jueves, 30 de diciembre de 2010

Año nuevo vida nueva


El timbre sonó con la misma potencia que una corneta militar iniciando el ataque. Volvió a tañer. Cruzaron las miradas. Unas, las de los dos pequeños, a medio camino entre el asombro y el miedo. Las otra, las de los progenitores, directamente de miedo. Los visitantes enseñaron papeles, órdenes dijeron.
La prole guardó silencio de circunstancias. Una lágrima tímida no pudo contenerse y resbaló por la mejilla de mamá. La más pequeña, con la boca taponada por un chupete, quizá para matar aún el más el hambre, abrió más los ojos al contemplar el fenómeno. El mayor contuvo el aliento y el brazo de él estuvo firme al lado de su pareja. No opusieron resistencia. Un grupo de operarios irrumpió en la estancia. Los cuadros fueron descolgados, el perchero de la entrada, también. El televisor, el equipo de música y un viejo ordenador fueron los siguientes objetos que salieron por la puerta. Siguió el frigorífico con su contenido dentro y la vetusta lavadora. Con celeridad desmontaron el resto de muebles que pieza a pieza y en manos de los intrusos desaparecieron escalera abajo. No dejaron ni una lámpara. Sólo el silencio interrumpido por el barullo del tránsito de un triste lunes por la mañana en una despiadada urbe.
Dos pisos más abajo y junto a la acera, la policía municipal había acordonado un pequeño rectángulo de acera con cinta de plástico, esa que es azul y blanca. Allí habían depositado uno a uno todos los enseres de una familia desahuciada. Habían cumplido su deber, las órdenes del juez a petición del banco. Al marchar, el guardia municipal saludó a la familia, había cumplido su deber...

© Manel Aljama, 30 de diciembre de 2010
ilustración encontrada en internet.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Vartok rojo


Invadió la última aldea que quedaba en pie y que le había plantado resistencia. Dominaría así toda la región. Pero no se detuvo en eso. Deseaba borrar todo vestigio de los vencidos. Quería estar convencido que todas las mujeres habían sido forzadas repetidamente durante dos lunas. Nadie de la estirpe derrotada debía sobrevivir y para eso mandó matar a todos los varones y reventó el vientre de todas las preñadas que se encontró. Las cabezas de sus jefes fueron colgadas en jaulas a la entrada del poblado. Se coronó rey supremo de aquel gineceo de mancilladas. Tomó por esposa a Vana, la sacerdotisa, la mujer más bella que había podido resistir indemne y sobrevivir a los ultrajes. El matrimonio duró hasta la noche de bodas. La druida le maldijo después de haberla hecho suya y él, impasible, hundió el puñal en su pecho y con las dos manos le arrancó el corazón que humeante se lo dio a comer a los perros famélicos que aguardaban en el exterior de la cabaña nupcial. Pensó que así desharía el sortilegio de Vana. Vartok se mantenía fiel a su sino y no conocía otro color que no fuera el rojo de sangre. Allí donde sus sandalias hollaban todo se volvía bermellón.

De pequeño le advirtieron que no violase la ley suprema del Dios de la Montaña. No estaba en su memoria pero seguía los pasos de su padre. Como si fuese un ciclo sin fin donde el sueño se transformaba en pesadilla, a la que inexorablemente le seguía el mal humor sanguinario de una vigilia hambrienta de venganza para volver a sucumbir en la embriagada pesadez de Morfeo. Vartok no creía en preceptos, ni en reglas. Deseó poseer el cuerpo de su cuñada Nava. No dudó en matar a su hermano y así tomó por esposa a su viuda. Tendría que vivir justo para poder darle un heredero. La vigilaron día y noche. La confinaron lejos de la orilla del tramo más profundo del río. Mantuvieron los puñales y demás armas fuera de su alcance. Se negó a comer. La obligaron a alimentarse. Nava, en su agonía tuvo una última lucidez. Decidió acabar para siempre. Volvió a comer. Tenía que llenar su vientre antes que el monstruo que crecía en sus entrañas fuese arrojado al mundo para perpetuar la saga de Vartok. Nada sospecharon. Se lo comía todo y mientras más ingería más alimento demandaba. Las mujeres comprendieron su actitud y su necesidad. Fueron solidarias. Le ayudaron. No fue fácil traspasar el control de los guardianes pero consiguieron hacerle llegar una mezcla fatal de belladona y cantárida, suficiente para finalizar sus penas.

Vartok lleno de desasosiego huyó a la montaña. En sus noches no paraba de repetirse la pesadilla. Se veía caminando por un interminable y oscuro túnel con la mano puesta sobre el corazón. Si alejaba la mano sentía una quemazón en su interior. En su andadura siempre se cruzaba con una jauría de perros rabiosos que se le tiraban sobre su seno. Entonces descubría un hueco traslúcido en el sitio que debía ocupar el núcleo de su alma y por el que los canes furiosos le empezaban a devorar. Los más torpes y rezagados se contentaban dando cuenta de sus dedos y extremidades. Creyó que en la montaña encontraría la paz. Imploró, aunque con cierta soberbia, acabar para siempre con el delirio. Como su progenitor, como todos los de su linaje, a duras penas se arrepentía de sus acciones. Cualquier roca, cualquier arbusto en los que fijaba su mirada tenían la cara de Nava pero detrás aparecía la de la maga Vana, la druida que le maldijo. Y la montaña le respondió. Escuchó su hálito abrasador. Le castigó. La tierra tembló bajo sus pies. Le llovieron cientos de piedras. Cuando cayó la última roca ardiente supo que la druida había vencido y que él, sucumbía al fatal magma justiciero que le vomitaba el cráter.

© Manel Aljama  septiembre 2008 (revisado septiembre de 2009)
Origen ilustración : Internet

