domingo, 26 de abril de 2009

Sharia

Botticelli Historia de Nastagio degli Onesti
Jaled y Nayat habían pasado toda la noche retozando, uniendo sus cuerpos al ritmo que marcan los corazones encendidos y apasionados. Una humilde casucha de pastores abandonada en tierra de nadie servía para sus propósitos amatorios, lejos de familias y lejos de leyes. Aún así eran conscientes de que su amor, como todo lo humano era temporal y de que a la noche le sigue el día y al día la noche. Precisamente la noche de los amantes, la oscuridad cómplice les parecía una forma de protección. Mientras otras parejas también disfrutaban de los amaneceres y de la primavera de la vida, ellos querían extender el manto protector de la noche eternamente si pudiesen.
Llegó el alba y con ella un murmullo creciente. Se acercaban. El murmullo acabó en jaleo en cuanto la gente rodeó la morada. Los cantos lanzados por la multitud empezaron a golpear las ventanas y romper los vidrios. Golpearon la puerta insistentemente. Las pedradas daban en la puerta. Cruzaron sus miradas. Jaled comprendió que había que afrontar la situación de forma pacífica. Se incorporó y fue a abrir la puerta. Allí, el jefe de los talibanes, Kalashnikov en ristre le encañonó en el pecho. Un guijarro le alcanzó la ceja y un hilo de sangre empezó a descender mejilla abajo. Un grupo de los sitiadores arrastraron a su amante, desnuda e indefensa hasta la puerta. Unos bultos gordos enfundados en burka empezaron a arrojarle piedras de distintos tamaños. Intentó defenderse cruzando los brazos y arrojándose al suelo adoptando la posición fetal. El raptor la agarró por la cabellera forzándola a incorporarse. De entre la muchedumbre se alzó otro bulto que dijo ser el marido de la muchacha. Lanzó un exabrupto que fue seguido con risas y vítores. El jefe encañonó las mejillas imberbes del rehén. El esposo burlado dictó sentencia sin juicio y sin defensa. Los amantes fueron arrastrados hasta el cobertizo de la parte de atrás. Los disparos pusieron fin a su amor terrenal.

© Manel Aljama (abril 2009)

jueves, 23 de abril de 2009

Hazle un hombre

Toulouse-Lautrec Salón de la Rue des Moulins

La estancia sin llegar a ser excesivamente lujosa estaba decorada en terciopelo rojo y con algunos elementos que le otorgaban cierta suntuosidad. Era la planta baja de un chalé en pleno barrio de Salamanca de Madrid y tenía que estar a la altura de las circunstancias, aunque fuese un lupanar. Por ello debía ser sino el mejor, uno de los más afamados burdeles o casas de tolerancia como decía la ley. No había mucha luz. Eso estaba bien para no distinguir con claridad los años de las pupilas ni determinar la identidad de los caballeros presentes que asistían ceremoniosamente al desfile, pase le llamaban, de las meretrices. Aquél día estaban dos visitantes nuevos, uno mayor, que por la edad debía ser el padre y otro muy joven, alto y espigado y que por su aspecto era muy probable que no alcanzase todavía la mayoría de edad. El chico parecía no poner atención al ramillete de bellezas que tenía delante. El de más edad fijó su mirada en una muchacha maciza y trigueña que fue inmediatamente blanco de las miradas de la concurrencia. Hubo una breve discusión entre los dos visitantes. La muchacha dirigió todos sus esfuerzos en congraciarse con el adolescente. Al parecer le convenció e hicieron migas. La joven pareja subió las escaleras que les conducían a la alcoba mientras que el mayor se acomodó en el sillón satisfecho por el trato. Entró entonces una señora, algo gruesa, muy maquillada y teñida de rubio platino pero que conservaba aún, con esa habilidad que sólo algunas mujeres poseen, la belleza como atrapada entre polvos, cremas y colorete. Se dirigió al hombre:
—¡Luis Manuel! ¡Qué sorpresa! ¡Si desde que te casaste que no habías vuelto...! ¡Y mira que hace años! ¡Si los hijos deben estar ya en la mili por lo menos!
—Calla, calla, Dorita. Si yo te contase cuál es mi pena —le respondió.
—Dora, dime Dora —dijo mientras que se aproximó y se sentó en el espacio que quedaba libre en el sofá—, que una tiene también ya sus años... Además si tú sabes que me llamo Dorotea pero que todos los clientes me habéis llamado siempre Dorita por aquella cupletista.
—Te he traído a mi hijo para que la mejor de tus chicas le haga un hombre de una vez —interrumpió el discurso de la madama—, tiene ya diecisiete años y no se define. Si yo te contara la de manías que le ha metido su madre en la cabeza...
—Pero si su madre es una artista de cine. ¡Tú si que eres un bruto! Son manías tuyas, el chaval cuando vea una buena jaca con la que cabalgar ya la montará... Si lleva tu sangre de torero...
Mientras tanto en el piso de arriba, ajenos a la conversación, Puri, la empleada de doña Dorotea y Luis Manuel júnior estaban en la cama jugando a las manitas:
—Cinco lobitos tiene la loba... —cantaban a dúo.

