sábado, 26 de junio de 2010

¡Cien! por Amelia

Reproduzco aquí el agradecimiento público de Amelia, una autora que se sorprende de haber llegado a 100 seguidores en su blog. Lo merece. Buen hacer, constancia y sentido positivo. Ese será el secreto si es que lo hay...

Parece imposible haber llegado a los 100 seguidores.

Desde que empecé mi andadura bloguera hace unos meses, nunca lo habría imaginado.
Escribo desde que recuerdo, pero mis poemas, casi como en la canción "La Lista de la Compra", alternaban en los bolsillos de mi batín con otros papeles en los que escribía "llamar al dentista", "comprar cebollas"...
Hasta que un día rompí mi timidez y decidí que lo iba a escribir al aire...porque, realmente, nunca pensé que pudiese interesar a nadie...

Y , mira por donde, CIEN SEGUIDORES !!!
(Sí, sí...ya se que hay 99...pero yo sé de un "anónimo" que también lo es...jajajaja)

Tenía que hacer algo para homenajearos y he pensado escribir algo para cada uno... pero no todos mis seguidores me "siguen". Algunos entran y no vuelven. Otros entran y no comentan. Así que ha nacido una relación especial con unos cuantos menos.
He escrito para veinticinco de vosotros como representación.
El motivo, tal vez demasiado "matemático" (jajajaja...tenía que salirme la vena): mi cuadrícula para hacer el collage es de 5x5.

La fotografía que voy a añadir con dedicatoria es para que la podáis llevar a vuestros blogs: me encantaría que aceptáseis esa pequeña muestra de cariño.

A continuación, añadiré el collage con los veinticinco representantes y un haiku para cada uno de ellos. Pero no olvido a los demás. También hay uno para los setenta y cinco restantes. En especial para Toro, Disancor, Ernesto, Rosa, Ricardo, Edu y mi preciosa Cristina...que ya forman parte de mis más cercanos...

Y, qué más decir, que os quiero muchísimo y que habéis hecho que un sueño de una poeta tonta esté a punto de convertirse en realidad. 



HAIKUS PARA VEINTICINCO POETAS
(en riguroso orden alfabético)

AMADEUS
Del norte llega
para rimar conmigo
la primavera.

ANABEL
Dentro de tu alma
tiempo de luz y sombra
brillan los versos.

ANDREA
Vibran tus notas
bandoneón y gaita
mi compañera.

ÁNGEL
Besos sureños
cocinando relatos
entre fogones.

FIARIS
Caricia dulce
de palabras al alma
tus pensamientos.

FRANCISCO PARDÓ
En tinta viva
sentimientos profundos
tu poesía.

GLADYS
Siempre presente
abrazando con fuerza
ternura inmensa.

GOGO
Pieles a solas
sentimientos desnudos
tiemblan los versos.

JORGE TORRES
Versos eternos.
En historias de siempre
eres maestro.

JOSE A. PASTOR
De tierras moras
versos comprometidos
llenas la vida.

LAURA CARO
Rimas cariño
poemas desanclados.
Alma gemela

MANEL ALJAMA
Mago de escritos
viajero de las letras
en el camino.

MANOLO JIMENEZ
Llenan el alma
tus versos compartidos
y personales.

MARITA
Ojos risueños
Sherezade preciosa
la contadora.

MIGUEL
Tardes de lluvia
de caricias escritas
nuestros poemas.

GOKU
Ojos cerrados,
bajo la higuera sueña.
Beso dormido.

NORAY
Azul de blues
y peces de hielo en gin
amarras versos.

PACO
Desde el mar nuestro
rimamos sentimientos
al infinito.

PALOMA
Eres poema
entre amapolas rojas
la poetisa.

PEDRO
Almas afines
polizones de versos
cruzan los mares.

RELTIH
Corazón grande
de poemas repleto.
Estalla en versos.

RO
Tan luchadora
mi hermana mejicana
con sus escritos.