sábado, 27 de noviembre de 2010

Vacaciones en el mar


La muchedumbre multicolor accedía sin grandes problemas a la plataforma principal. Por los altavoces se escuchaba una músicas suave, cansina e impersonal de esa que suele haber en las consultas de los dentistas. De vez en cuando por los altavoces anunciaban: "Bienvenidos al Princesa del Pacífico 2, el crucero más moderno y cómodo del océano. Siéntanse como en su casa. En breve zarparemos con destino a Honolulu". Dos figuras de mediana estatura se habían apartado del grupo y contemplaban el lujo de las columnas y la tapicería de la embarcación. Comprobaron que se asemejaba más a la nave central de una gran superficie comercial que al crucero de lujo que vieron la agencia de viajes del club de jubilados Golden Down.
—¿Crees que tendremos suficiente con un único talonarios de cheques, Wilbur? —preguntó la figura femenina con su faz llena de arrugas, parapetada con unas enormes gafas de concha de color amarillo y embutida en ropa que podría ser de su hija.
—No sé, Carol, sólo el pasaje se ha llevado buena parte de los ahorros... —respondió ala figura femenina enseñando al hablar una dentadura tan blanca como artificial.
—Es normal, el bufete es libre y podemos comer, digo puedes atiborrarte de todo lo que te apetezca Wilbur.
—¡Qué menos! —Exclamó su marido—, por lo menos pondrán buena música, ¡ya sabes!
Los altavoces volvieron a la carga: "No se pierdan esta noche el show de Johnny Perry su orquesta. Todos están invitados al show Los grandes éxitos de Frank Sinatra". Y empezó a sonar una versión de "New York New York" no apta para diabéticos crónicos.
Una vez habían llenado el escaso camarote con todos sus enseres se vieron en la obligación de salir de compras. Se habían dado cuenta que el crucero no estaba pensado para quedarse en el diminuto compartimento, sino para gastar todo su dinero durante todo el trayecto. Ya habían zarpado y la fiesta de bienvenida estaba en su apogeo. Así, una patulea de sesentones se entregaba a la liturgia del baile salvaje y espontáneo o puede que sólo combatiesen a pisarse callos y ojos de pollo. La orquesta de Johnny Perry tocaba de todo, tecno, blues y el cantante imitaba con el mismo registro desde Elvis Presley hasta Frank Sinatra. No había pasado una hora cuando habían devorado toda la pitanza haciendo alarde de gran facundia. Al lado de la comida de Golden Down esto era un manjar de gourmet. A penas quedaba comida sobre las largas mesas y el cansancio había empezado a hacer mella entre el gentío. Por los altavoces empezó a sonar una melodía quisquillosa al estilo "dreams, dreams dreams..." Con la musiquita de fondo una voz melosa anunció que por causas ajenas a la organización el destino no iba a ser Hawai sino el Caribe y que ya habían puesto rumbo hacia Panamá para atravesar el canal.
—¡No lo soporto! —se quejó uno, musculoso de brazos y delgado de radiografía a la vez—, ¡Noo, diosss, es lo que ponían cuando estuve preso en Vietnam! ¡Un infierno, esto es un inferno!
Agarró una botella de ponche y la rompió contra una columna. La enarboló como un arma.
—¡Esto es injusto!
—Hemos pagado mucho dinero. ¿Dónde está el capitán?
—¡Me niego a acercarme a Cuba! ¡Está lleno de vietnamitas! ¡Los puedo oler! —Añadió el de la botella en ristre— ¡No quiero ir allí!
—¡Organicémonos! —clamo Wilbur enseñando sus relucientes piños.
—¿Dónde podemos conseguir armas?
—Yo tengo algo que os puede servir —respondió un hombre menudo pero de complexión atlética y entrado en canas—. Venid a mi camarote.
Resultó ser un cocinero aikidoka que se había traído su panoplia de cuchillos y había conseguido camuflar varias katanas. Se repartieron en comandos de no más de cuatro o cinco hombres para hacerse con el control de la embarcación. El exmilitar acompañado de otros más mayores que él se dirigieron hacia el puente de mando. Se encontraron con un oficial que al verlos de aquella guisa exclamó
—Pero abueletes... ¿dónde va así? Ja ja si parece que...
No pudo acabar la frase. Un certero toque de llave inglesa en la sien lo había dejado fuera de combate. Fue fácil hacerse con el control del barco. Uno de los amotinados había sido marino hasta hacía poco y logró desconectar todos los elementos de control que los hiciesen localizables y se cuidó mucho de activar el escudo antirradares que esquivaban todos los barcos desde la antigua Guerra del Golfo. En pocos minutos la totalidad de la tripulación yacía adormecida y atada como morcillas en la bodega del barco. Para ello habían empleado desde cinta de embalaje hasta cortinas de los camarotes. Les habían hecho ingerir una buena dosis de somníferos que habían encontrado en la enfermería del transatlántico.
Lejos de allí interrumpieron al presidente, el cual estaba encerrado en su despacho oval entregado a un ritual animista para mirar de arreglar la precaria situación económica de la nación...
—¡No les tengo dicho que no me interrumpan cuando estoy reunido! —se quejó.
Los dos asesores se miraron con cara de no entender. El jefe del estado les dejó que explicasen el motivo de tanta urgencia.
—Dejen que pase el tiempo y luego que se den definitivamente por desaparecidos. Así sus familiares podrán arreglárselas con la compañía y las aseguradoras. Ah, informen que es cosa de los talibanes... como siempre.
—No entiendo.
—¿Es que está sordo? Le repito que no aparezcan nunca más ¿entiende?
Mientras tanto en el barco reinaba una dicharachera camaradería
—¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿A Hawai?
—!No! Sería el primer sitio donde nos iban a buscar —respondió el nuevo capitán—. Vamos a Puerto Vallarta en México. Nos quedaremos allí.
—¿Y el barco?
—Lo vendemos a los de allí y ya se encargarán de hacerlo desaparecer...
—¿Y la tripulación?
—¡Ja! Esos son todos mercenarios. Allí encontrarán trabajo sin dificultad. Cuando se enteren que su compañía había quebrado cinco minutos antes de empezar el crucero...

© Manel Aljama (octubre 2010)
foto Sea Princess origen internet.

martes, 16 de noviembre de 2010

Caer está permitido, levantarse es obligatorio (*)


El despacho del galeno está lleno de objetos de diseño que dan el aspecto más de un abogado que de un consultorio clínico. Con las gafas para ver de cerca el doctor ojea una y otra vez un fajo de papeles que forman parte del informe (sin forma alguna). Al otro lado la espera. La tensión. La calma chicha, presagio de una tempestad inminente.
—Verá… —carraspea—, los análisis son concluyentes. No me cabe la menor duda —se hace un silencio—, a la vista de todas las pruebas me temo...
El visitante no le deja acabar, se levanta de golpe y sale de la consulta. Desea respirar el aire, todavía fresco y con olor a salitre del mar cercano que se respira por la mañana.

© Manel Aljama (noviembre 2010)
* Proverbio ruso y también atribuido a Morihei Ueshiba

lunes, 1 de noviembre de 2010

Menos tu vientre de Miguel Hernández




Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.


Casi se me pasa hacer una modesta contribución a Miguel Hernández. Suerte que Amelia me lo hizo recordar: http://azulmareterno.blogspot.com/2010/10/homenaje-miguel-hernandez-dos-poemas.html. Aquí he deajdo "Menos tu vientre" publicada en el Cancionero y romancero de ausencias" (1938-1941) y conocida gracias a Serrat.

© Manel Aljama (noviembre 2010)

martes, 26 de octubre de 2010

Pueden venir sus vecinas


Dolores era una mujer que hacía honor a su nombre y sus padres le habían antepuesto el cristiano "María de los". Vivía en un distrito en constante transformación. Así, la peluquería del barrio, la de Mari Carmen, la "de toda la vida", había pasado a manos de unos simpáticos chinitos. Al frente estaba una jovencita, Sun Li, que dominaba tres idiomas. La pobre Dolores padecía eso, "dolores". Ya le tocaba un poco de tinte para tapar las canas y decidió acudir a los chinos desoyendo las advertencias de sus amigas que le decían que era un sitio raro y sólo para chinos. Entró en el establecimiento y comprobó que los propietarios apenas habían hecho cambios. Bueno, divisaba al fondo del local una cortina oscura. Era la antigua trastienda. Sun Li, la jefa se presentó, parecía muy amable y simpática. Dolores explicó a la joven que quería teñirse y cortar un poco, en especial aquellos cabellos que ya no tenían fuerza ni para agarrar el tinte. Al sentarse dijo que le dolían las cervicales, los hombros y parte de la zona lumbar.
—“No se pleocupe señola Dololes. ¿Quiele un masaje especial pala las celvicales?”
Dolores se quedó sorprendida. Nunca había recibido ningún masaje y ahora aquella chinita sonriente con una dentadura blanquísima como la nieve virgen le estaba ofreciendo algo que siempre había deseado. Aceptó. La peluquera le hizo pasar detrás de la cortina. Había pequeños departamentos separados también por cortinajes. La chinita anotó algo en un papel que dejó en la mesilla. Le hizo quitarse la ropa y tumbarse boca abajo en la camilla. El sitio era sencillo, sin lujos, pero acogedor. Le hizo extender los brazos para relajar los omoplatos. Le dijo que cerrase los ojos y que se dejase hacer.
Sintió un como un algo viscoso y frío se depositaba en mitad de su espinazo. Luego, creyó sentir unas manos suaves y expertas que repartían la viscosidad fría por toda su espalda. A poco, el frío, y los escalofríos que recorrían toda su columna, se empezaron a transformar en un calorcillo agradable. Se dejó llevar. Parece que perdió la noción del tiempo. Estaba en manos de las sensaciones. La tibieza del masaje hacía de las suyas y empezó a notar como una especie de calor y humedad en su bajo vientre. Le pareció que era una sensación conocida pero que había quedado en el fondo de la memoria. Casi la había olvidado.
En un estado entre vigilia y sueño quiso abrir los ojos pero no podía. La sensación agradable y placentera podía más. Simplemente había asumido "relájate y disfruta". La humedad de su bajo vientre era más que notoria pero nada podía hacer. El gozo podía más. Ahora se había sumado un cosquilleo en la zona del ombligo y en las puntas de los dedos de los pies. Se notaba llena. Algo estaba dentro de ella pero simplemente siguió la corriente. Movió el brazo derecho y empezó primero a chuparse y después a morderse el pulgar. La respiración se le aceleraba pero estaba sumida en una sensación agradable. Seguía con los ojos cerrados. No quería estropear nada. El gozo era ya placer. Percibía su sudor pero seguía sintiéndose a gusto. De pronto un escalofrío recorrió su columna desde el bulbo raquídeo hasta el cóccix. Luego perdió el control de sus piernas y sintió como su bajo vientre se venía abajo. Sintió Calor, ardor, placer y algo parecido a lo que sentía cada vez que iba a orinar después de aguantarse durante mucho rato. Se durmió con el dedo en la boca.
—Señola Dololes —Sun Li le despertó con la misma sonrisa.
—¡Uff! me he quedado dormida. ¡Oh! ¡No me duele la espalda nada nada...!
Dolores se incorporó. Estaba completamente desnuda y ella creía recordar que las braguitas se las había dejado puestas. Sun Li, recogió el papelito de la mesilla. Ella misma le cortó el pelo y le hizo el tinte. Llegó la hora de pagar.
—¿Cuánto te debo?
Ciento vinte eulos.
—¿Tanto?
—Si señola Dololes. Mile, —le enseñaba el papel—, un masaje, ofelta de la casa, 40 eulos. Coltal y teñil 20 eulos, un masaje feliz de Yu Li, 60 eulos. Si no puede pagal no se pleocupe. Se lo puede contal a sus vecinas pala que vengan...