© Manel Aljama (maljama) marzo 2009

lunes, 20 de abril de 2009

23 de abril día del libro

Este jueves será 23 de abril y como todos los años se celebra el día del libro. Se busca la coincidencia de fechas en los óbitos de Shakespeare y Cervantes, los japoneses copian la fiesta que se hace en Catalunya -que es una versión propia de San Valentín- y las calles de las principales ciudades se llenan de paradas de libros. Muchas librerías sacan sus libros a la calle, improvisando tenderetes, a veces infantiles, como cuando jugábamos, al menos los dinosaurios de mi generación, a eso de “las tiendas”.

Sí, es el día en que las editoriales lanzan la mayor parte de sus novedades. Pero también es el día en que periodistas que apenas saben escribir con buena sintaxis, acuden puntuales a la cita de la firma de autógrafos y se rodean de una fauna variopinta: famosillos de diversa índole (pero de actividad productiva desconocida), colaboradores de programas de radio y televisión (sólo secciones de cinco minutos de duración), políticos retirados y en activo, prostitutas, algún trepa, delincuentes, etc. etc. Todos sacan su libro por Sant Jordi o el día del libro según les vaya el santo.

¿Y la literatura?
Sí, son libros lo que publican. Pero no es literatura y muchísimo menos se trata de arte. Todo lo más la simple definición de libro: “un conjunto de hojas de papel encuadernadas en forma de volumen” que muchas veces ha escrito un negro a 6000 €, o uno de esos gabinetes que tapándose en cursos de escritura, “te escriben” tu autobiografía por 12000 o 18000 €.

Muchos periodistas metidos a escritores no saben escribir. Además de las barbaridades gramaticales y sintácticas, insisten un día y otro también en decir de sus púlpitos catódicos “balance” de víctimas en lugar de recuento (sea en castellano o en idioma autonómico). O cuando entrevistan a autor literario y ni siquiera han leído la nota de la contraportada de su nuevo libro. Hay muy pocas y contadísimas excepciones. Quedemos pues contentos y esperanzados de esto...

En fin, dejemos de ser pazguatos en el ritual mítico de recoger firmas y alimentemos el cerebro con literatura. ¡Que pasen un buen día y que lean un buen libro!

© Manel Aljama (maljama) abril 2009

martes, 14 de abril de 2009

Soy... o tal vez ya no

© MGM Hal 9000 from "2001 a space odity"

Despertó en una habitación de hospital rodeado de gente que parecía conocerle y sin embargo se mostró distante y arisco.
“No me podía negar. Todos me incitaron a que lo hiciera. Pero es que ahora no sé qué era lo que tenía que hacer y no me podía negar. Era mi deber ciudadano. ¡Dios! No puedo recordar más allá de hoy mismo. ¡Ni siquiera sé qué cené anoche! No sé. ¿De dónde han salido todos? ¿Por qué me miran así? ¡Me dan miedo!" —Pensó el individuo.
Los presentes, que rodeaban su lecho, se movían como de forma coordinada y competían por acariciar sus extremidades. El hombre intentó zafarse pero el gotero y unas oportunas correas no le daban mayor libertad.
Se interrumpió el alboroto en cuanto abrió la puerta el cirujano embutido en su uniforme verde difícil de identificar pues llevaba todavía gorro y mascarilla. Llevaba en la mano un portapapeles con el informe médico. El personal entusiasmado hizo un pasillo al recién llegado. Con pasos firmes y seguros se aproximó hasta la cama. Miró con dureza a su izquierda y a su derecha para apartar la cohorte de seguidores. Entraba así más aire en la litera. Con parsimonia y ceremonial ojeó el portapapeles. Miró de arriba abajo al paciente que entre expectante y asustado esperaba saber noticias.
—Tal como habíamos previsto la operación ha sido un éxito. Ya es usted un ciudadano normal. En cuanto la cicatriz del implante esté curada podrá usted irse a su casa. El estado le está muy agradecido —dijo esbozando una gran sonrisa de satisfacción.
Acto seguido se dirigió a los visitantes:
—Denle ánimos. Ya es uno más de ustedes. Ya es un individuo integrado en la sociedad. Ya no recuerda ningún dolor ni ningún placer. Denle ánimos. Sobre todo denle ánimos por el gran paso que ha realizado.