RODOLFO
Desde el caribe
la página sembrada
de sentimientos.

SNEYDER
Su poesía
paleta de colores
su blanco y negro.

TATY
Cascada dulce
manantial de palabras
en sus secuencias.

Y PARA TODOS
Lluvia que empapa
caminos escogidos.
Renacen versos.


© Amelia, entrada original e imágenes publicadas en  ¡¡¡Cien!!!
(http://azulmareterno.blogspot.com/2010/06/cien.html)

lunes, 21 de junio de 2010

¡Menos Mal!


La clase estaba iluminada con la claridad y el resplandor de una mañana de abril. Las golondrinas asomaban a las ventanas del aula que estaba en el primer piso. En las paredes los mapas y los carteles de geometría y anatomía se veían limpios. Toda el aula desprendía pulcritud. Los pequeños de primero de primaria iban todos ataviados con batas de finas rayas azules. Las niñas lucían batitas de color rosa. Al otro lado, la maestra, con falda corta, se estaba limando las uñas mientras el resto acababa los deberes. El pequeño Manuel se la miraba embelesado. Sabía que no volvería a pisar nunca más aquel sitio. No tenía telepatía, pero sí que había nacido con el instinto de supervivencia. Intuía que algo le iba a ocurrir. Había hecho la preparación en una de aquellas primitivas guarderías donde cada pupillo tenía que traer la sillita de casa. Eran unas sillas de esparto muy monas. Sólo pudo ir un par de meses. Nunca más volvió a ver la silla.
El día anterior había acudido en compañía de su padre al despacho del director. El niño se comportaba como pedro por su casa mientras que el adulto no se atrevía ni a sentarse. Había salido del bar y estaba un poco achispado. Encima de la mesa había un dibujo. Manuel lo conocía. La culpa de ese encuentro era el dibujo. Manuel sentía pánico. El director observó detenidamente al padre. Luego dirigió las miradas al chico. Intentaba encontrar algún parecido, algo que le dijera que aquél individuo era realmente el progenitor del alumno. Se levantó decidido, pasó la mano por la pelambrera de Manuel que seguía inquieto y dijo:
—¡Siéntese!, por favor, está usted en su casa.
El adulto obedeció. El director, cogió el papel con las dos manos y lo exhibió:
—¿Qué le parece?
El muchacho estaba embobado mirando una enorme construcción hecha con cajas de de cerillas. El padre parecía tener la vista en los cuadros de Franco y José Antonio que presidían la estancia.
—¿No tiene palabras para calificarlo verdad? Tenemos que arreglar esto. Si usted me permite...
—Yo, sabe de eso no entiendo. Usted dirá...
—Pues tenemos un genio. Sí señor, ha realizado un dibujo que sólo un niño de catorce años detallaría tanto. No lo ha copiado. La señorita es testigo. Lo terminó en poco más de siete minutos. Si usted me deja al chico, lo sacamos en el NO-DO. ¡Qué dibujo! los cristales, el reflejo, el volante, el conductor, los embellecedores de ruedas, distintos tonos para el color, las luces del semáforo, nubes, pájaros, rayos de sol. Es imposible que un chaval de seis años haga un trabajo tan detallado. Estamos delante de un artista.
En el momento que pronunció la palabra "artista" el padre sufrió un sobresalto. Quedó paralizado. El director no se dio cuenta. Cogió al niño de la mano y lo llevó hasta las cajas de cerillas.
—¿Te gusta eh? Lo han hecho alumnos mucho mayores que tú. Estoy seguro de que tú podrás hacerlo mejor y mucho antes. Te vamos a hacer famoso. Ven que te voy a enseñar más cosas que hacen tus compañeros.
Al día siguiente en la casa paterna, con las paredes desnudas de yeso y el techo en caña viva bajo la luz de una bombilla de 40 vatios, Manuel era ajeno a la conversación.
—Ya está —dijo él.
—¡Menos mal! —dijo ella.
—Ya lo he sacado de esa academia. Lo he apuntado en esa escuela unitaria que está más cerca de casa. Como tú querías. Así no tendremos que gastar dinero en la escuela. Total con que aprenda a poner su nombre ya es suficiente. ¡Artista! había dicho el tonto de la corbata.
La mujer callaba. Callaba para no descubrir el verdadero progenitor.