© Manel Aljama (junio 2010)
Fuente fotografía internet.

domingo, 17 de octubre de 2010

Rayo de sol


Recientemente este blog ha recibido el premio "Sunshine Award" por gentileza de EAU (A veces Euria y siempre Idoia) http://sinquimicanohaybiologia.blogspot.com/ . Parece ser que mis palabras, junto a otros afortunados, seducen. Bueno yo humildemente intento que quien me lea no quede indiferente. Y eso también lo sabe hacer EAU, y claro pedir que le hagáis una visita me parece que no es mucho y estoy seguro de que vais encontrar, empezando por el sugerente título: "Sin química no hay biología", y eso es cierto, vivencias de una mujer moderna que en cada artículo sabe combinar y dosificar los elementos para que se conviertan en una joya personal y única.

Y ahora, tengo que nominar yo a otros doce:

Es un placer para mí conceder este premio a doce blogs. En realidad doce personas que me han seducido con sus palabras:


Creo que he cumplido con las reglas que se deben seguir los premiados y que son:
  1. Guarda la imagen y postéala en tu blog.
  2. Pasa este premio a 12 bloggers.
  3. Pon un link a los nominados.
  4. Haz saber a los nominados que han recibido este premio comentando en sus blogs.
  5. Comparte tu aprecio y pon un link al blog de la persona de la que recibiste este premio.

© Manel Aljama (octubre 2010)

martes, 5 de octubre de 2010

Buscaba debajo de las piedras


En la radio sonaba la voz ronca, quizá por causa del tabaco, de un locutor que hablaba en tono serio, circunspecto y dogmático. Pero a él, esos sonidos no le llegaban. Para que los notase tenían que ser finos, extremadamente agudos. Entonces era muy joven y se dedicaba a corretear sin preocuparse por el ruido, y, ni siquiera por las órdenes. La comida siempre estaba a punto. Jugar y poco más. Era feliz. ¡Qué más quería! Si se portaba mal se quedaba sin jugar y sin salir. Lo normal. Si por el contrario había sido obediente y fiel todo eran premios. Podía retozar y  respirar aire fresco y puro de los campos que rodeaban la casa.
A su alrededor todo cambiaba aunque él no lo percibía. Unos y otros como en un teatro de guiñol iban saliendo de la escena. Cuando esto sucedía, el resto de habitantes vestía de negro y se pasaba una noche en vela. Pero luego ya todo volvía a ser como siempre, aunque con uno menos. Aguantaba con estoicidad cada vez que ocurría algo así.  Sin casi saber cómo, había reducido el ritmo de la diversión pero seguía teniendo la misma hambre que de pequeño.  Pero él no reparaba demasiado todo eso. Era fiel a su rutina, como un esclavo atado a lo cotidiano y que por pereza o comodidad ni siquiera intenta romper el fino y delicado hilo que une las obligaciones con las satisfacciones.   Con su mirada buscaba la comunicación con el resto pero pocas veces tenía éxito. Como de nacimiento no podía hablar, el lenguaje de los gestos fue siempre su medio de comunicación.  Poco a poco los otros fueron desapareciendo hasta que un día se quedó sólo y marchó del lugar. Sin nadie que se hiciera cargo vagó desorientado por las calles, frecuentando la compañía ocasional de otros como él hasta un día como por casualidad fue a parar a la casa.  En la vivienda apenas entraba luz y parecía completamente deshabitada.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. No entendía nada. Ya era bastante mayor y se sentía cansado por poco que fuese el esfuerzo.  Hasta el polvo le hacía estornudar.  Pero se puso a buscar y no paró de dar vueltas por todos los rincones. No sabía por qué pero no paraba de recorrer todos los pasillos y habitaciones. De haber podido habría vuelto a buscar debajo de las piedras. Al final, sin resultado acabó sabiéndose sólo y abandonado y se tumbó a gimotear. La infancia feliz con el comedero lleno y las caricias estaban ya en un recóndito rincón de la memoria, casi perdidas.  Tenía los ojos húmedos y la visión era muy borrosa. Creyó ver como unas luces blancas que salían de las paredes. No tuvo miedo. Meneó el rabo y se dejó acariciar.  No tuvo fuerzas para ladrar de alegría y exhaló su último suspiro.

Dedicado a Tupi, la compañía fiel de mi amiga Núria Casajuana, un perro encantador. Los mejores homenajes se hacen en vida ;)

© Manel Aljama (septiembre, 2010)
© Foto Marta Aljama (enero 2008) manipulada electrónicamente

lunes, 13 de septiembre de 2010

El Chico


Le llamaban “El Chico” aunque era casi seguro que debía superar la cuarentena. Solía ir ataviado con una gorra de pana en invierno y, cuando hacía menos frío, usaba otra otra deportiva de algodón.  Su vestimenta era de alguien mucho más mayor.  Los vecinos pensaban que con toda probabiliad debía vestirlo su madre, en edad de ser ya toda una abuela.  Nadie lo recordaba cómo había sido de niño pues el barrio, rellenado por una variopinta amalgama de edificaciones de toda época,  había sufrido muchos cambios y casi no quedaban supervivientes que pudiesen testimoniar su infancia.  Siempre, a primera hora de la mañana, a eso de las nueve o nueve menos cinco, se acercaba hasta la librería de Don Jacinto; sobre todo en esos días, en que a primera hora, el ambiente era gélido.  Allí junto a la puerta esperaba que el Sol se levantase. El librero, que en realidad sólo vendía periódicos y revistas, le preguntaba: “¿Qué?, ¿Ya te ha saludado el Sol?”. Quizá lo hacía por cortesía o tal vez por lástima, pero siempre hacía la misma pregunta. Las respuestas casi no cambiaban.  Don Jacinto, que no tenía hijos, debía de sentir algo especial por aquél hombre atrapado en la actitud de un muchacho o acaso un niño. Además, como su librería estaba enfrente de una escuela, recibía a diario de lunes a viernes, multitud de niños ávidos de agenciarse el desayuno a base de chicles y demás chucherías. El bullicio y el jolgorio infantil los animaba a todos.  A las once más o menos, cuando el astro rey ya se alzaba en su trono, se marchaba tan silenciosamente como había llegado.  Su padre solía acercarse de tanto en tanto hasta el comercio de Don Jacinto para preguntar si el nene había sido puntual. El propietario le mantenía informado y tranquilo y así el padre-abuelo podía seguir su deambular, que en realidad era renquear por la acera con la certera ayuda de su garrota, hasta el bar donde habitualmente acudía cada mañana. El viejo, para despedirse, si no quedaba ningún desconocido en la tienda, finalizaban su charla con el sabido “Ya... Ya..., mi hijo desde que le dio el ataque es un muerto en vida...”  Y Don Jacinto asentía moviendo a cabeza de arriba a abajo. Y el anciano continuaba: “Esas medicinas han servido par atontarlo más. Mi mujer tampoco es la misma mire usté y sin embargo eso lo lleva mejor”. Si venía al caso y la noche anterior se había jugado fútbol, compraba algún periódico y si no, abandonaba el lugar balanceándose gracias a su cojera.

El papelero, y el padre-abuelo también, sabían que el segundo destino de El Chico era una placita pequeña y recogida orientada hacia el sur donde continuaba su cotidiano baño solar. El sitio se llamaba Plaza de la Luna. Nadie desconfiaba. Tampoco hablaban mucho del tema. Como si no si existiese. Esa rutina los dejaba a todos más tranquilos.

