niño rico toda la chiquillería cantaba una canción aprendida en una vieja serie de dibujos animados.
—“Abuelito dime tú ...”
Jorge, el primogénito de los Andrade, la rancia estirpe de militares, los contemplaba así, jugando felices en el jardín, al pie de montañas coronadas de blanco. Atrás habían quedado unos meses de disputas que habían empezado con un pleno familiar convocado en el castillo de su patriarca. La pequeña multitud apenas podía llenar el vasto salón de la fortaleza. Rodeados de mármoles, tapices, candelabros y enormes cuadros de cacería, parecía que planeaban unas vacaciones de Navidad.
—Sinceramente creo que será mejor que nos desplacemos por separado. Si fletamos un avión conjunto, la canallesca nos sacará en sus noticiarios... Ya veis, con papá al mando nunca se atrevieron... ¡Y ahora miren qué ingratos! —dijo entonces Jorge Andrade.
—Tiene razón nuestro hermano mayor. Así no despertaremos sospechas —sentenció Jorge Augusto II, el siguiente en la herencia.
Los restantes hermanos, Jorge Alberto, el tercero en orden de sucesión y Jorge Luis, el benjamín de la saga, secundaron y apoyaron la moción en medio de un silencio, digno del mejor velorio. Dispuesto así, cada familia viajaría por separado. Una vez en el destino estarían libres de miradas indiscretas y así, podrían dar el mejor homenaje al augusto progenitor de su victorioso linaje. Se sirvieron de jets privados, vuelos ordinarios y hasta autocares convertidos en casas rodantes. Luego, tras una última y tortuosa etapa de montaña, llegaron a un sitio bucólico y precioso, una gran casa de campo rodeada de verdes prados en los Alpes Suizos. El ambiente era agradable gracias a la chimenea donde se consumía un enorme leño. Había también un amplio sofá y un televisor cuya pantalla era tan larga como el sillón. Se podían ver, repitiéndose sin parar, las imágenes de lo que podía ser el entierro de un jefe de estado. Los niños que entraban y sabían sin prestar demasiada atención a la tele.
—Padre, ¡ya vimos su entierro cientos de veces! —dijo el primogénito—. Y quítese ese uniforme. Podría levantar sospechas entre los criados...
—¿Abuelo Augusto, por qué ese señor de la tele se parece tanto a ti? —preguntó uno de los nietos al contemplar en la pantalla una foto de un anciano muy parecido a su abuelo.

© Manel Aljama, maljama diciembre de 2006 (modif sept 2008 y febrero 2009). Versión de Vaciones en familia

domingo, 1 de marzo de 2009

Rubianes - El trabajo dignifica

Ha muerto Pepe Rubianes. Ha muerto en silencio, casi sin avisar. Él que tanto ruido hacía, se ha ido sin hacer ruido. Espero y estoy convencido que alguien recogerá el testigo. Humoristas, guionistas, actores y monologuistas faltan pero no sobran.





Manel Aljama (marzo 2009), homenaje a Pepe Rubianes