sábado, 27 de junio de 2009

Cela, ni más ni menos

“La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena...”



El fragmento reproducido aquí cierra el capítulo VI de "La Colmena" y, leído con ligeras modificaciones, es un excelente colofón para la película, en la voz de Paco Rabal.

A favor unos, en contra otros; pero no cabe duda que es un auténtico premio Nobel de la literatura. En la primaria, la antigua EGB nos tragamos fragmentos de “Viaje a la Alcarria” y ya en el COU (uf ¡que viejo) tuvimos que zamparnos “La Comena”, el libro no la resumidilla película.
De “Viaje a la Alcarria”, casi todo el mundo se tragaba el típico fragmento:

¿Me da tres cuartos de tomates?
—¿Eh?
La verdulera es sorda como una tapia.

Muchos acusan a Cela de haber estado al lado del régimen y muy pocos saben que “La Colmena” se publicó en hispanoamérica porque aquí la censura no lo permitió. Y en esta escena de “Viaje a la Alcarria” da una buena muestra de como su fino estilo crítico. No debieron entenderlo los censores y pasó:

La maestra sonríe.
—Ahora, tú. ¿Cuál fue la mejor reina de España?
—Isabel la Católica.
—¿Por qué?
—Porque luchó contra el feudalismo y el Islam, realizó la unidad de nuestra patria y llevó nuestra religión y cultura allende los mares.
La maestra complacida, le explica al viajero:
—Es mi mejor alumna.
La chiquita está muy seria, muy poseída de su papel de número uno. El viajero le da una pastilla de café con leche, la lleva un poco aparte y le pregunta:
—¿Cómo te llamas?
—Rosario González para servir a Dios y a usted.
—Bien. Vamos a ver, Rosario, ¿tú sabes lo que es el feudalismo?
—No, señor.
—¿Y el Islam?
—No, señor. Eso no viene.
La chica está azarada y el viajero suspende el interrogatorio.

Nótese que la niña recita como un loro (auténtica empollona), sin saber nada. Y el viajero la interroga con precisión: "feudalismo e islam" que desmontan el sistema educativo de entonces.

Y para finalizar una entrevista que no tiene desperdicio:



© Manel Aljama (junio 2009)

jueves, 25 de junio de 2009

No volveré jamás

Fuente internet manipulada electrónicamenteDinora ocupaba una de las cabinas del modesto locutorio al que acudía, como si de un rito religioso se tratase, todos los domingos. Eran ya las once de la mañana y el establecimiento estaba casi lleno. Peleaba con el interfono pues la línea que le había tocado parecía tener interferencias. Tenía que subir el tono de la voz, quizá para salvar a la vez el frito del teléfono y los gritos y el jolgorio de la ocupante del compartimento vecino.
—¿Yerelis? ¿Cómo va todo por ahí?
Al otro lado seguramente debía escuchar la algarabía de los receptores de la llamada. Empezó a hablarles:
—Las próximas semanas ¿saben? no podré pasarles tantos dólares. Estee... Tengo que acabar mi graduación en auxiliar de geriatría aquí en una academia —se hizo un silencio—. ¿No saben? No importa. Es "atensión" a los viejitos. ¿Que si tengo "asento" de acá? ¿Qué quieren que les diga? Vine "hase" muchos años. Dejé allá un Sol pero acá tuve otro. Ya va para siete años y tengo muchas ganas de que vea a sus abuelitos.
Volvió entonces a su memoria la dolorosa partida. El dejar atrás un hijo y viajar miles de kilómetros para cuidar retoños ajenos, limpiar casas o cualquier cosa; y, tal vez no volver nunca más pues el importe pagado por el billete se convirtió en una enorme deuda a favor del prestamista que fue quien le facilitó la documentación falsa para entrar en el país. No se separaba del auricular. La línea pareció arreglarse y volvió a hacer preguntas:
—¿Le pusieron ya los frenos a Abigail? Envié "catrosientos" dólares para el dentista. Creo que con esa cantidad era suficiente.
Con lo que le respondieron volvió a la carga:
—¿Que tuvieron que arreglar el techo? ¿Pero si es de paja y la paja no vale ese dinero? —volvió a preguntar contrariada.
—¡Eso no es así! —Empezaba a perder verdaderamente la paciencia—. Yo ya envié "dosientos" dólares para las muletas del tío Melquíades. ¡Sobra dinero! —prosiguió digustada con su interrogatorio:
—¡¡Eso tampoco es así!! Ya envié quinientos dólares el año pasado para poder cambiar el closet completo y el cuarto de aseo. Había dinero "sufisiente" ¡Me están dando un disgusto!
Dinora había empezado a agitarse y a hacer aspavientos dentro del caluroso cuchitril, tan bochornoso como las noches de su país de origen. Cada vez que hablaba con los suyos, sucedía igual, era como si el cálido clima tropical se colase por el conducto telefónico y llegase hasta donde ella estaba. El contador de pasos se incrementaba por momentos, lo mismo que la temperatura del locutorio y el estado de nervios de Dinora.
—¿Pero cómo que gastaron "tresientos" dólares en el casino? —ya estaba furiosa—. Yo vine acá a trabajar como una esclava y ustedes ni siquiera emplean el dinero en lo que les mando. ¿Cómo me "hasen" esto?
...
—¿Cómo que deben "ochosientos" dólares de una granja de gusanos para pescar? ¿Quién "hiso" ese "negosio"? ¿Al banco? ¿Si no tiene crédito? ¿Que usaron mi firma? ¿Cómo pudieron "haserme” esto a mi? —acabó fuera de sí y colgó el auricular.
Dinora recordó el día de su llegada. Nada más bajar del avión tuvo la intuición de que no volvería jamás. Le dolió que le hubiesen llamado puta en su partida. No cerró la cabina. Pagó y al salir del locutorio supo de verdad no volvería nunca más y que si lo hacía era para exterminarlos a todos.

