miércoles, 16 de diciembre de 2009

Riesgo posible



El hombre miraba desde la ventanaza, escondido tras una difusa cortina, en compañía quizás de su única y última garrafa de agua desinfectada. Se sentía extraño, inquieto, pero sin miedo o tal vez no sabía qué era eso del temor. Refugiado en los mejores laboratorios nunca había sentido mayor pánico que el que se siente ante un posible error en los experimentos. De tanto en tanto miraba el envase. Sí, todavía estaba lleno. Todavía se podía beber antes de que fuese demasiado tarde. Apartó el trapo y se alzó con cuidado. Estaba en un segundo piso pero no quería correr mayores riesgos. Aquellos seres de tez más pálida y cetrina, vestidos con monos oscuros y que vagaban por la calle como autómatas sin rumbo, le intimidaban como nunca antes lo habían hecho. Lamentarse no serviría de nada También era tarde y no quedaba otra oportunidad para reparar el error. Tenía que haberlo previsto antes. Pero siempre fue poco exigente consigo mismo. Era consciente de que si le descubrían, sería su fin. Pero cada vez que miraba la garrafa sentía escalofríos. No sabía qué sucedería primero, si su captura o la consumición del líquido. Tenía aún una pequeña y exigua esperanza de no ser descubierto nunca. Eso facilitaría las cosas a la posteridad. Le daría un halo de misterio a la catástrofe. Nunca se sabría a ciencia cierta qué ocurrió. Poco a poco se fue alzando y ya tenía el rostro al descubierto, por encima del antepecho de la ventana. De repente uno de los caminantes reparó en su faz. Los ojos rasgados de aquel ser se encontraron con los suyos. Como un acto reflejo se agachó lo más rápido que pudo. Pero con tan mala fortuna que su pierna golpeó la vasija de manera fatal. El agua, no contaminada empezó a derramarse por el suelo. Se volcó sobre el charco y, de rodillas y apollado en sus manos, empezó a lamerlo. La madera absorbía el agua con más rapidez que su poco avezada lengua. Con esas gotas desperdiciadas se acaba la raza blanca. Maldecía que le hubiesen encargado exterminar a todos los asiáticos del planeta usando el agua de la bebida. Un error con el ADN indicado, pensaba, era un riesgo posible.

© Manel Aljama (octubre 2009)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El catecismo





El sitio era oscuro, incómodo y hacía mal olor. La decoración asustaba. El ambiente estaba muy cargado, prácticamente era irrespirable. El niño se resistía pero él permanecía impertérrito:
—He dicho que de rodillas.
—¡Hay! es que me hace daño y me duele...
—¡De rodillas!
Se hizo un silencio pero al poco volvió a insistir:
—¿Cómo te llamas?
—Miguel —respondió la criatura casi con un hilo de voz, sin fuerzas casi.
—¿Miguel qué? —le interrogó.
—Miguel Caracol, señor
—Caracol ¿eh? ¿Y sabes de dónde viene tu apellido?
—¡No señor!
—Viene de muy antiguo, de cuando las tierras de España estaban invadidas por los moros. Las familias pobres y sin tierras, que llevaban “la casa a cuestas”, ocupaban los terrenos que los musulmanes abandonaban en su huída. Como ves, no viene sólo de que tu familia sea pobre.
Miguel no había entendido casi nada de la disertación.
—Veamos —volvió al ataque—, ¡Habrás hecho cosas malas! ¡Cuéntamelas!
—Yo ¿cosas malas? no.
—¿Cómo que no? Si yo te contase lo que hizo tu abuelo en la guerra. Él ya no está pero tengo al pequeñajo y pagarás por él —dijo mientras le pellizcó la mejilla.
—¿Pagar señor? Si yo no tengo dinero. Me han obligado a confesarme y no sé lo que es. Yo no he hecho nada malo...
—¡Silencio! insolente niñato. ¿Cómo te atreves a replicarme?
—¡Hay! me hace daño —se quejó el pequeño mientras intentaba zafarse de la enorme mano que le asía por el hombro y le obligaba a mantenerse de rodillas.
El adulto zanjó la cuestión propinando un pescozón al chaval. El niño devolvió la mirada, con ira. Se encontró un demonio, con gafas de pasta gruesa y lentes de muchos aumentos que deformaban los ojos hasta hacerlos casi demoníacos. Un pelo entre negro y gris, esculpido a navaja de líneas rectas que más bien parecía estar pintado que vivo. Llevaba aquel agresor timorato un enorme vestido negro, a modo de tubo que le cubría de pies a cabeza, con una enorme bragueta de botones también oscuros. El pequeño sentía arcadas del nauseabundo tufo que desprendía su indumentaria.
Después de propinarle dos bofetadas y varios zarandeos el párroco miembro de la comisión "Dejad que los niños se acerquen a mí", se sintió satisfecho pues arrancó al muchacho una buena confesión. El pobre niño que nunca había mentido se vio obligado a reconocer que odiaba a su hermanita más pequeña y que envidiaba a los niños de familias pudientes del barrio. Sabía que mentía pues eso lo decía el catecismo que le habían dado aquellas señoras después de la escuela. Aceptó la penitencia que le impuso el cuervo con sotana antes de que le lloviesen más hostias. El muchacho deseó crecer y ser fuerte para poder algún día devolverle al miserable hombre de negro aquella paliza. No se salió con la suya. El párroco murió de un ataque de apoplejía en pleno sermón el día de las primeras elecciones democráticas de 1977.


© Manel Aljama (noviembre 2009)
Fuente ilustraciones internet
El relato contesta, complementa (espero) a El origen del rencor de Andrés Hernández