Un día El Chico desapareció y no se le volvió a ver.  En la mañana de esa jornada los empleados municipales de limpieza descubrieron en la plaza el cuerpo sin vida de una niña de once años que la tarde anterior no había vuelto a casa al salir de clase. Todos pensaron lo mismo. Todos relacionaron ambos sucesos. El lugar ya nunca volvió a ser el mismo. El anciano de la garrota nunca más acudió a comprar la prensa y al parecer los viejos se mudaron.
© Manel Aljama (septiembre, 2010)
Fotografía: fotograma de la película Frankenstein (Universal Pictures, 1931)

viernes, 3 de septiembre de 2010

La ley de la selva



Su aspecto era esquelético, casi escuálido pero sin llegar a parecer famélico. El pelo escaso, con sangre africana, raptada en su hábitat y abandonada en tierra extraña. El corazón parecía que se iba escapar de su caja. Pero sabía que tenía que hacerlo fuese cual fuese el resultado. No poseía el miedo a los fracasos tan común entre los humanos. Estaba de algún modo programada y como cada noche que salía de caza, cumpliría escrupulosamente con su cometido. En otras ocasiones iba en manada pero la mayoría era lo más parecido a una fiera esteparia.
Salió con sigilo del callejón desde donde oteaba a las posibles presas y que era su seguro escondite. Era consciente de que todos los sentidos podían ser insuficientes en aquellas situaciones. Su olfato le guió hasta una pieza de bastante envergadura. Aquella hembra desarraigada necesitaba a la vez de la fuerza de la leona y de la agilidad de la gacela. Volvió a olisquear el relente de la noche que estaba impregnado de los efluvios de los otros animales mezclados con la sudoración de los árboles. Nadie le había enseñado nada de supervivencia. Lo llevaba dentro. El verde reluciente de su mirada brillaba en la oscuridad para no perder de visa la caza.
De repente se abalanzó sobre su presa que no tuvo tiempo de reaccionar. La tumbó boca abajo en suelo húmedo, le sacó la billetera y arrancó a correr un corto tramo de la Rambla hasta perderse por las estrechas callejuelas adyacentes ante la mirada atónita del despistado y obeso turista que vestía pantalón corto, gorra de béisbol y sandalias con calcetines. A pocos metros en el quiosco más próximo todo seguía con normalidad. Era la ley de la selva.


© Manel Aljama (septiembre 2010)

viernes, 27 de agosto de 2010

Desde el Rinconcito de Soleta


Sonia Antonella, Soni y Soleta en GrupoBúho es una poetisa de Antofagasta  (en Chile), a la que leo, comento y admiro por su dominio ya no del verso libre sino de estrofas como el soneto, las décimas, los acrósticos, etc. Pero también se atreve y lo resuelve con éxito con FIBOS y lo más reciente en castellano, traido principalmente del Japón, haikus, ágavas y tankas.  A falta de una foto para los dos poemas he elegido una tomada en el Puente de Reyes Católicos en Sevilla, donde los enamorados guardan su fidelidad en candados que cuelgan de la barandilla.

Publico aquí dos poemas recientes y os invito a una visita a su Rinconcito de Soleta y no quedaréis defraudados.


Tendrá la tarde
Tendrá la tarde...
Un barquito de papel alejándose con el viento
ahora, que somos niños viejos y distantes
refrescando, los efluvios azules de la garganta,
de los cerros áridos trémulos de espejismos,
en un laberinto ceniciento y sin destino...

Se fue sin despedirse, ¡se fue...!
Tras de tu ausencia. ¡Huyendo!
con tu nombre entre sus labios
y las sombras coléricas dibujaron,
en el horizonte un paisaje incierto.

© Sonia Antonella


Nunca fue cierto
Nunca fue cierto, amor mío,
decirte que no te quería,
cuando alcé el vuelo
dejándote con tu llanto.

Quise buscar
estrellas en la tierra,
amores en los destierros,
llantos abandonados
en el azul del cielo.

Y todo eso, todo
¡yo lo encontré!
Golpeando mi alma
contra afilados vidrios,
dejando mis alas
pinchadas en el tiempo.

Ahora, me pesan las alas…
Nunca fue cierto, amor mío,
decirte que no te quería.

© Sonia Antonella


© Sonia Antonella (2009-2010)
© fotografía Manel Aljama (2009) puente Reyes Católicos, Sevilla

miércoles, 18 de agosto de 2010

New York Life


No empezaré como Woody Allen en su filme Manhattan: “Él adoraba Nueva York...” Desde el barco que nos da un paseo o mejor un mareo hasta la Estatua de la Libertad echo una mirada a Ellis Island, donde hace más de un siglo los emigrantes aguantaban la cuarentena para tener papeles, para poder entrar a formar parte del sueño o tal vez la pesadilla de vivir en América. A pesar del reluciente ladrillo rojo del ahora Museo de la Inmigración lo sigo viendo en blanco y negro. Quizá sea uno de los encantos y tópicos de la capital del mundo.

El cine tiene la culpa: Cuando un europeo o al menos un español visita cualquier parte de los Estados Unidos de América tiene la sensación de estar viviendo una película. Es inevitable babear en Times Square o ante las marquesinas de Broadway o mirar hacia arriba delante del Empire State. Y aunque acudas a un bar frecuentado por hispanos como es Nevada Smith que está en el 74 de la Tercera Avenida, entre la onceava y la doceava sigues creyéndote que te encuentras en Boston, nada menos que en el bar de Cheers donde Sam Malone te va a servir una cerveza de un momento a otro...

La primera vez que estuve en París dejé de lado la torre Eiffel. Aquí dejo Central Park y el sitio donde rodaron la muerte del “bueno” de Ghost. Aunque no me va el morbo la visita al Ground Zero es inevitable. ¡Parece mentira cómo en un sitio tan reducido había dos torres gemelas de más de 400 metros de altura!

Pero no he venido a pasearme sino a trabajar. Son las 8:30 AM en el piso 32 de las flamantes oficinas de la multinacional: “Pay attention please!”. Así que lo que he visto y tocado me sigue pareciendo incompleto, como visto por televisión. ¡Cielos! otra vez café aguado y donuts, ¡mi desayuno preferido! Paga la compañía. Creo que sé la comida que encontraremos en el restaurante de la planta 10...

El curso acaba a eso de las 17:00 PM con lo que me sobra tiempo para ir a un american bar. Gracias al cine en versión original he conseguido moverme con soltura por Nueva York y pasar desapercibido sin que no se note mi origen europeo. Ya estaba yo más contento que unas pascuas cuando algo me delató. ¿Cómo demonios han sabido que soy europeo, o mejor dicho, que no soy como ellos? La mirada asesina del camarero acompañada de otras de igual virulencia por parte del resto de los zombies que había en la barra de la cafetería me lo ha confirmado. El solitario y nada volante platillo vacío encima del mostrador, tal como había leído e ignorado en la guía: tips (propinas), son obligatorias pues son parte del sueldo del camarero y son un 25% del importe de la consumición. Para no liarse fíjese en los impuestos (tax) y calcule el doble para la propina...

De vuelta al hotel, el metro. Escaleras interminables, profundas. Otra vez en un peli. Como decían Simon & Garfunkel en su canción "The words of the prophets are written on the subway walls And tenement halls". Eso sí, New York es New York y a pesar de lo que decía Mecano, merece la pena y mucho.



Próxima etapa: Tokio

© Manel Aljama (agosto 2010)
© Ilustración modificada con CopyScape (tm)

martes, 27 de julio de 2010

Cerrado por vacaciones



Llega esa época del año, que en la playa o en compañía de los grillos, en una terraza de verano cuando la ciudad se ha quedado desierta y siempre con un libro que en esta ocasión vuelve a ser de Murakami. Eso sí, seguiré leyendo los blogs y ojeando mi novela, no sea que el editor me mande unos sicarios como no la tenga  acabada a tiempo...

Este año voy a hacer como siempre de viajero que no de turista.