(c) Manel Aljama (agosto 2008-junio 2009)

sábado, 20 de junio de 2009

El señor Juan

Mascletá by Sergio Varona Moya (2005) de internet
A aquella hora de la tarde cuando el sol aún no se había acabado de poner y las estrellas se habían adelantado, en el momento en que el calor de la próxima canícula había hecho un impetuoso y súbito avance, el señor Juan salió al balcón a respirar la cálida brisa vespertina. Aquel atardecer no era de un día ordinario. El señor Juan, embutido en su viejo pero noble batín, aguantaba expectante el desarrollo del festejo. Seco y enjuto bordeaba los setenta y lo único que conservaba prieto era su bigote, digno de las añejas y casposas películas de la posguerra española con las que tanto disfrutaba en su vetusto aparato reproductor de VHS. Había amenazado furibundamente a los muchachos. No esperaban una reacción así. Tampoco él que siempre era un poco cobista con ellos. El tejido que le aislaba del relente empezaba a ser demasiado cálido para aquella época del año. Esa noche según la vieja costumbre iba a ser ardiente. Pensaba que con tanta modernidad las tradiciones prescindibles se perderían. Ya no haría falta ejercer de policía y de salvaguarda de las sanas costumbres y del respeto mutuo entre los conciudadanos. Pero aún tenía un cierto temor de que la plebe, la gente ordinaria, la que no era como él, insistiera en repetir la fiesta pagana que le iba a perjudicar únicamente a él. Porque más que la celebración del rito popular, lo que le preocupaba de verdad era que sufriesen sus plantas. Que saliesen malparadas sus rosas de pitiminí, sus clavelitos, las azucenas y los lirios que había ido sembrando y regando a lo largo de todo una año; para que ahora con un cohete lanzado vaya usted a saber dónde le destrozase su particular jardín de balcón de vecinos. Hasta ahí podía llegar el señor Juan. Había aguantado la muerte del dictador, las autonomías, la ley del divorcio y un montón de normas de lo más indeseables. Pero no, jamás celebraría su onomástica. La verbena de San Juan debería estar prohibida pensaba el señor Juan. Si nadie intervenía él estaba dispuesto al sacrificio. Se disponía a pasar toda la noche en previsión de que algún granuja rompiese la armonía de su jardín. Se había proveído de abundante munición. Iba a vender cara su derrota.

© Manel Aljama (junio 2009)

domingo, 14 de junio de 2009

Voces misteriosas

(arrancar el fondo musical para acompañar la lectura)

Acarició el vasito, de esos destinados a contener licores fuertes; lo volvió a llenar de whisky de una botella medio vacía. La estancia estaba nublada por el humo de los cigarrillos que, escatimados de uno en uno a los vigilantes, había conseguido introducir en el cuarto. La bebida también había entrado a escondidas. La habitación, sin excesivos lujos, tenía una cama metálica acoplada a la pared, idéntica a las que se usan en los centros penitenciarios, una mesita de noche blanca con un estante suficiente para albergar cosas de cierto tamaño y que tenía dos cajones en la base. Un sencillo escritorio, arrimado a la pared que daba a la ventana que estaba guardada por una reja, que permitía el paso de la luz y el aire cuando sus hojas estaban abiertas. Una silla estaba encajada en el escritorio. El blanco, algo apagado o tal vez sucio, iluminaba la habitación. Algunas postales estaban enganchadas de manera dispersa rompiendo la uniformidad del color. La puerta estaba acolchada en un tono amarillo crudo o puede que fuese el color del escay envejecido.