© Manel Aljama (junio de 2010)
© Ilustración: Manel Aljama (1975)

martes, 15 de junio de 2010

Jazz en el infierno de Joan Castillo

Hoy traigo un texto de un escritor amigo, JoanCastillo. Es mi humilde homenaje póstumo pues acabo de recibir la triste noticia de su fallecimiento. Parece que fue ayer, y era Navidad, que me había enviado un original de lo que iba a salir en su libro recopilatorio. Reproduzco aquí una historia sórdida, surrealista pero llena de buenísimos temas de jazz. El texto y la ilustración son gracias a la escritora Carmen Rosa Signes (Monelle) y que podéis encontrar también en la revista digital dedicada a lo breve y lo fantástico, miNatura que también se puede visitar en http://minaturasoterrania-monelle.blogspot.com/.

Descanse en paz (siempre con jazz).

Es extraña la historia de ese pueblo perdido en el lejano Sur de la República Dominicana en pleno 2005. Las jóvenes y niñas de la última generación lo saben, conocen su destino, un día pasarán unos hombres que se enamorarán de ellas, las invitarán a salir y jamás regresarán, porque allá fuera está la gloria, el Edén; sin embargo, nadie, ni hombres ni mujeres que han salido de allí han regresado, pero tampoco ninguno de los emigrados ha enviado una carta, un mensaje. Por eso la expectación, el cuchicheo por el rugido del motor de un automóvil que se escucha lejano, acercándose como un rumor lúgubre. Lucían conmocionados ya que se perdía en el péndulo del tiempo la última vez que un ser humano ajeno a ellos pasó por esta aldea ubicada en el culo del mundo, como gustaban llamarle a su ubicación geográfica.

Santiago se imaginaba que el recién llegado se llevaría a las hijas adolescentes de Harry, quien no podía negarse ya que ningún mortal puede torcer el destino de un pueblo maldito, arruinado, y desamparado de la gracia de Dios, como no lo pudo torcer él cuanto hace unas dos décadas aquel hombre vestido de azul se llevó a pasear a Mariam, Elisabeth y Norma, sus tres hijas adolescentes, a quienes aún está esperando.

Se paró en el porche de la ventana y observó al forastero, quien a pesar del enorme sombrero y el sobretodo azul que casi le llegaba a ras de tierra reconoció en él a Tomás, el prestamista, jamás pensó que lo encontraría ya que fue precisamente por culpa de él, es decir por la deuda que no podía pagarle, que hace unos 35 años dejó la capital, Santo Domingo, para internarse en este macondo tropical, en virtud de lo cual se adelantó:

—Tommy, soy yo, Santiago el Gringo, aún no puedo pagarte, tendrás que seguir esperando.
—Ya me pagaste Gringo ¿Acaso no recuerdas? Me pagaste, repitió, ¿Por qué he de cobrarte de nuevo?
—Mientes, nunca te pagué, contestó con la misma contundencia.
—Me pagaste. Además no he venido aquí a discutir deudas ni nada que se le parezca. He venido a escuchar jazz con las mujeres más lindas del mundo, y vine a invitarte porque sé como disfrutas del jazz.
-¿Recuerda nuestras veladas con Miles, Coltrane y Mancini? Me informaron que se pueden escuchar en vivo en las barcas del viejo puerto.
—Pues claro, claro, y el “Misty” de Ella y el Duke, el “Mambo Swing” de Goodman, —contestó Santiago, extrañado de cómo Tomás había dado con él, y de las barcas del puerto, ya que a su entender el viejo astillero no tenía actividad desde unos cincuenta años atrás.