Un abrazo

© Manel Aljama (julio de 2010)

lunes, 5 de julio de 2010

Sabía que era el fin


(La nariz de Gogol por libre)
Dimitri Kovaliev, funcionario jefe de abastos de San Petesburgo, se miró en el espejo  en cuanto descubrió el asunto. Entonces  supo que ya no podía continuar. Dimitri detestaba la corrupción pero se veía obligado a hacer sobornos para escalar en el poder e incrementar sus exiguos ingresos. Aquella noticia trastocó todos sus planes. Era su nombre el que aparecía en el periódico matutino. Luego, su reflejo en el cristal fue determinante. No cabía duda de que sus esperanzas de ascenso a asesor de cámara del mismísimo zar se habían esfumado como el aroma de café caliente que le despertaba cada mañana. Volvió a mirar y su espanto y nerviosismo aumentaron aún más. No tenía nariz y tampoco había una cicatriz, restos de herida o algo parecido.
—¡Así no me puedo presentar en la audiencia que da el zar esta noche! —se dijo—, ¡Y me he gastado una fortuna en conseguir la invitación!
Volvió a hojear la prensa. Era su foto, también sin nariz, en una noticia relacionada con un desvío de toneladas de trigo en favor del intendente Yakolevich que había sido detenido y acusado de traición.
Escapar o morir era su dilema.  No lejos de allí, el barbero Kovalenko se disponía a desayunar. Iba a tomar, como de costumbre, su enorme taza de café con un panecillo caliente de los que cada mañana horneaba su esposa. La sorpresa fue mayúscula cuando Kovalenko partió en dos el pan. Gritó espantado.
—¡Qué sucede! —Preguntó la esposa de Kovalenko—, ¿Dónde has cortado esa nariz?, ¡salvaje! —añadió en cuanto vio la vianda del bocadillo.
—¡Nononono sé esposa mía! —respondió entre tembleques el as de la navaja barbera.
—Nikolai Kovalenko, esposo mío, ¡Debes devolverla inmediatamente a su propietario!
—Imposible. Me detendrán. ¡Me acusarán de intento de asesinato!
—¡Nikolai Kovalenko, devuelve eso te vuelvo a repetir!
—¿Sabes de quién es? —preguntó Kovalenko que había reconocido el apéndice.
—Ni lo sé ni me importa. Pero somos gente honrada y tenemos que seguir siéndolo. Así que ¡deshazte de eso ahora mismo!
El pobre Kovalenko envolvió el trozo de carne en un papel de embalar pan y se lo metió en el bolsillo de su chaleco. Se acabó de vestir y salió a la calle. Cruzó las últimas casas del distrito y enfiló el primer puente sobre el río Neva. Mientras tanto el corrupto funcionario jefe de abastos, Dimitri Kovaliev, había cogido su coche de caballos y fustigándolos se dirigía a donde su olfato, o mejor dicho sospechas le llevaban, a una barbería del extrarradio de la que era fiel cliente desde que era un muchacho.  Hacía frío y el barbero aguantaba estoico el fuerte viento que azotaba en ese lado del río. Los relinchos de queja de los corceles no amilanaban a Dimitri Kovaliev que no paraba de darle al látigo. Había tenido una idea que creía que era brillante. En cambio el ánimo de Kovalenko era cada vez más sombrío. Pensaba que si devolvía el objeto lo enviarían a prisión y si lo arrojaba al Neva, tarde o temprano le detendrían y sería fusilado.
Desde el carruaje le reconoció.
—¡Alto! barbero Kovalenko, ¡Alto!
Sumiso obedeció. Como un autómata introdujo la mano en el bolsillo y sacó el regalo.
—Por fin. ¡Mi salvación!  —dijo mientras se pegaba la nariz en su cara.
—¿Pero...? —preguntó sorprendido Kovalenko.
—¡Gracias amigo mío!  Buscan a un hombre sin nariz. Yo ya la tengo. No soy el que buscan. ¡Estoy a salvo!  ¡Mañana cuando me hayan nombrado asesor del zar le haré una visita de agradecimiento amigo mío!

© Manel Aljama (julio 2010) 
Recreación libre del cuento de La Nariz de Nikolai Gogol
© Ilustración The nose de Kevin Hawkes http://www.kevinhawkes.com/home.htm

sábado, 26 de junio de 2010

¡Cien! por Amelia

Reproduzco aquí el agradecimiento público de Amelia, una autora que se sorprende de haber llegado a 100 seguidores en su blog. Lo merece. Buen hacer, constancia y sentido positivo. Ese será el secreto si es que lo hay...

Parece imposible haber llegado a los 100 seguidores.

Desde que empecé mi andadura bloguera hace unos meses, nunca lo habría imaginado.
Escribo desde que recuerdo, pero mis poemas, casi como en la canción "La Lista de la Compra", alternaban en los bolsillos de mi batín con otros papeles en los que escribía "llamar al dentista", "comprar cebollas"...
Hasta que un día rompí mi timidez y decidí que lo iba a escribir al aire...porque, realmente, nunca pensé que pudiese interesar a nadie...

Y , mira por donde, CIEN SEGUIDORES !!!
(Sí, sí...ya se que hay 99...pero yo sé de un "anónimo" que también lo es...jajajaja)

Tenía que hacer algo para homenajearos y he pensado escribir algo para cada uno... pero no todos mis seguidores me "siguen". Algunos entran y no vuelven. Otros entran y no comentan. Así que ha nacido una relación especial con unos cuantos menos.
He escrito para veinticinco de vosotros como representación.
El motivo, tal vez demasiado "matemático" (jajajaja...tenía que salirme la vena): mi cuadrícula para hacer el collage es de 5x5.

La fotografía que voy a añadir con dedicatoria es para que la podáis llevar a vuestros blogs: me encantaría que aceptáseis esa pequeña muestra de cariño.

A continuación, añadiré el collage con los veinticinco representantes y un haiku para cada uno de ellos. Pero no olvido a los demás. También hay uno para los setenta y cinco restantes. En especial para Toro, Disancor, Ernesto, Rosa, Ricardo, Edu y mi preciosa Cristina...que ya forman parte de mis más cercanos...

Y, qué más decir, que os quiero muchísimo y que habéis hecho que un sueño de una poeta tonta esté a punto de convertirse en realidad. 



HAIKUS PARA VEINTICINCO POETAS
(en riguroso orden alfabético)

AMADEUS
Del norte llega
para rimar conmigo
la primavera.

ANABEL
Dentro de tu alma
tiempo de luz y sombra
brillan los versos.

ANDREA
Vibran tus notas
bandoneón y gaita
mi compañera.

ÁNGEL
Besos sureños
cocinando relatos
entre fogones.

FIARIS
Caricia dulce
de palabras al alma
tus pensamientos.

FRANCISCO PARDÓ
En tinta viva
sentimientos profundos
tu poesía.

GLADYS
Siempre presente
abrazando con fuerza
ternura inmensa.

GOGO
Pieles a solas
sentimientos desnudos
tiemblan los versos.

JORGE TORRES
Versos eternos.
En historias de siempre
eres maestro.

JOSE A. PASTOR
De tierras moras
versos comprometidos
llenas la vida.

LAURA CARO
Rimas cariño
poemas desanclados.
Alma gemela

MANEL ALJAMA
Mago de escritos
viajero de las letras
en el camino.

MANOLO JIMENEZ
Llenan el alma
tus versos compartidos
y personales.

MARITA
Ojos risueños
Sherezade preciosa
la contadora.

MIGUEL
Tardes de lluvia
de caricias escritas
nuestros poemas.

GOKU
Ojos cerrados,
bajo la higuera sueña.
Beso dormido.

NORAY
Azul de blues
y peces de hielo en gin
amarras versos.

PACO
Desde el mar nuestro
rimamos sentimientos
al infinito.

PALOMA
Eres poema
entre amapolas rojas
la poetisa.

PEDRO
Almas afines
polizones de versos
cruzan los mares.

RELTIH
Corazón grande
de poemas repleto.
Estalla en versos.

RO
Tan luchadora
mi hermana mejicana
con sus escritos.

RODOLFO
Desde el caribe
la página sembrada
de sentimientos.

SNEYDER
Su poesía
paleta de colores
su blanco y negro.

TATY
Cascada dulce
manantial de palabras
en sus secuencias.

Y PARA TODOS
Lluvia que empapa
caminos escogidos.
Renacen versos.


© Amelia, entrada original e imágenes publicadas en  ¡¡¡Cien!!!
(http://azulmareterno.blogspot.com/2010/06/cien.html)

lunes, 21 de junio de 2010

¡Menos Mal!