Estaba cada vez más abandonado a la dispersión del alcohol en su sangre. Pero aún conseguía mantener el vaso entre los dedos y acertar con el chorro de la botella sin derramar una gota contrarrestando con gran esfuerzo los temblores que atenazaban su brazo y el ahogo que aprisionaba sus pulmones. Sus pensamientos iban y venían a velocidad vertiginosa y le producían una amalgama de sensaciones pasadas, presentes y futuras difíciles de dilucidar. Creyó oír como un murmullo pero descartó eso pues casi todos sus convecinos eran muy respetuosos con las reglas del centro. Poco a poco el runrún fue adoptando cada vez más la forma de tonada que le era familiar. Creyó que estaba escuchando una vieja canción conocida, como en esas ocasiones en que se recuerda una melodía de forma insistente y que a fuerza de repetirla se llega a la conclusión que es una rememoración ancestral. Otro trago más, quizá el penúltimo, pues el licor del mismo modo que su serenidad, se iba agotando; no impedía la música que cada vez más escuchaba con nitidez y persistencia.
“how-ah-khan-ada-hy…
ah-uh nayah oh-wa oh-wa
shon-day oh-wa oh-wa
shon-day can-non non noha noha
ah-uh nayah oh-wa oh-wa
shon-day oh-wa oh-wa
shon-day yeha-noha noha”
Y una voz, en medio del cántico, repetía una y otra vez: “how-ah-khan, recuerda de quién eres hijo” ... “how-ah-khan, recuerda de quién eres hijo”. Ya en el umbral de la inconsciencia y puede que de su muerte vislumbró un libro de la escuela donde se leía, “Howahkan, en sioux ‘voz misteriosa’, hijo descendiente directo de Tananka Yotanka el astuto jefe indio que derrotó al general Custer.

Para un poquito de más ambiente:


© Manel Aljama (maljama) abril 2009

lunes, 8 de junio de 2009

Se ha marchado

Fuente internet Se ha marchado
La niña de unos dos años juega con su padre en el salón de casa. No tiene muchos juguetes. La magia de la imaginación hace que él sea marioneta y la pequeña una titiritera. Sentados en el suelo, fuera de la alfombra, se lo pasan de miedo. Se hace el muerto y se deja caer de espaldas sobre los cojines que están esparcidos sobre la gruesa y enorme moqueta. Nada más verlo la hija acude rauda para atenderle. Primero intenta, con mucho esfuerzo, levantarlo cogiéndole por los costados. De repente repara que su padre tiene las piernas levantadas, perpendiculares al suelo. Entonces se le ocurre que si las empuja hacia abajo, levantará el medio cuerpo de su papi. Sonríe agradecida ante el triunfo. La risa es pura e inocente. Se le cae el chupete que aún de tanto en tanto lleva consigo. El padre vuelve a las andadas, ésta vez con el torso erguido. Entonces ella descubre el cambio en las reglas del juego. Cuando el tórax de su padre está levantado, las piernas están en el suelo. Ahora ella empuja el tronco y levanta las piernas hacia el cielo. Ahora empuja las piernas hacia abajo y levanta el tronco. Así una y otra vez, como un juego sin fin. Así como en una danza de pasos sabidos pero nunca antes aprendidos ni memorizados, pasan el tiempo o tal vez, pasan ellos. El juego sigue pero de repente se da cuenta de todo. Intenta reanimar al padre. Pero ahora ya no juega, ya no responde. El juego se ha acabado. Su padre ha muerto. Se ha marchado.

© Manel Aljama, (junio 2009)

lunes, 1 de junio de 2009

Se va a buscar la ruina

IBM 360 Fuente InternetSoplaba una leve brisa y hacía un sol radiante. Apenas movía un músculo. Unos treinta metros más abajo los transeúntes se empezaban a detener curiosos ante el espectáculo que estaba ofreciendo. Allí, de pie sobre la estrecha cornisa y arrimado todo lo que podía a la pared. A unos escasos metros, asomados a la ventana, había dos individuos. Uno de ellos vestía traje y corbata; el otro, que parecía muchísimo más joven que el primero, llevaba una bata blanca. El más viejo se dirigió al que estaba de pie en el arimez.
—¡Peláez! ¡Vuelva de una vez! —le ordenó— ¡Se va a buscar la ruina!
Peláez no contestó, quizá por reafirmarse en su postura o tal vez por no perder el equilibrio y caer al vacío. Aquello era muy estrecho y ya se estaba empezando a arrepentir de la aventura. La ventana le quedaba a unos cuatro metros. Una distancia que le parecía ahora mucho más larga de recorrer que cuando inició su protesta.
Abajo se habían aglomerado ya casi un centenar de personas. Algunos señalaban con el dedo índice mientras se ponían la otra mano a modo de visera para poder observar mejor. Nadie había llamado todavía a la policía o las ambulancias.
—¡Están hablando! —dijo un espectador.
—Por favor, ¡callen! ¡Que no nos enteramos!
Se hizo un silencio forzado y se pudo escuchar el otro fragmento de la conversación.
—¡No y no! —Decía tajante en su papel de jefe el que llevaba traje— Vamos a implantar el departamento de mecanización de datos. Le guste o no. ¡Métase sus libros de cuentas por donde le quepa! ¡Tírese si quiere!
Dio media vuelta y cerró ventana. Peláez se quedó solo. Muy solo. Sonaban las sirenas aproximándose.

© Manel Aljama (marzo 2009)