martes, 26 de octubre de 2010

Pueden venir sus vecinas


Dolores era una mujer que hacía honor a su nombre y sus padres le habían antepuesto el cristiano "María de los". Vivía en un distrito en constante transformación. Así, la peluquería del barrio, la de Mari Carmen, la "de toda la vida", había pasado a manos de unos simpáticos chinitos. Al frente estaba una jovencita, Sun Li, que dominaba tres idiomas. La pobre Dolores padecía eso, "dolores". Ya le tocaba un poco de tinte para tapar las canas y decidió acudir a los chinos desoyendo las advertencias de sus amigas que le decían que era un sitio raro y sólo para chinos. Entró en el establecimiento y comprobó que los propietarios apenas habían hecho cambios. Bueno, divisaba al fondo del local una cortina oscura. Era la antigua trastienda. Sun Li, la jefa se presentó, parecía muy amable y simpática. Dolores explicó a la joven que quería teñirse y cortar un poco, en especial aquellos cabellos que ya no tenían fuerza ni para agarrar el tinte. Al sentarse dijo que le dolían las cervicales, los hombros y parte de la zona lumbar.
—“No se pleocupe señola Dololes. ¿Quiele un masaje especial pala las celvicales?”
Dolores se quedó sorprendida. Nunca había recibido ningún masaje y ahora aquella chinita sonriente con una dentadura blanquísima como la nieve virgen le estaba ofreciendo algo que siempre había deseado. Aceptó. La peluquera le hizo pasar detrás de la cortina. Había pequeños departamentos separados también por cortinajes. La chinita anotó algo en un papel que dejó en la mesilla. Le hizo quitarse la ropa y tumbarse boca abajo en la camilla. El sitio era sencillo, sin lujos, pero acogedor. Le hizo extender los brazos para relajar los omoplatos. Le dijo que cerrase los ojos y que se dejase hacer.
Sintió un como un algo viscoso y frío se depositaba en mitad de su espinazo. Luego, creyó sentir unas manos suaves y expertas que repartían la viscosidad fría por toda su espalda. A poco, el frío, y los escalofríos que recorrían toda su columna, se empezaron a transformar en un calorcillo agradable. Se dejó llevar. Parece que perdió la noción del tiempo. Estaba en manos de las sensaciones. La tibieza del masaje hacía de las suyas y empezó a notar como una especie de calor y humedad en su bajo vientre. Le pareció que era una sensación conocida pero que había quedado en el fondo de la memoria. Casi la había olvidado.
En un estado entre vigilia y sueño quiso abrir los ojos pero no podía. La sensación agradable y placentera podía más. Simplemente había asumido "relájate y disfruta". La humedad de su bajo vientre era más que notoria pero nada podía hacer. El gozo podía más. Ahora se había sumado un cosquilleo en la zona del ombligo y en las puntas de los dedos de los pies. Se notaba llena. Algo estaba dentro de ella pero simplemente siguió la corriente. Movió el brazo derecho y empezó primero a chuparse y después a morderse el pulgar. La respiración se le aceleraba pero estaba sumida en una sensación agradable. Seguía con los ojos cerrados. No quería estropear nada. El gozo era ya placer. Percibía su sudor pero seguía sintiéndose a gusto. De pronto un escalofrío recorrió su columna desde el bulbo raquídeo hasta el cóccix. Luego perdió el control de sus piernas y sintió como su bajo vientre se venía abajo. Sintió Calor, ardor, placer y algo parecido a lo que sentía cada vez que iba a orinar después de aguantarse durante mucho rato. Se durmió con el dedo en la boca.
—Señola Dololes —Sun Li le despertó con la misma sonrisa.
—¡Uff! me he quedado dormida. ¡Oh! ¡No me duele la espalda nada nada...!
Dolores se incorporó. Estaba completamente desnuda y ella creía recordar que las braguitas se las había dejado puestas. Sun Li, recogió el papelito de la mesilla. Ella misma le cortó el pelo y le hizo el tinte. Llegó la hora de pagar.
—¿Cuánto te debo?
Ciento vinte eulos.
—¿Tanto?
—Si señola Dololes. Mile, —le enseñaba el papel—, un masaje, ofelta de la casa, 40 eulos. Coltal y teñil 20 eulos, un masaje feliz de Yu Li, 60 eulos. Si no puede pagal no se pleocupe. Se lo puede contal a sus vecinas pala que vengan...