Pero Tomás insistió y le habló del sexo libre, de las barcazas atestadas de las mujeres más hermosas de la tierra, de las bebidas más costosas, de tuberías terminadas en grifos que contenían cervezas de todas las marcas, piscinas de coñac; le afirmó que en aquel nuevo Edén colgaban de los árboles pipas gigantescas de opio y marihuana así como jeringuillas de todos los tamaños para la administración de morfina, cocaína y derivados, y jazz de los grandes en todos los ángulos del embarcadero. También Le afirmó que todo era gratis porque a un hombre sólo se le permitía entrar allí una sola vez en la vida.

Santiago, como es de suponer, no le creyó ni media palabra, pero decidió ir con él pensando encontrar a sus tres hijas que nunca regresaron, de manera que se despidió de su mujer y sus hijos, suministrándole la certeza de que volvería, y salió junto con su antiguo compañero de parrandas y orgías rumbo al viejo ancladero a la búsqueda de un goce que de antemano reconocía concebido por la mente delirante de Tomás.

Sin embargo un sentimiento de emoción placentera le embargaba cuando miraba a Tomás guiando sin dejar de cantar alegremente un rock antiguo de Priscilla Rollins al tiempo que chocaba sus manos rítmicamente contra el guía. Al doblar la vieja carretera que conducía al puerto abandonado recibió su primera sorpresa. La avenida había sido recién asfaltada, las potentes luces de neón de las isletas del centro daban la sensación de que era el mediodía, las barreras laterales la constituían tubos galvanizados de color amarillo que por su brillo parecían haber salido de la fábrica ese mismo día. Ningún peón de la aldea, recordó, había trabajado en el área de construcción por muchos años.

Empezó a temer, pero al llegar al puente una vez más le embargó el sentimiento de felicidad al observar a los barquichuelos que parecían de pescadores, una barcaza grande donde se observaban borrosamente parejas danzando, lanchas de motor fuera de bordas que despedazaban las aguas en violentas rompientes, cepillando el aire con su velocidad y dejando rastros espumantes de vitalidad. Lo único que hasta el momento le perturbaba un poco eran los barcos y viejos buques que desfilaban sin hacer ruido como si carecieran de motores o los tuvieran apagados, y el sol, un sol extraño rojinegro apagado, y la sensación de que detrás de la tupida floresta verde obscura se escondían entidades ominosas.

Pero era sólo eso, una impresión, porque al cruzar el puente se conmovió de tanta belleza; una gran cantidad de ríos y riachuelos desembocaban en el río principal, los árboles, el paisaje todo parecía dibujado y en lontananza el océano que parecía un gran espejo azul ribeteado de espejuelillos espumantes; el ambiente musical se sentía en lo más íntimo del alma, trompetas, violines, fagotes, oboes, acariciaban el oído al son de una música salerosa. Sin embargo hasta ese momento el primer ser humano que observó fue el niño rubio, sin camisa, enredado en lo que parecía un trombón, que se interpuso en el camino para tocar una melodía triste, casi tétrica lo que produjo que mirara interrogante a Tomás, quien sonrió diciéndole: — Es nuestra bienvenida.

Efectivamente, tres mujeres desnudas, las más hermosas que sus ojos habían visto alguna vez llegaron hasta él, le tomaron de la mano y lo acostaron en un chair long, lo desnudaron suavemente y al ritmo de “its a wonderfull World” de Armstrong, juguetearon con todos sus utensilios íntimos, mientras la rubia de ojos azules le acariciaba el rostro con su enorme lengua, la morena de ojos y busto grandes mimaba el área de su pecho mientras la negra mas hermosa que jamás imaginara bailaba tan lentamente como el ritmo de la tonada de Armstrong dentro de su falo erguido como cuando rozaba la adolescencia.