© Manel Aljama (maljama) cuenta cuentos, abril 2009

sábado, 11 de abril de 2009

Me has fallado...

© Manel Aljama Torres Kio Madrid (2008)

    En el despacho de un personaje tan popular como siniestro, estaban reunidos un expresidente de gobierno y un antiguo profesor de secundaria, dedicado a sermonear desde una emisora propiedad de obispos católicos.  Al parecer, el “periodista” había ido demasiado lejos en su ráfaga matutina de mala leche. Los oyentes que había ganado día a día, disparo a disparo, se habían empezado a cansar. Los índices de audiencia habían cambiado de signo.
    En realidad sólo le escuchaban por morbo. El partido le consideraba culpable de todo.  Le juzgaron y la sentencia fue inapelable: Iban a cortar la relación comercial que habían mantenido durante más de una década. Con voz atiplada, hierática e inexpresiva, cobijado detrás de los bigotes ocultadores de leporinos labios, el padrino sentenció:
    —Me has fallado Federico. Me has fallado reiteradamente, Federico. Voy a tener que prescindir de ti.
    —Pero "JoseMari", ¡me debes mucho! ¡Has llegado a lo más alto gracias a mí!
    —No, Federico, no —respondió impasible—, no tienes tanto mérito. Por favor, no hagas perder mi paciencia. Repite: “soy despreciable”.
    —Es usted “despgeciable” —contestó desafiante el reo.
    —¿Pero cómo te atreves?  ¿Quién te buscó la emisora de los obispos?  ¡Desagradecido!
    —Yo no necesito “tgato” de Judas. Me voy con "Pedgo" Jota. Estás acabado —El político sacó un revólver del cajón de su escritorio pero cuando se disponía a encañonar al periodista éste ya había escapado del despacho. Se incorporó y  dio con el fugitivo en el pasillo, a  la altura de una ventana. Federico intentaba abrirla sin éxito. José María quitó el seguro de su arma.
    —¡Adelante! ¡Tírate si tienes lo que tienen los hombres!  Es una "novena" —hizo énfasis— planta.
    El rostro del fanático mostraba el pánico de que era preso. Como un desesperado, consiguió desbloquear la hoja y una bocanada de aire gélido del mes de enero de Madrid entró por ventana. El capo le encañonaba sin contemplaciones. Miró varias veces al abismo y al cañón de la pistola. El sudor corría por sus desencajadas facciones. Los ojos parecían que se iban a escapar de sus cuencas.  Sonó el cargador de la pistola y Federico saltó al vacío. Se escuchó un alarido que fue interrumpido por un timbre.
    Era un reloj que marcaba las cinco de la madrugada. Federico se incorporó en su cama con dosel y desactivó el despertador. Estaba empapado de sudor. Sonaba insistentemente el teléfono.  Cogió el aparato  y al otro lado, una voz familiar, atiplada e hierática, la del capo, le dijo:
    —Federico, hoy, antes de ir para la emisora, por favor, pásate por mi despacho. Tenemos que hablar de cosas importantes. No te preocupes por tu ausencia en el programa de hoy. Ya he arreglado el asunto...

© Manel Aljama (maljama) febrero 2007 - enero 2009

miércoles, 8 de abril de 2009

Mari Trini - Amores

También se fue.
Disfrutamos con su música.

Amores se van marchando
como las olas del mar
amores los tienen todos
pero quien los sabe cuidar
El amor es una barca
con dos remos en el mar
un remo aprietan mis manos
el otro lo mueve el azar

CORO
Quien no escribio un poema
huyendo de la soledad
quien a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar
y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.

