miércoles, 21 de abril de 2010

Carta de Alice


La anciana hablaba mientras dormitaba o puede que dormitase mientras hablaba.  La nieta permanecía inmóvil. No estaba muy segura de lo que acababa de oír. Su abuela se había expresado con la voz baja, musitando.  “Esperaré a que se duerma para siempre”, decidió la muchacha mientras se sentaba en una butaca. La habitación era acogedora aunque sin lujos. La luz era tenue. Aquel caserón en Kent era modesto, a pesar de que con las rentas obtenidas por la venta de la mansión londinense y la subasta del manuscrito, la mujer podía haber adquirido algo mejor.  Quizá si no hubiese perdido dos hijos en la guerra se hubiese dado más lujos. Eso era lo que pensaba la nieta mientras vigilaba si la octogenaria respiraba todavía.

En cuanto exhaló su último hálito la heredera subió a la buhardilla. Levantó la tapa de un baúl. Apartó algunos vestidos y allí estaba, una lata metálica que podría haber contenido galletas. La abrió con cuidado.  Era el pequeño tesoro que sólo ella conocía de boca de la difunta. Allí estaban intactas las cartas no enviadas de su abuela. Sintió un escalofrío. Pudo más la curiosidad. Acercó sus dedos temblorosos con cuidado, tenía miedo que no fuese a estropear aquella reliquia. Eligió una hoja al azar, la primera. Se puso a leer en voz baja:

“Querido Charles:
No sé cómo empezar y tampoco dónde estás tú ahora. Espero que te encuentres bien. Me gustaría que pudieses leer esta carta, pero Dios, tú y yo sabemos que eso es imposible. Hace ya más de cuarenta años que dedidimos no volver a hablar. Pero hoy noto que pronto llegará mi hora. Sí, y tal vez quién sabe si nos volveremos a ver. Al otro lado del espejo. Como tú escribiste.
Aún recuerdo la primera vez. Era un mes de abril...  lo recuerdo con claridad, pero no es un recuerdo mío. Es lo que mis padres me explicaron. Sí, fue un día 25 y del año 1856. Charles, ¡tenía cuatro años! Yo sólo me acuerdo de tu mirada cautivadora. De tus labios y de tu poder de atracción. Hasta entonces no había más hombre en mi vida que mi padre. Tenía cuatro años, Charles. ¿Te das cuenta Charles?  ¡Qué joven que era y que pronto descubrí el amor!  Bueno yo no sabía tampoco entonces qué era eso. ¿Por qué dejaste de escribirme?  Yo creía que me amabas. Pero yo era muy joven. Era muy niña. No sabes cuánto odié aquél maldito manuscrito. Yo era tu hada, dijiste.  Luego me casé. ¿Sabes? Y tuve tres hijos y los perdí a todos.  Pero siempre seguí pensando en ti. Ahora siento que es mi hora y sólo puedo decirte, una cosa que tú supiste desde el principio.
Tuya siempre Alice Liddell”


La muchacha devolvió el papel a la lata. La cerró y la envolvió en un trozo de tela. Bajó las escaleras y decidió que el secreto moriría con ella.

© Manel Aljama (agosto 2009)
© Fotografia Alice Liddel por Charles Dogson (Lewis Carroll). Dominio Público

viernes, 16 de abril de 2010

Naturaleza Salvaje



La suite estaba decorada de manera exquisitamente acogedora. Suelo de parqué cubierto de una frondosa alfombra de pelo marrón que caldeaba el ambiente. Una enorme cama “king size” con su confortable edredón blanco destacaba en la zona del dormitorio.  No faltaba una pequeña cocina, un minibar con el frigorífico lleno, una cafetera de cortesía con dosis de café de calidad, un gran armario. Tenía dos zonas bien diferenciadas, la presidida por el tálamo, que quedaba enfrente de la televisión plana con lector de DVD y, otra, junto a la entrada, con un enorme sofá cama y su mesa de centro. Sobre la mesita había un portátil, curriculums y otros papeles, un enfriador de champaña con dos botellas, una de Bollinger y otra, ya destapada, de Charles Lafitte y dos copas vacías. La luz de una de las lámparas junto al sillón estaba encendida.

