lunes, 13 de septiembre de 2010

El Chico


Le llamaban “El Chico” aunque era casi seguro que debía superar la cuarentena. Solía ir ataviado con una gorra de pana en invierno y, cuando hacía menos frío, usaba otra otra deportiva de algodón.  Su vestimenta era de alguien mucho más mayor.  Los vecinos pensaban que con toda probabiliad debía vestirlo su madre, en edad de ser ya toda una abuela.  Nadie lo recordaba cómo había sido de niño pues el barrio, rellenado por una variopinta amalgama de edificaciones de toda época,  había sufrido muchos cambios y casi no quedaban supervivientes que pudiesen testimoniar su infancia.  Siempre, a primera hora de la mañana, a eso de las nueve o nueve menos cinco, se acercaba hasta la librería de Don Jacinto; sobre todo en esos días, en que a primera hora, el ambiente era gélido.  Allí junto a la puerta esperaba que el Sol se levantase. El librero, que en realidad sólo vendía periódicos y revistas, le preguntaba: “¿Qué?, ¿Ya te ha saludado el Sol?”. Quizá lo hacía por cortesía o tal vez por lástima, pero siempre hacía la misma pregunta. Las respuestas casi no cambiaban.  Don Jacinto, que no tenía hijos, debía de sentir algo especial por aquél hombre atrapado en la actitud de un muchacho o acaso un niño. Además, como su librería estaba enfrente de una escuela, recibía a diario de lunes a viernes, multitud de niños ávidos de agenciarse el desayuno a base de chicles y demás chucherías. El bullicio y el jolgorio infantil los animaba a todos.  A las once más o menos, cuando el astro rey ya se alzaba en su trono, se marchaba tan silenciosamente como había llegado.  Su padre solía acercarse de tanto en tanto hasta el comercio de Don Jacinto para preguntar si el nene había sido puntual. El propietario le mantenía informado y tranquilo y así el padre-abuelo podía seguir su deambular, que en realidad era renquear por la acera con la certera ayuda de su garrota, hasta el bar donde habitualmente acudía cada mañana. El viejo, para despedirse, si no quedaba ningún desconocido en la tienda, finalizaban su charla con el sabido “Ya... Ya..., mi hijo desde que le dio el ataque es un muerto en vida...”  Y Don Jacinto asentía moviendo a cabeza de arriba a abajo. Y el anciano continuaba: “Esas medicinas han servido par atontarlo más. Mi mujer tampoco es la misma mire usté y sin embargo eso lo lleva mejor”. Si venía al caso y la noche anterior se había jugado fútbol, compraba algún periódico y si no, abandonaba el lugar balanceándose gracias a su cojera.

El papelero, y el padre-abuelo también, sabían que el segundo destino de El Chico era una placita pequeña y recogida orientada hacia el sur donde continuaba su cotidiano baño solar. El sitio se llamaba Plaza de la Luna. Nadie desconfiaba. Tampoco hablaban mucho del tema. Como si no si existiese. Esa rutina los dejaba a todos más tranquilos.

Un día El Chico desapareció y no se le volvió a ver.  En la mañana de esa jornada los empleados municipales de limpieza descubrieron en la plaza el cuerpo sin vida de una niña de once años que la tarde anterior no había vuelto a casa al salir de clase. Todos pensaron lo mismo. Todos relacionaron ambos sucesos. El lugar ya nunca volvió a ser el mismo. El anciano de la garrota nunca más acudió a comprar la prensa y al parecer los viejos se mudaron.
© Manel Aljama (septiembre, 2010)
Fotografía: fotograma de la película Frankenstein (Universal Pictures, 1931)

viernes, 3 de septiembre de 2010

La ley de la selva



Su aspecto era esquelético, casi escuálido pero sin llegar a parecer famélico. El pelo escaso, con sangre africana, raptada en su hábitat y abandonada en tierra extraña. El corazón parecía que se iba escapar de su caja. Pero sabía que tenía que hacerlo fuese cual fuese el resultado. No poseía el miedo a los fracasos tan común entre los humanos. Estaba de algún modo programada y como cada noche que salía de caza, cumpliría escrupulosamente con su cometido. En otras ocasiones iba en manada pero la mayoría era lo más parecido a una fiera esteparia.
Salió con sigilo del callejón desde donde oteaba a las posibles presas y que era su seguro escondite. Era consciente de que todos los sentidos podían ser insuficientes en aquellas situaciones. Su olfato le guió hasta una pieza de bastante envergadura. Aquella hembra desarraigada necesitaba a la vez de la fuerza de la leona y de la agilidad de la gacela. Volvió a olisquear el relente de la noche que estaba impregnado de los efluvios de los otros animales mezclados con la sudoración de los árboles. Nadie le había enseñado nada de supervivencia. Lo llevaba dentro. El verde reluciente de su mirada brillaba en la oscuridad para no perder de visa la caza.
De repente se abalanzó sobre su presa que no tuvo tiempo de reaccionar. La tumbó boca abajo en suelo húmedo, le sacó la billetera y arrancó a correr un corto tramo de la Rambla hasta perderse por las estrechas callejuelas adyacentes ante la mirada atónita del despistado y obeso turista que vestía pantalón corto, gorra de béisbol y sandalias con calcetines. A pocos metros en el quiosco más próximo todo seguía con normalidad. Era la ley de la selva.


© Manel Aljama (septiembre 2010)