Amores se vuelven viejos
antes de empezar a amar
porque el amor es un niño
que hay que enseñar a andar
El amor es como tierra
que hay que arar y sembrar
mírala al caer la tarde
que no lo vengan a pisar

Coro...

Amores se van marchando...

Recopilado por Manel Aljama (fuente de Video Youtube http://www.youtube.com/watch?v=i3Am-vRteXQ)

viernes, 3 de abril de 2009

Será sólo un momento


Piercing Extraño Fuente Internet

El timbre del ático no paraba de sonar. Lo podían oír todos los vecinos. Ajena al barullo, Trinidad,
madre de Javián, el músico ocasional del timbre de la puerta, intentaba protegerse de los primeros rayos solares que se colaban por la ventana tapándose aún más con la exigua manta. Divorciada de su tercer matrimonio le daba calor en el lecho un escuchimizado cubano que roncaba como un oso asmático. El enorme y baboso perro de la vivienda, al que llamaban Beethoven, se espantó por el ruido y se metió bajo el sofá cama del saloncito. La minicadena estaba encendida y hacía ya bastantes horas que el último CD de “reguetón” había atolondrado a los sufridos habitantes del inmueble.
Javián solía vestir pantalones de cintura caída y talle bajo, de esos que enseñaban donde la espalda pierde el nombre. Su cráneo estaba coronado por una cresta de pelo entre negro y amarillo orín, quizá producto de la excesiva oxigenación, aún tiesa gracias a la gomina. Adornaba sus cejas con anillas plateadas. Y remataba su nariz una argolla que le llegaba casi hasta el labio superior. Sus orejas estaban claveteadas de brillantes mientas que los lóbulos tenían dos enormes agujeros forrados de metal.
—¡Cómo mola! —decía a todo el veían y se admiraba por primera vez.
El sol ya llenaba todo de luz matutina. Javián, sin desfallecer había empezado a acompañar el timbre con percusión de su bota de punta metálica que descargaba contra la trotinada puerta. El cubano empezó a oír las quejas de algunos vecinos, disgustados por lo temprano de la diana matinal, pero incorporó los quejidos a su ensueño y se dio media vuelta robándole otra vez la manta a su compañera de catre. Beethoven era el único que podía oír la molesta campanilla de la puerta y actuó dando dos o tres ladridos tras lo cual se dio la vuelta para intentar dormir de nuevo.
Javián mientras tanto, seguía aporreando la puerta y dándole al timbre. De repente se dio cuenta que usaba su dedo corazón pues le faltaba el dedo índice. Entonces recordó que ya no le dolía nada. Y como en una nebulosa o porque las pastillas ingeridas hacía horas empezaban a perder su efecto, se acordó de todo:
—Será sólo un momento. No duele nada. Empleamos anestesia local. Y además tiene las mismas ventajas que los “piercing” —le insistía un individuo con bata blanca y que lucía algunas canas en su enorme cola de caballo.
—¿Molará entonces? —preguntó Javián en forma indecisa y retórica.
—No te quepa la menor duda chaval. ¡Tú no sabes la lista de espera que tengo! Tú decides... está en tus manos si quieres ser uno de los primeros en imponer una moda. Luego no te quejes —insistió el sanitario.
Javián accedió. Los colegas le advirtieron que podía ser un error pero él les contestó que no eran más que un atajo de cobardes envidiosos y que para tener amigos como ellos más valía abrirse las venas en canal. No recordaba nada más hasta el pinchazo de la jeringuilla y el despertar posterior con la obra de arte acabada...
—Pero... —hablando con dificultad debido a los “piercing” de su lengua—, ¿no me lo puedo volver a “ponel”?
—No, Javián, no, tu dedo índice no te lo puedo volver a poner pero te lo puedes guardar en el congelador si lo conservas dentro de esta cajita que te damos de regalo —le respondió el cirujano melenudo al tiempo que le alcanzaba una recipiente de metacrilato con un cojincito en el que el reposaba su dedo índice. No lograba recordar nada más de la consulta de Tattoos y lo siguiente que le venía a la memoria era la reacción de su madre:
—Tiene derecho a cometer sus propios errores —dijo ella cuando se enteró.
Sus recuerdos se interrumpieron cuando desde el ático le lanzaron un llavero que se quedó enganchado en su crin.

© Manel Aljama, maljama (Diciembre 2006 – Enero 2008)
También como Ampútate (Generación Piercing)