Luego llegaron, igualmente desnudas dos hembras más, cargada una de un cesto colmado de frutas, las que iba colocando en su boca una por una, mientras la pelirroja le ofrecía calimetes sujetos a copas con bebidas que no había saboreado ni en sueños. La morena, la rubia y la negra se turnaban con su diamante, mientras las dos nuevas también se alternaban restregando tibiamente sus vellos y labios anteriores en su bigote bajo la voz sensual de Ella Fitzgerald y su “Blues Skies”.

Las cinco chicas derretían sus apetencias en su cuerpo que anhelante se sumergía en aquel océano de ardores desconocidos. Era tanta la pasión, tanto los divinos goces que experimentaba que no deseaba un orgasmo, lo que quería era alargar ese momento tan memorable, y por eso trató de pensar en algo serio como sus hijas desaparecidas, por lo que miró al derredor buscando encontrar algún elemento desagradable y lo que encontró fue innumerables chicas hermosas de todas las razas masturbándose en todas las posiciones, se introducían dedos y consoladores de todos los colores y tamaños en unos gemidos tan sensuales que a veces bloqueaban al “Salt Peanuts” de Dizzie Gallespie que sonaba en aquellos momentos.

No pudo más, su cuerpo se tensó, sus nervios se englobaron como si fueran a reventar y en un gemido que estremeció la selva limítrofe se recogió en una posición que pareciera como si de su figura sólo hubiera quedado la piel. Exhausto, miró a su alrededor y allí estaban todas dispuestas a servirle, y otras que habían llegado por la noticia de la llegada de ese hombre nuevo.

Sorbió un trago raro pero exquisito y fumó una pipa que le fue ofrecida por la pelirroja; la rubia enredó sus rosados labios dentro de su boca deslizándole una fruta de un sabor tan suave como excitante, su pene volvió a encenderse, y delirante tomó la iniciativa e indistintamente penetró los agujeros de aquellas hembras que se saboreaban de placer abriendo sus intimidades ante este hombre poderoso, dueño de un palo enorme e inagotable así como de la capacidad y calidad incomparable de acariciar sus partes íntimas.

Parecía un desequilibrado repartiendo penetraciones en aquellas sensuales nalgas abiertas para él, y se creía un Dios al escuchar aquellas guapas mujeres gemir de satisfacción ante el hundimiento vehemente de su estaca y las sensaciones que le producían su lengua infatigable, y bajo la voz inconfundible de Etta James “At Last” produjo un grito que movió las aguas del arroyuelo mas cercano en un nuevo orgasmo prodigioso.

Aún no se había recuperado cuando una despampanante morena de senos enormes y pubis colmado de vellos sedosos le tomó de la mano, parándole suavemente con el propósito de darle un paseo por el río, a lo que él se resistió:

—No, prefiero quedarme aquí, por el Jazz, —le pidió.
—El jazz está en todas partes, mi querido, —afirmó la hermosísima mujer quien dijo llamarse Andrea, agarrándole de la mano, subiendo con él a una de las barcazas que llevaban orquestas. Si sus percepciones no le engañaban era el propio Herbie Hancock en persona quien dirigía la Banda, y bajo la cadencia de “Tell me a Bedtime Story” todos en aquel barco hacían el amor.

Andrea le tomó suavemente por sus sienes e introdujo su rostro entre sus dos grandes melones, luego le dirigió a chupar cada uno de sus redondos pezones marrones, estaba de nuevo enardecido ya que sintió su pene que alcanzaba su mayor tamaño, sin embargo se molestaba con una adolescente que en la gran excitación con su pareja chillaba de manera extravagante y molestosa. No tuvo mucho tiempo para fastidiarse ya que Andrea, siempre dirigiéndole con las manos en sus sienes, se sentó en un taburete abrió sus piernas lo más que pudo y dirigió su cabeza hacia el centro de su poder aterciopelado.