La clase estaba iluminada con la claridad y el resplandor de una mañana de abril. Las golondrinas asomaban a las ventanas del aula que estaba en el primer piso. En las paredes los mapas y los carteles de geometría y anatomía se veían limpios. Toda el aula desprendía pulcritud. Los pequeños de primero de primaria iban todos ataviados con batas de finas rayas azules. Las niñas lucían batitas de color rosa. Al otro lado, la maestra, con falda corta, se estaba limando las uñas mientras el resto acababa los deberes. El pequeño Manuel se la miraba embelesado. Sabía que no volvería a pisar nunca más aquel sitio. No tenía telepatía, pero sí que había nacido con el instinto de supervivencia. Intuía que algo le iba a ocurrir. Había hecho la preparación en una de aquellas primitivas guarderías donde cada pupillo tenía que traer la sillita de casa. Eran unas sillas de esparto muy monas. Sólo pudo ir un par de meses. Nunca más volvió a ver la silla.
El día anterior había acudido en compañía de su padre al despacho del director. El niño se comportaba como pedro por su casa mientras que el adulto no se atrevía ni a sentarse. Había salido del bar y estaba un poco achispado. Encima de la mesa había un dibujo. Manuel lo conocía. La culpa de ese encuentro era el dibujo. Manuel sentía pánico. El director observó detenidamente al padre. Luego dirigió las miradas al chico. Intentaba encontrar algún parecido, algo que le dijera que aquél individuo era realmente el progenitor del alumno. Se levantó decidido, pasó la mano por la pelambrera de Manuel que seguía inquieto y dijo:
—¡Siéntese!, por favor, está usted en su casa.
El adulto obedeció. El director, cogió el papel con las dos manos y lo exhibió:
—¿Qué le parece?
El muchacho estaba embobado mirando una enorme construcción hecha con cajas de de cerillas. El padre parecía tener la vista en los cuadros de Franco y José Antonio que presidían la estancia.
—¿No tiene palabras para calificarlo verdad? Tenemos que arreglar esto. Si usted me permite...
—Yo, sabe de eso no entiendo. Usted dirá...
—Pues tenemos un genio. Sí señor, ha realizado un dibujo que sólo un niño de catorce años detallaría tanto. No lo ha copiado. La señorita es testigo. Lo terminó en poco más de siete minutos. Si usted me deja al chico, lo sacamos en el NO-DO. ¡Qué dibujo! los cristales, el reflejo, el volante, el conductor, los embellecedores de ruedas, distintos tonos para el color, las luces del semáforo, nubes, pájaros, rayos de sol. Es imposible que un chaval de seis años haga un trabajo tan detallado. Estamos delante de un artista.
En el momento que pronunció la palabra "artista" el padre sufrió un sobresalto. Quedó paralizado. El director no se dio cuenta. Cogió al niño de la mano y lo llevó hasta las cajas de cerillas.
—¿Te gusta eh? Lo han hecho alumnos mucho mayores que tú. Estoy seguro de que tú podrás hacerlo mejor y mucho antes. Te vamos a hacer famoso. Ven que te voy a enseñar más cosas que hacen tus compañeros.
Al día siguiente en la casa paterna, con las paredes desnudas de yeso y el techo en caña viva bajo la luz de una bombilla de 40 vatios, Manuel era ajeno a la conversación.
—Ya está —dijo él.
—¡Menos mal! —dijo ella.
—Ya lo he sacado de esa academia. Lo he apuntado en esa escuela unitaria que está más cerca de casa. Como tú querías. Así no tendremos que gastar dinero en la escuela. Total con que aprenda a poner su nombre ya es suficiente. ¡Artista! había dicho el tonto de la corbata.
La mujer callaba. Callaba para no descubrir el verdadero progenitor.

© Manel Aljama (junio de 2010)
© Ilustración: Manel Aljama (1975)

martes, 15 de junio de 2010

Jazz en el infierno de Joan Castillo

Hoy traigo un texto de un escritor amigo, JoanCastillo. Es mi humilde homenaje póstumo pues acabo de recibir la triste noticia de su fallecimiento. Parece que fue ayer, y era Navidad, que me había enviado un original de lo que iba a salir en su libro recopilatorio. Reproduzco aquí una historia sórdida, surrealista pero llena de buenísimos temas de jazz. El texto y la ilustración son gracias a la escritora Carmen Rosa Signes (Monelle) y que podéis encontrar también en la revista digital dedicada a lo breve y lo fantástico, miNatura que también se puede visitar en http://minaturasoterrania-monelle.blogspot.com/.

Descanse en paz (siempre con jazz).

Es extraña la historia de ese pueblo perdido en el lejano Sur de la República Dominicana en pleno 2005. Las jóvenes y niñas de la última generación lo saben, conocen su destino, un día pasarán unos hombres que se enamorarán de ellas, las invitarán a salir y jamás regresarán, porque allá fuera está la gloria, el Edén; sin embargo, nadie, ni hombres ni mujeres que han salido de allí han regresado, pero tampoco ninguno de los emigrados ha enviado una carta, un mensaje. Por eso la expectación, el cuchicheo por el rugido del motor de un automóvil que se escucha lejano, acercándose como un rumor lúgubre. Lucían conmocionados ya que se perdía en el péndulo del tiempo la última vez que un ser humano ajeno a ellos pasó por esta aldea ubicada en el culo del mundo, como gustaban llamarle a su ubicación geográfica.

Santiago se imaginaba que el recién llegado se llevaría a las hijas adolescentes de Harry, quien no podía negarse ya que ningún mortal puede torcer el destino de un pueblo maldito, arruinado, y desamparado de la gracia de Dios, como no lo pudo torcer él cuanto hace unas dos décadas aquel hombre vestido de azul se llevó a pasear a Mariam, Elisabeth y Norma, sus tres hijas adolescentes, a quienes aún está esperando.

Se paró en el porche de la ventana y observó al forastero, quien a pesar del enorme sombrero y el sobretodo azul que casi le llegaba a ras de tierra reconoció en él a Tomás, el prestamista, jamás pensó que lo encontraría ya que fue precisamente por culpa de él, es decir por la deuda que no podía pagarle, que hace unos 35 años dejó la capital, Santo Domingo, para internarse en este macondo tropical, en virtud de lo cual se adelantó:

—Tommy, soy yo, Santiago el Gringo, aún no puedo pagarte, tendrás que seguir esperando.
—Ya me pagaste Gringo ¿Acaso no recuerdas? Me pagaste, repitió, ¿Por qué he de cobrarte de nuevo?
—Mientes, nunca te pagué, contestó con la misma contundencia.
—Me pagaste. Además no he venido aquí a discutir deudas ni nada que se le parezca. He venido a escuchar jazz con las mujeres más lindas del mundo, y vine a invitarte porque sé como disfrutas del jazz.
-¿Recuerda nuestras veladas con Miles, Coltrane y Mancini? Me informaron que se pueden escuchar en vivo en las barcas del viejo puerto.
—Pues claro, claro, y el “Misty” de Ella y el Duke, el “Mambo Swing” de Goodman, —contestó Santiago, extrañado de cómo Tomás había dado con él, y de las barcas del puerto, ya que a su entender el viejo astillero no tenía actividad desde unos cincuenta años atrás.

Pero Tomás insistió y le habló del sexo libre, de las barcazas atestadas de las mujeres más hermosas de la tierra, de las bebidas más costosas, de tuberías terminadas en grifos que contenían cervezas de todas las marcas, piscinas de coñac; le afirmó que en aquel nuevo Edén colgaban de los árboles pipas gigantescas de opio y marihuana así como jeringuillas de todos los tamaños para la administración de morfina, cocaína y derivados, y jazz de los grandes en todos los ángulos del embarcadero. También Le afirmó que todo era gratis porque a un hombre sólo se le permitía entrar allí una sola vez en la vida.

Santiago, como es de suponer, no le creyó ni media palabra, pero decidió ir con él pensando encontrar a sus tres hijas que nunca regresaron, de manera que se despidió de su mujer y sus hijos, suministrándole la certeza de que volvería, y salió junto con su antiguo compañero de parrandas y orgías rumbo al viejo ancladero a la búsqueda de un goce que de antemano reconocía concebido por la mente delirante de Tomás.

Sin embargo un sentimiento de emoción placentera le embargaba cuando miraba a Tomás guiando sin dejar de cantar alegremente un rock antiguo de Priscilla Rollins al tiempo que chocaba sus manos rítmicamente contra el guía. Al doblar la vieja carretera que conducía al puerto abandonado recibió su primera sorpresa. La avenida había sido recién asfaltada, las potentes luces de neón de las isletas del centro daban la sensación de que era el mediodía, las barreras laterales la constituían tubos galvanizados de color amarillo que por su brillo parecían haber salido de la fábrica ese mismo día. Ningún peón de la aldea, recordó, había trabajado en el área de construcción por muchos años.

Empezó a temer, pero al llegar al puente una vez más le embargó el sentimiento de felicidad al observar a los barquichuelos que parecían de pescadores, una barcaza grande donde se observaban borrosamente parejas danzando, lanchas de motor fuera de bordas que despedazaban las aguas en violentas rompientes, cepillando el aire con su velocidad y dejando rastros espumantes de vitalidad. Lo único que hasta el momento le perturbaba un poco eran los barcos y viejos buques que desfilaban sin hacer ruido como si carecieran de motores o los tuvieran apagados, y el sol, un sol extraño rojinegro apagado, y la sensación de que detrás de la tupida floresta verde obscura se escondían entidades ominosas.