© Manel Aljama (junio 2010)
Fuente fotografía internet.

domingo, 17 de octubre de 2010

Rayo de sol


Recientemente este blog ha recibido el premio "Sunshine Award" por gentileza de EAU (A veces Euria y siempre Idoia) http://sinquimicanohaybiologia.blogspot.com/ . Parece ser que mis palabras, junto a otros afortunados, seducen. Bueno yo humildemente intento que quien me lea no quede indiferente. Y eso también lo sabe hacer EAU, y claro pedir que le hagáis una visita me parece que no es mucho y estoy seguro de que vais encontrar, empezando por el sugerente título: "Sin química no hay biología", y eso es cierto, vivencias de una mujer moderna que en cada artículo sabe combinar y dosificar los elementos para que se conviertan en una joya personal y única.

Y ahora, tengo que nominar yo a otros doce:

Es un placer para mí conceder este premio a doce blogs. En realidad doce personas que me han seducido con sus palabras:


Creo que he cumplido con las reglas que se deben seguir los premiados y que son:
  1. Guarda la imagen y postéala en tu blog.
  2. Pasa este premio a 12 bloggers.
  3. Pon un link a los nominados.
  4. Haz saber a los nominados que han recibido este premio comentando en sus blogs.
  5. Comparte tu aprecio y pon un link al blog de la persona de la que recibiste este premio.

© Manel Aljama (octubre 2010)

martes, 5 de octubre de 2010

Buscaba debajo de las piedras


En la radio sonaba la voz ronca, quizá por causa del tabaco, de un locutor que hablaba en tono serio, circunspecto y dogmático. Pero a él, esos sonidos no le llegaban. Para que los notase tenían que ser finos, extremadamente agudos. Entonces era muy joven y se dedicaba a corretear sin preocuparse por el ruido, y, ni siquiera por las órdenes. La comida siempre estaba a punto. Jugar y poco más. Era feliz. ¡Qué más quería! Si se portaba mal se quedaba sin jugar y sin salir. Lo normal. Si por el contrario había sido obediente y fiel todo eran premios. Podía retozar y  respirar aire fresco y puro de los campos que rodeaban la casa.
A su alrededor todo cambiaba aunque él no lo percibía. Unos y otros como en un teatro de guiñol iban saliendo de la escena. Cuando esto sucedía, el resto de habitantes vestía de negro y se pasaba una noche en vela. Pero luego ya todo volvía a ser como siempre, aunque con uno menos. Aguantaba con estoicidad cada vez que ocurría algo así.  Sin casi saber cómo, había reducido el ritmo de la diversión pero seguía teniendo la misma hambre que de pequeño.  Pero él no reparaba demasiado todo eso. Era fiel a su rutina, como un esclavo atado a lo cotidiano y que por pereza o comodidad ni siquiera intenta romper el fino y delicado hilo que une las obligaciones con las satisfacciones.   Con su mirada buscaba la comunicación con el resto pero pocas veces tenía éxito. Como de nacimiento no podía hablar, el lenguaje de los gestos fue siempre su medio de comunicación.  Poco a poco los otros fueron desapareciendo hasta que un día se quedó sólo y marchó del lugar. Sin nadie que se hiciera cargo vagó desorientado por las calles, frecuentando la compañía ocasional de otros como él hasta un día como por casualidad fue a parar a la casa.  En la vivienda apenas entraba luz y parecía completamente deshabitada.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. No entendía nada. Ya era bastante mayor y se sentía cansado por poco que fuese el esfuerzo.  Hasta el polvo le hacía estornudar.  Pero se puso a buscar y no paró de dar vueltas por todos los rincones. No sabía por qué pero no paraba de recorrer todos los pasillos y habitaciones. De haber podido habría vuelto a buscar debajo de las piedras. Al final, sin resultado acabó sabiéndose sólo y abandonado y se tumbó a gimotear. La infancia feliz con el comedero lleno y las caricias estaban ya en un recóndito rincón de la memoria, casi perdidas.  Tenía los ojos húmedos y la visión era muy borrosa. Creyó ver como unas luces blancas que salían de las paredes. No tuvo miedo. Meneó el rabo y se dejó acariciar.  No tuvo fuerzas para ladrar de alegría y exhaló su último suspiro.

Dedicado a Tupi, la compañía fiel de mi amiga Núria Casajuana, un perro encantador. Los mejores homenajes se hacen en vida ;)

© Manel Aljama (septiembre, 2010)
© Foto Marta Aljama (enero 2008) manipulada electrónicamente