Disfrutaba acariciando aquella mujer tan atractiva, lamiendo sin dejar de mirar de reojo las demás parejas que no paraban de acariciarse y penetrarse por todos los agujeros. Los músicos de Hancock, comprobaba, no miraban a ningún lado, tocaban como si estuvieran en el paraíso, sin embargo le seguían molestando los aullidos de excitación de la chiquilla, por lo que se excusó con Andrea, quien le dispensó el permiso para conversar con la chica que lo irritaba.

—Señorita, ¿no podría usted por favor, aminorar sus chillidos, le solicitó, al tiempo de verificar que aquellos ojos verdes claro le parecían conocidos.
—¿Papá? la chica buscó rápidamente una toalla y se tapó, -¿papa? ¿Eres tú? —dime que sí, dime que viniste a rescatarnos?
Se quedó embelesado, era Norma, la menor de sus hijas, pero habían pasado casi 20 años y ella no había envejecido.
—¡Elisabeth! ¡Papi esta aquí, llegó a rescatarnos! —voceó Norma y una preciosa adolescente desnuda quien en ese momento acariciaba el pene de un negro musculoso, buscó igualmente una sábana para cubrirse y de unos cuantos pasos llegó hasta donde él, quien recordó ruborizado que también estaba desnudo.

Sintió vergüenza delante de sus hijas, e igualmente se cubrió. Había encontrado a Norma y Elisabeth, faltaba Mariam. —Ella está en la barca de Benny Goodman, Papi, -dijo Norma empujando una palanca de mango verde que bajó lentamente una de las lanchas que había visto a su llegada a aquel extraño lugar.

Remontaron río arriba hasta alcanzar un enorme barco tipo crucero de donde se oía perfectamente la dulce “Moonligh Serenade” de Goodman, subió la escalerilla y de nuevo sintió la vergüenza de ver a Mariam con un hombre debajo y otro que la penetraba por detrás, lo que no fue óbice para sacarla de allí llorosa de la alegría por el hecho de ver nuevamente a su padre y de vislumbrar por primera vez su libertad.

Dirigieron la lancha de nuevo río arriba en busca de Tomás a quien encontraron en una playa con unas seis muchachas que le bañaban y acariciaban: —Tomás, -dijo con vehemencia, —tenemos que salir de aquí, -notando que sus hijas escondían sus rostros de Tomás.

—Es imposible Santiago ¿Acaso no has oído Hotel California de Eagles? preguntó Tomás, hasta cierto punto sorprendido.
—Ya sabes que no me gusta el Rock.
—Pues oye, allí viene la barca de Eagles, es la única tonada que tocan aquí. ¡Escúchala! dijo Tomás resignadamente.

Algunas notas de aquella melodía pretérita endulzaron sus oídos:

—'Relax,' said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
but you can never leave...!

No quiso escuchar, esa canción la había estado oyendo desde que era un mozalbete, remontó de nuevo el río buscando la ruta donde habían parqueado la Todo terreno pero sólo encontraron al chico del Trombón quien le señaló el bosque que tanto le temía.

Esa selva daba miedo, pero le era obligatorio entrar por la necesidad de localizar la camioneta que lo sacaría de allí junto a sus hijas. Ingresó e inmediatamente empezó a temblar de los escalofríos que le producían unos lamentos lúgubres, aullidos aterradores y gemidos orgásmicos como de miles de almas en penas, pero la encontró. Parecía como si hubiera chocado frontalmente con un camión. Estaba totalmente destrozada y aún se veían dos cuerpos en su interior. Sólo reconoció el de él.

Al salir de allí oyó la canción predilecta de su artista preferido: “Tenderly” de Chet Baker, pero esta vez el sonido de la trompeta le parecía al de la corneta del diablo. Ya sabía que estaba en el infierno, pero ¿y sus hijas? ¿Por qué estaban allí? ¿Y el otro hombre en la camioneta que no era Tomás? ¿Por qué sus hijas escondieron sus rostros cuando hablaba con Tomás?