Juan esperaba una visita rutinaria, cerrar un negocio como tantos que se acuerdan a diario en cualquier hotel.  Junto a las copas había una caja de bombones de cacao al 99% de Lindt.  
La llamada del recepcionista le anunció que la esperada visita ya estaba en el ascensor. Colgó. Sonó el timbre. Se levantó para abrir la puerta. Cayó de espaldas tras el puñetazo que recibió.  En la caída se golpeó la zona lumbar contra la mesa. Acababan de entrar dos individuos, uno mayor de unos sesenta años, con pelo cano cortado a navaja, de complexión fuerte y bastante bien conservado y, otro mucho más joven, de no más de treinta, moreno y un poco fondón.  Sin darle tiempo a que se levantara, el joven le propinó una patada en el estómago. Juan se dobló. El más viejo empuñó la botella de Lafitte y la derramó en su cara. Juan se tapó los ojos por el escozor. El atacante enarboló la botella vacía para golpearle la cabeza. Su compañero le detuvo pero no pudo impedir que propinase a la víctima una tanda indiscriminada de puntapiés. El joven se sumó agarrando por los pelos a Juan y descargándole unos cuentos puñetazo más.
—¡No le des muy fuerte que si lo matamos nos la cargaremos! —dijo el más joven dirigiéndose al otro que no paraba de dar patadas.
—¿Tú crees? ¡Yo a este cerdo lo mato, te juro que lo mato! —respondió el viejo.
—¡No, no lo hagas! No te llenes de mierda. Seguro que saben que está aquí y que esperaba visita.  No pienso ir a la cárcel por un cerdo e hijo de puta como este. Un escarmiento por cabrón ya está bien  —replicó el muchacho al tiempo que le propinaba una patada en las rodillas.
Juan no sabía por dónde parar la paliza que estaba recibiendo. No podía articular una cobertura eficaz y su instinto o tal vez su astucia le hizo que se tirase boca abajo sobre la moqueta, como si estuviese inconsciente o muerto. 
—¡Mira qué poco dura el cabrón de mierda!   ¡Yo lo mataba, es que lo mataba!
—No hagas tonterías, Roberto, que nos tocaría recibir. Que los tiempos no son los tuyos.
—¿Tú no tienes sangre? ¡Es mi hija! ¡Es tu novia!  ¿Dónde tienes tú la sangre? A mi mujer nadie con dos cojones le dice que se tiene que acostar con él para un aumento de sueldo, nadie, pero ¡nadie! Y me da igual que sea mi mujer, que mi hermana o mi madre. Lo mato y punto.
—Pero no ves que hoy día va así. Que esto es práctica común.
—¿Sí? Pues yo no sé dónde vais los jóvenes. Ya, ahora lo entiendo. A tu novia se la quieren follar y tú hasta te dejas dar por el culo por un trabajo —cambió el tono el mayor—, ¡Vaya yerno que me ha tocado!
—Que ahora son otros tiempos.  ¿Es que en tu época no se hacía esto? —El suegro bajó la mirada—. A mí mi padre me ha dicho que esto ha sido siempre así, pero que entonces las mujeres eran más difíciles, Además, yo... no estoy seguro que este hombre es el que citó a Carolina aquí para eso.
—¿No? —Respondió el suegro—, Tú me dijiste que la habían citado aquí y que según mi hija era para beneficiársela.
—No, eso último no me lo dejó claro. ¿Te has fijado en los papeles que hay encima de la mesa? ¡Hay de todo!
Se hizo un silencio. Los dos hombres se miraron. A Juan le dolía todo el cuerpo pero su cerebro estaba intacto. ¿Qué haría? ¿Levantarse de súbito y golpearlos a los dos aprovechando la sorpresa?   Descartó la idea porque estaba dolorido y mermado de fuerzas. El labio superior le quemaba. Había manchado de sangre la moqueta.  ¿Quizá se incorporaría y con sus dotes de mando anularía los dos rufianes que además le tendrían que pagar por daños y perjuicios?  Esta era quizá la mejor solución pero la más complicada ya que airearía los métodos que de tanto en tanto ponía en práctica en recursos humanos si la candidata era lo suficientemente boba como para aceptar proposiciones así.