Pero era sólo eso, una impresión, porque al cruzar el puente se conmovió de tanta belleza; una gran cantidad de ríos y riachuelos desembocaban en el río principal, los árboles, el paisaje todo parecía dibujado y en lontananza el océano que parecía un gran espejo azul ribeteado de espejuelillos espumantes; el ambiente musical se sentía en lo más íntimo del alma, trompetas, violines, fagotes, oboes, acariciaban el oído al son de una música salerosa. Sin embargo hasta ese momento el primer ser humano que observó fue el niño rubio, sin camisa, enredado en lo que parecía un trombón, que se interpuso en el camino para tocar una melodía triste, casi tétrica lo que produjo que mirara interrogante a Tomás, quien sonrió diciéndole: — Es nuestra bienvenida.

Efectivamente, tres mujeres desnudas, las más hermosas que sus ojos habían visto alguna vez llegaron hasta él, le tomaron de la mano y lo acostaron en un chair long, lo desnudaron suavemente y al ritmo de “its a wonderfull World” de Armstrong, juguetearon con todos sus utensilios íntimos, mientras la rubia de ojos azules le acariciaba el rostro con su enorme lengua, la morena de ojos y busto grandes mimaba el área de su pecho mientras la negra mas hermosa que jamás imaginara bailaba tan lentamente como el ritmo de la tonada de Armstrong dentro de su falo erguido como cuando rozaba la adolescencia.

Luego llegaron, igualmente desnudas dos hembras más, cargada una de un cesto colmado de frutas, las que iba colocando en su boca una por una, mientras la pelirroja le ofrecía calimetes sujetos a copas con bebidas que no había saboreado ni en sueños. La morena, la rubia y la negra se turnaban con su diamante, mientras las dos nuevas también se alternaban restregando tibiamente sus vellos y labios anteriores en su bigote bajo la voz sensual de Ella Fitzgerald y su “Blues Skies”.

Las cinco chicas derretían sus apetencias en su cuerpo que anhelante se sumergía en aquel océano de ardores desconocidos. Era tanta la pasión, tanto los divinos goces que experimentaba que no deseaba un orgasmo, lo que quería era alargar ese momento tan memorable, y por eso trató de pensar en algo serio como sus hijas desaparecidas, por lo que miró al derredor buscando encontrar algún elemento desagradable y lo que encontró fue innumerables chicas hermosas de todas las razas masturbándose en todas las posiciones, se introducían dedos y consoladores de todos los colores y tamaños en unos gemidos tan sensuales que a veces bloqueaban al “Salt Peanuts” de Dizzie Gallespie que sonaba en aquellos momentos.

No pudo más, su cuerpo se tensó, sus nervios se englobaron como si fueran a reventar y en un gemido que estremeció la selva limítrofe se recogió en una posición que pareciera como si de su figura sólo hubiera quedado la piel. Exhausto, miró a su alrededor y allí estaban todas dispuestas a servirle, y otras que habían llegado por la noticia de la llegada de ese hombre nuevo.

Sorbió un trago raro pero exquisito y fumó una pipa que le fue ofrecida por la pelirroja; la rubia enredó sus rosados labios dentro de su boca deslizándole una fruta de un sabor tan suave como excitante, su pene volvió a encenderse, y delirante tomó la iniciativa e indistintamente penetró los agujeros de aquellas hembras que se saboreaban de placer abriendo sus intimidades ante este hombre poderoso, dueño de un palo enorme e inagotable así como de la capacidad y calidad incomparable de acariciar sus partes íntimas.

Parecía un desequilibrado repartiendo penetraciones en aquellas sensuales nalgas abiertas para él, y se creía un Dios al escuchar aquellas guapas mujeres gemir de satisfacción ante el hundimiento vehemente de su estaca y las sensaciones que le producían su lengua infatigable, y bajo la voz inconfundible de Etta James “At Last” produjo un grito que movió las aguas del arroyuelo mas cercano en un nuevo orgasmo prodigioso.

Aún no se había recuperado cuando una despampanante morena de senos enormes y pubis colmado de vellos sedosos le tomó de la mano, parándole suavemente con el propósito de darle un paseo por el río, a lo que él se resistió:

—No, prefiero quedarme aquí, por el Jazz, —le pidió.
—El jazz está en todas partes, mi querido, —afirmó la hermosísima mujer quien dijo llamarse Andrea, agarrándole de la mano, subiendo con él a una de las barcazas que llevaban orquestas. Si sus percepciones no le engañaban era el propio Herbie Hancock en persona quien dirigía la Banda, y bajo la cadencia de “Tell me a Bedtime Story” todos en aquel barco hacían el amor.

Andrea le tomó suavemente por sus sienes e introdujo su rostro entre sus dos grandes melones, luego le dirigió a chupar cada uno de sus redondos pezones marrones, estaba de nuevo enardecido ya que sintió su pene que alcanzaba su mayor tamaño, sin embargo se molestaba con una adolescente que en la gran excitación con su pareja chillaba de manera extravagante y molestosa. No tuvo mucho tiempo para fastidiarse ya que Andrea, siempre dirigiéndole con las manos en sus sienes, se sentó en un taburete abrió sus piernas lo más que pudo y dirigió su cabeza hacia el centro de su poder aterciopelado.

Disfrutaba acariciando aquella mujer tan atractiva, lamiendo sin dejar de mirar de reojo las demás parejas que no paraban de acariciarse y penetrarse por todos los agujeros. Los músicos de Hancock, comprobaba, no miraban a ningún lado, tocaban como si estuvieran en el paraíso, sin embargo le seguían molestando los aullidos de excitación de la chiquilla, por lo que se excusó con Andrea, quien le dispensó el permiso para conversar con la chica que lo irritaba.

—Señorita, ¿no podría usted por favor, aminorar sus chillidos, le solicitó, al tiempo de verificar que aquellos ojos verdes claro le parecían conocidos.
—¿Papá? la chica buscó rápidamente una toalla y se tapó, -¿papa? ¿Eres tú? —dime que sí, dime que viniste a rescatarnos?
Se quedó embelesado, era Norma, la menor de sus hijas, pero habían pasado casi 20 años y ella no había envejecido.
—¡Elisabeth! ¡Papi esta aquí, llegó a rescatarnos! —voceó Norma y una preciosa adolescente desnuda quien en ese momento acariciaba el pene de un negro musculoso, buscó igualmente una sábana para cubrirse y de unos cuantos pasos llegó hasta donde él, quien recordó ruborizado que también estaba desnudo.

Sintió vergüenza delante de sus hijas, e igualmente se cubrió. Había encontrado a Norma y Elisabeth, faltaba Mariam. —Ella está en la barca de Benny Goodman, Papi, -dijo Norma empujando una palanca de mango verde que bajó lentamente una de las lanchas que había visto a su llegada a aquel extraño lugar.

Remontaron río arriba hasta alcanzar un enorme barco tipo crucero de donde se oía perfectamente la dulce “Moonligh Serenade” de Goodman, subió la escalerilla y de nuevo sintió la vergüenza de ver a Mariam con un hombre debajo y otro que la penetraba por detrás, lo que no fue óbice para sacarla de allí llorosa de la alegría por el hecho de ver nuevamente a su padre y de vislumbrar por primera vez su libertad.

Dirigieron la lancha de nuevo río arriba en busca de Tomás a quien encontraron en una playa con unas seis muchachas que le bañaban y acariciaban: —Tomás, -dijo con vehemencia, —tenemos que salir de aquí, -notando que sus hijas escondían sus rostros de Tomás.

—Es imposible Santiago ¿Acaso no has oído Hotel California de Eagles? preguntó Tomás, hasta cierto punto sorprendido.
—Ya sabes que no me gusta el Rock.
—Pues oye, allí viene la barca de Eagles, es la única tonada que tocan aquí. ¡Escúchala! dijo Tomás resignadamente.

Algunas notas de aquella melodía pretérita endulzaron sus oídos:

—'Relax,' said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
but you can never leave...!

No quiso escuchar, esa canción la había estado oyendo desde que era un mozalbete, remontó de nuevo el río buscando la ruta donde habían parqueado la Todo terreno pero sólo encontraron al chico del Trombón quien le señaló el bosque que tanto le temía.