Decidió entrar a la espantosa selva de nuevo, bajó por el terraplén hasta donde estaba la camioneta destruida y miró el rostro de cerca del joven que le acompañaba, también observó la chapa de la camioneta “Santo Domingo, 1985”. Y comprendió que en verdad había pagado la deuda con creces, comprendió también y se apenó de la vergüenza de sus hijas ante Tomas. Salió de allí muy turbado.

En esta ocasión sus hijas no le esperaron, caminó alerta hasta alcanzar a ver al chico del trombón desnudo, con su cuerpo tan adherido al de Norma que parecían uno sólo; más adelante sobre la arena blanca observó, ya sin sorprenderse, a Mariam quien acostada recibía la lengua de Elizabeth sobre sus pezones adolescentes, mientras sus dedos entraban y salían presurosos del oscuro interior de su hermana.

Sintió nauseas, y cabizbajo dio la espalda, pero de repente sintió la necesidad vital de continuar la tarea que había empezado con Andrea, y al escuchar que de nuevo se repetía “It's a Wonderful World” supo de inmediato que odiaría el Jazz para toda la vida… o para toda la muerte.

© Joan Castillo por el texto "Jazz en el infierno".
© Carmen Rosa Signes "Monelle" por el fotomontaje.

Más homenajes:  El Olor de la Cebolla de Joan Castillo publicado por Monelle.

martes, 8 de junio de 2010

El viejo tío Vania


El frío se colaba por las rendijas que tenía el vagón. Era tan intenso que podía casi tocarse. Pero el joven profesor Serebriakov no estaba interesado en comprobarlo de forma empírica. Viajaba hacia Saratov. En San Petesburgo las cosas se habían puesto un poco complicadas para los que no eran totalmente afectos al nuevo régimen.  Quizá había elegido aquel destino estepario porque allí debía vivir todavía Voinitzi, un familiar al que sus padres llamaban "el viejo tío Vania".  No sabía mucho de ese pariente pues apenas se habrían cruzado unas pocas cartas. Tenía entendido que de joven había sido sastre y que, ya retirado, tenía simpatías por los bolcheviques.
Cuando bajó del tren no había nadie esperando en el andén. El convoy prosiguió su marcha en medio de una enorme nube gris de vapor helado que estaba a punto de licuarse. El sol allí era del mismo tono que la niebla. Salió de la desvencijada estación que amenazaba ruina y lo encontró allí, vestido de forma desaliñada, con un cigarro clavado en sus labios resecos y enarbolando una botella de vodka.  Se saludaron efusivamente y Serebriakov agradeció el trago y se disculpó porque tenía que resolver unos asuntos administrativos, entre ellos un lugar donde dormir y la escuela donde enseñar. Le asignaron un lujoso palacete de esos que habían sido expropiados a la nobleza. El establo junto a su domicilio lo habían convertido en escuela popular de Saratov, su lugar de trabajo. Quedaron a la hora de comer y gracias a la literatura se hicieron amigos. El profesor había escrito un modesto libro de poesía de escaso eco en aquellos tiempos tan duros. Por contra su tío, llevaba escribiendo cuentos en secreto. El sobrino era admirador de Chejov. El anciano le enseñó una de sus historias y el sobrino le animó a que las difundiera pues creyó que eran tanto o más buenas que lo que escribía Gogol.
Tío Vania llevaba una tertulia literaria en las dependencias de su antiguo negocio. Allí acudía con regularidad un reducido grupo de campesinos al que se unió el sobrino.
—¡A mí me importa un carajo lo que dice Chejov! —solía responder Vania cada vez que el joven recordaba las normas mínimas para que un cuento pudiese ser leído y comprendido por más gente. 
—No es obligatorio. Pero es similar a las reglas de conducción de los automóviles. ¿Qué me dices si cada uno circula por donde le da la gana?  Tiene que haber un mínimo de leyes —replicaba Serebriakov.
—¡Pues yo escribo como quiero, hasta con faltas! —concluía Voinitzi secundado por las risotadas etílicas del resto de contertulios mientras hacía equilibrios para que la ceniza del cigarro no le cayese en la pechera.
Con el tiempo Serebriakov se integró en la comunidad y se casó con una joven del lugar. Dejó de frecuentar las reuniones y tío Vania se alegró pues así él podría volver a controlar el coloquio de aquellos labriegos sin ningún tipo de oposición.  Murió Lenin y retornó a San Petesburgo dejando a su esposa al cargo de la escuela. Allí publicó su segundo libro. Tío y sobrino intercambiaron telegramas. Vania quería una opinión sobre uno de sus cuentos, "La casa de la estepa". Serebriakov lo encontró de gran calidad pero con una inverosimilitud:  "Tío, tu personaje es un fantasma que tiene la habilidad de sudar y eso confunde a los lectores".  "Suda si yo quiero", respondió airado y ciego de aguardiente el pariente en otra misiva donde además intentaba señalar múltiples errores de su libro. El sobrino respondió que las erratas ya las había corregido y que le estaba agradecido por ello, pero que aquella frase estaba gramaticalmente bien.
—¿Y tú como sabes todo eso?
—¿Tío, no recuerda que soy profesor? Además lo consulté en los manuales de gramática.
—¡Te has endiosado porque eres profesor! ¡A mí me corriges y tú no me aceptas nada! ¡Los labriegos tendrían que estar en las cátedras! ¡Una oveja tiene más conocimiento que tú! —Insistía airado y enrojecido por los litros de vodka—, ¡Te acordarás de tu soberbia! ¡No necesito para nada tu ayuda! Voy a presentar mi libro en la casa del pueblo, y tienes que venir, es obligatorio.  No hubo más correspondencia.