Se incorporó lo más rápido que pudo y pilló desprevenidos a sus dos “invitados”.
—¡Muy bien, ya sé quiénes son ustedes y se las verán con mis abogados!
—Usted es —el padre de Carolina iba a acabar la frase pero Juan le interrumpió:
—Usted no sabe lo que ha hecho. No me conoce ni conoce todos los resortes que puedo activar contra ustedes dos por patanes. ¿Saben que pueden ir a la cárcel por intento de asesinato? ¡Estúpidos ignorantes! ¡Esto está lleno de cámaras y micrófonos!
Los contrincantes bajaron la cabeza al unísono. Juan prosiguió:
—¡Váyanse de mi vista! Ah, está despedida. Carolina está despedida. Retrógrados imbéciles. Le han arruinado su carrera. ¡Gilipollas! Búsquense un buen abogado. Voy a ser implacable con ustedes dos. Ah, y ella también va a recibir lo suyo. Ya lo consultaré con mi bufete.
Su inesperada visita abandonó con presteza y sin rechistar la suite. Juan abrió la botella de champagne que aún quedaba por descorchar y se sirvió una copa. Se dirigió hasta el sillón y accionó el mando de la tele. Estaba en un canal de esos que pasan documentales del mundo animal.  Pensó en las escasas diferencias entre su mundo y el de la naturaleza salvaje. Comprendió una vez más, que si el mundo era despiadado con él, no iba a ser menos.

© Manel Aljama (abril 2010)
Versión libre de Suite 114

viernes, 9 de abril de 2010

Se fue Miguel Delibes

Esta vez no he podido ser oportunista y tener una reseña justo a las pocas horas de su desaparición. Pero ¡qué más da el tiempo! si lo que importa es su obra, el legado que nos deja. Lo primero que me viene a la memoria es la obra de la transición, aquella que comienza por la esquela:

“Rogad a Dios en caridad por el alma de Don Mario Díez Collado”
Cinco Horas con Mario

Luego, rasgando un poco en le personaje se puede añadir:
  • Cazador y escritor, escritor y cazador.
  • Sillón “e” de la Real Academia de la Lengua desde 1973.
  • El escritor del cine: (principalmente por la unidad en el tiempo).
  • El escritor  del realismo de posguerra: La Familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, Nada de Carmen Laforet, Tiempo de Silencio de Martín Santos y tantos otros...
En cuanto a su estilo, a su manera de escribir, podemos distinguir tres etapas a lo largo de su vida creativa:
  1. La primera sería la de la abundancia de descripciones y el uso de esquemas narrativos tradicionales, acordes con el realismo del resto de narradores de posguerra.
  2. La segunda sería la de la depuración del lenguaje. Es cuando se define como escritor y los lectores son capaces de identificarlo inequívocamente.
  3. En la tercera el escritor aborda de manera simbólica y personal temas más complejos como por ejemplo la deshumanización del hombre contemporáneo.
Algunas de sus obras:
  • La sombra del ciprés es alargada (1947). Premio Nadal
  • El camino (1950)
  • La partida (1954) que es un relato corto
  • Diario de un cazador (1955). Premio Nacional de Literatura.
  • La hoja roja (1959). Premio de la Fundación Juan March.
  • Las ratas (1962). Premio de la Crítica. Adaptada al cine
  • Cinco horas con Mario (1966)
  • El príncipe destronado (1973) también es la pelil,  La guerra de papá de 1977
  • El disputado voto del señor Cayo (1978).
  • Los santos inocentes (1982)
  • Señora de rojo sobre fondo gris (1991)
  • El hereje (1998). Premio Nacional de Literatura.
La 2 de Televisión Española  hizo una semblanza de más o menos una hora. Dejo los enlaces de youtube aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=S0PPbGym4n8


http://www.youtube.com/watch?v=N7ylxvudpdg

http://www.youtube.com/watch?v=DM6tNM7aZ6I




http://www.youtube.com/watch?v=cGdeC6oLtF8

http://www.youtube.com/watch?v=cszMXT6b_Yg

Un autor que puede que no guste pero que seguro que no deja indifernte, que se fue en silencio casi igual que comenzó su carrera literia.

© por la recopilación Manel Aljama (abril 2010)