Esa selva daba miedo, pero le era obligatorio entrar por la necesidad de localizar la camioneta que lo sacaría de allí junto a sus hijas. Ingresó e inmediatamente empezó a temblar de los escalofríos que le producían unos lamentos lúgubres, aullidos aterradores y gemidos orgásmicos como de miles de almas en penas, pero la encontró. Parecía como si hubiera chocado frontalmente con un camión. Estaba totalmente destrozada y aún se veían dos cuerpos en su interior. Sólo reconoció el de él.

Al salir de allí oyó la canción predilecta de su artista preferido: “Tenderly” de Chet Baker, pero esta vez el sonido de la trompeta le parecía al de la corneta del diablo. Ya sabía que estaba en el infierno, pero ¿y sus hijas? ¿Por qué estaban allí? ¿Y el otro hombre en la camioneta que no era Tomás? ¿Por qué sus hijas escondieron sus rostros cuando hablaba con Tomás?

Decidió entrar a la espantosa selva de nuevo, bajó por el terraplén hasta donde estaba la camioneta destruida y miró el rostro de cerca del joven que le acompañaba, también observó la chapa de la camioneta “Santo Domingo, 1985”. Y comprendió que en verdad había pagado la deuda con creces, comprendió también y se apenó de la vergüenza de sus hijas ante Tomas. Salió de allí muy turbado.

En esta ocasión sus hijas no le esperaron, caminó alerta hasta alcanzar a ver al chico del trombón desnudo, con su cuerpo tan adherido al de Norma que parecían uno sólo; más adelante sobre la arena blanca observó, ya sin sorprenderse, a Mariam quien acostada recibía la lengua de Elizabeth sobre sus pezones adolescentes, mientras sus dedos entraban y salían presurosos del oscuro interior de su hermana.

Sintió nauseas, y cabizbajo dio la espalda, pero de repente sintió la necesidad vital de continuar la tarea que había empezado con Andrea, y al escuchar que de nuevo se repetía “It's a Wonderful World” supo de inmediato que odiaría el Jazz para toda la vida… o para toda la muerte.

© Joan Castillo por el texto "Jazz en el infierno".
© Carmen Rosa Signes "Monelle" por el fotomontaje.

Más homenajes:  El Olor de la Cebolla de Joan Castillo publicado por Monelle.

martes, 8 de junio de 2010

El viejo tío Vania


El frío se colaba por las rendijas que tenía el vagón. Era tan intenso que podía casi tocarse. Pero el joven profesor Serebriakov no estaba interesado en comprobarlo de forma empírica. Viajaba hacia Saratov. En San Petesburgo las cosas se habían puesto un poco complicadas para los que no eran totalmente afectos al nuevo régimen.  Quizá había elegido aquel destino estepario porque allí debía vivir todavía Voinitzi, un familiar al que sus padres llamaban "el viejo tío Vania".  No sabía mucho de ese pariente pues apenas se habrían cruzado unas pocas cartas. Tenía entendido que de joven había sido sastre y que, ya retirado, tenía simpatías por los bolcheviques.
Cuando bajó del tren no había nadie esperando en el andén. El convoy prosiguió su marcha en medio de una enorme nube gris de vapor helado que estaba a punto de licuarse. El sol allí era del mismo tono que la niebla. Salió de la desvencijada estación que amenazaba ruina y lo encontró allí, vestido de forma desaliñada, con un cigarro clavado en sus labios resecos y enarbolando una botella de vodka.  Se saludaron efusivamente y Serebriakov agradeció el trago y se disculpó porque tenía que resolver unos asuntos administrativos, entre ellos un lugar donde dormir y la escuela donde enseñar. Le asignaron un lujoso palacete de esos que habían sido expropiados a la nobleza. El establo junto a su domicilio lo habían convertido en escuela popular de Saratov, su lugar de trabajo. Quedaron a la hora de comer y gracias a la literatura se hicieron amigos. El profesor había escrito un modesto libro de poesía de escaso eco en aquellos tiempos tan duros. Por contra su tío, llevaba escribiendo cuentos en secreto. El sobrino era admirador de Chejov. El anciano le enseñó una de sus historias y el sobrino le animó a que las difundiera pues creyó que eran tanto o más buenas que lo que escribía Gogol.
Tío Vania llevaba una tertulia literaria en las dependencias de su antiguo negocio. Allí acudía con regularidad un reducido grupo de campesinos al que se unió el sobrino.
—¡A mí me importa un carajo lo que dice Chejov! —solía responder Vania cada vez que el joven recordaba las normas mínimas para que un cuento pudiese ser leído y comprendido por más gente. 
—No es obligatorio. Pero es similar a las reglas de conducción de los automóviles. ¿Qué me dices si cada uno circula por donde le da la gana?  Tiene que haber un mínimo de leyes —replicaba Serebriakov.
—¡Pues yo escribo como quiero, hasta con faltas! —concluía Voinitzi secundado por las risotadas etílicas del resto de contertulios mientras hacía equilibrios para que la ceniza del cigarro no le cayese en la pechera.
Con el tiempo Serebriakov se integró en la comunidad y se casó con una joven del lugar. Dejó de frecuentar las reuniones y tío Vania se alegró pues así él podría volver a controlar el coloquio de aquellos labriegos sin ningún tipo de oposición.  Murió Lenin y retornó a San Petesburgo dejando a su esposa al cargo de la escuela. Allí publicó su segundo libro. Tío y sobrino intercambiaron telegramas. Vania quería una opinión sobre uno de sus cuentos, "La casa de la estepa". Serebriakov lo encontró de gran calidad pero con una inverosimilitud:  "Tío, tu personaje es un fantasma que tiene la habilidad de sudar y eso confunde a los lectores".  "Suda si yo quiero", respondió airado y ciego de aguardiente el pariente en otra misiva donde además intentaba señalar múltiples errores de su libro. El sobrino respondió que las erratas ya las había corregido y que le estaba agradecido por ello, pero que aquella frase estaba gramaticalmente bien.
—¿Y tú como sabes todo eso?
—¿Tío, no recuerda que soy profesor? Además lo consulté en los manuales de gramática.
—¡Te has endiosado porque eres profesor! ¡A mí me corriges y tú no me aceptas nada! ¡Los labriegos tendrían que estar en las cátedras! ¡Una oveja tiene más conocimiento que tú! —Insistía airado y enrojecido por los litros de vodka—, ¡Te acordarás de tu soberbia! ¡No necesito para nada tu ayuda! Voy a presentar mi libro en la casa del pueblo, y tienes que venir, es obligatorio.  No hubo más correspondencia.

Stalin se hizo con el poder soviético y Serebriakov abandonó la ciudad. Estaba confundido. Lamentaba no haberse exiliado en París. Volvió con su esposa. Llegó el día después de que Vania fuese encumbrado por los comunistas más radicales. Al llegar a casa lo comprendió todo. La habían registrado de arriba a abajo y le habían requisado muchos libros. Ya no era el maestro. Su puesto se lo habían dado a un tertuliano de Vania.  Ya era tarde, muy tarde pues el tío había denunciado a su sobrino, el cual fue deportado a un gulag donde murió semanas más tarde víctima de la tuberculosis.

© Manel Aljama (mayo de 2010)
Ilustración: Van Gogh, Old man putting dry rice on the hearth (1881)

martes, 1 de junio de 2010

Poema bisoño


Aprovechando que me han prescrito un descanso forzoso (que no un abandono) durante una temporada, me he puesto a rebuscar en los archivos olvidados y llenos de polvo. Siempre hay tiempo para ello y la mitad del año es un buen momento para arrojar a la pira purificadora todo lo inútil, maligno, y/o que carece de valor alguno (no sólo crematístico sino sentimental).

He rescatado este poemilla idealista más bien nihilista, infantil, imperfecto, con repeticiones, según se mire vulgar y muchos calificativos negativos que me ahorro no por vegüenza sino por cansancio. Así, que no traigo nada nuevo y rescato un texto que escribí en 1977, con 14 años más o menos.  Y sin la ayuda de nadie. Para ilustrarlo creo que "El Grito" de Munch es apropiado.

Las fábricas me amenzan
Los edificios me aplastan
el humo me ahoga
el sol me da vida
Las prisas me abruman
la sociedad me oprime
la vida me esclaviza
el sol me da fuerza
Me siento una hormiga
un engranaje
una mota de polvo
La violencia me espanta
el dinero me repugna
los políticos me engañan
el sol me engrandece
Oh sol de cada día
cada día que te veo
otro día
otro día que vivo

© Manel Aljama (1977)
© Ilustración: El grito de Edvard Munch