Stalin se hizo con el poder soviético y Serebriakov abandonó la ciudad. Estaba confundido. Lamentaba no haberse exiliado en París. Volvió con su esposa. Llegó el día después de que Vania fuese encumbrado por los comunistas más radicales. Al llegar a casa lo comprendió todo. La habían registrado de arriba a abajo y le habían requisado muchos libros. Ya no era el maestro. Su puesto se lo habían dado a un tertuliano de Vania.  Ya era tarde, muy tarde pues el tío había denunciado a su sobrino, el cual fue deportado a un gulag donde murió semanas más tarde víctima de la tuberculosis.

© Manel Aljama (mayo de 2010)
Ilustración: Van Gogh, Old man putting dry rice on the hearth (1881)

martes, 1 de junio de 2010

Poema bisoño


Aprovechando que me han prescrito un descanso forzoso (que no un abandono) durante una temporada, me he puesto a rebuscar en los archivos olvidados y llenos de polvo. Siempre hay tiempo para ello y la mitad del año es un buen momento para arrojar a la pira purificadora todo lo inútil, maligno, y/o que carece de valor alguno (no sólo crematístico sino sentimental).

He rescatado este poemilla idealista más bien nihilista, infantil, imperfecto, con repeticiones, según se mire vulgar y muchos calificativos negativos que me ahorro no por vegüenza sino por cansancio. Así, que no traigo nada nuevo y rescato un texto que escribí en 1977, con 14 años más o menos.  Y sin la ayuda de nadie. Para ilustrarlo creo que "El Grito" de Munch es apropiado.

Las fábricas me amenzan
Los edificios me aplastan
el humo me ahoga
el sol me da vida
Las prisas me abruman
la sociedad me oprime
la vida me esclaviza
el sol me da fuerza
Me siento una hormiga
un engranaje
una mota de polvo
La violencia me espanta
el dinero me repugna
los políticos me engañan
el sol me engrandece
Oh sol de cada día
cada día que te veo
otro día
otro día que vivo

© Manel Aljama (1977)
© Ilustración: El grito de Edvard Munch